Para ayudar a la jefita

Se solicita ayudante general. Elaborado con la técnica de marcador Sharpie sobre cartulina amarillo chillón, el anuncio está pegado en la vitrina del minisúper.

Señas complementarias de la oportunidad laboral: “Que viva cerca” y “Flexibilidad de horario”.

Un chaparrito güero, con cachete de más, se acerca a la entrada, mejor dicho, al guardia de la tienda; pregunta –la voz tímida y aflautada de quien no está maleado– si hay chamba para él.

El vigilante escanea al jovencito de arriba abajo. Interesado, o quizás sólo para distraerse de su rutina de estatua, procede a interrogarlo.

No mide más de metro y medio de estatura. Oculta la melena bajo una gorra blanca, de visera plana. Viste playera y pantalón tan negros como holgados (estampa chola). Lleva tenis de bota, oscuros para variar.

“¿Qué sabes hacer?”, indaga el hombre.

“Lo que sea, jefe, lo que se ocupe, yo lo hago”, dice el cholito como quien desea intensamente ganarse unos centavos.

La siguiente pregunta devuelve al aspirante a terreno inseguro.

Trece, tiene trece años, cifra aguada en desánimo. Entiende que puede mentirle a las personas y a las autoridades, pero no al potencial patrón ni a sus representantes. Además, ¿de qué serviría? Su rostro todavía nuevo, su falta de experiencia y sus pequeñas fuerzas delatan al niño.

Mientras tenga esa edad sólo conocerá el rechazo de la formalidad. Esa edad significa desear desde una distancia irreductible las glorias que deparan empleos de planta, horarios corridos y sueldos fijos.

Reactivo final del cuestionario: ¿Por qué quieres trabajar?

La respuesta honra a ese menor. “Para ayudar a la jefita”, dice. Sus palabras retratan la madurez temprana.

Ese infantil desocupado, incapaz de precisar cuánto pesa el mando del hogar, ha decodificado el llamado del deber (no de la obligación) y ha decidido que corresponde a sus débiles brazos sostener parte de la estrechez.

No será, no en el minisúper del barrio, no esta vez. Quizás en un par de años. Después de todo, el ayudante general de este negocio siempre porta un rostro conocido: el de un joven del rumbo que vive cerca y tiene experiencia comprobable en la lucha contra la precariedad.

TAN VISIBLE COMO PROHIBIDO

Su ruta de vender chicles y pedir limosna pasa por las mesas de cafés y bares del centro; canta en los pasillos de los autobuses; ejecuta rutinas en los cruceros del bulevar Independencia; mueve arpillas por los andadores del mercado Alianza.

Detectar al infante entregado a la búsqueda de sustento no implica mayor complicación. Basta con recorrer calles y sitios concurridos de la urbe. Y observar.

La Ley Federal del Trabajo prohíbe contratar, o explotar, como previera verse, a personas por debajo de los 15 años cumplidos.

Sin embargo, en un país donde marco legal y sociedad suelen ir cada quien por su lado, no sorprende que el Inegi estime en 3.3 millones (dato previo a la pandemia) el número de infantes ocupados en faenas remuneradas.

Cuando los puestos con seguridad social rechazan al menor, basta con mirar a la acera de enfrente, donde el romance entre la nación y la informalidad continúa tan orondo como libre de impuestos.

¿Qué tanto creció el trabajo infantil en México a lomos del coronavirus?

Cálculos disponibles hablan de entre 200 mil y 500 mil niños sumados a la pizca de centavos.

Muchos menores desempeñan actividades peligrosas que involucran desde frecuentar cantinas, o moverse en alturas considerables, hasta halconear.

LA JEFA

En México, a partir de cierto decil, la madre es siempre la madre, o la mamá, o simplemente má, figura protectora que inspira amor, respeto, veneración.

Quien la llama de otro modo, comete sacrilegio.

Estratos menos frecuentados por la educación de calidad y los modales impecables, o situaciones más caóticas, como prefiera verse, dan lugar a otra voz para representarla, una que enaltece el aura de autoridad de quien te parió.

¿Cómo funciona esto? Sucede que en la vida de cualquier asalariado hay muchos jefes (progenitor incluido), pero jefa sólo hay una.

Muchos eligen, como el güerco rechazado por las políticas del minisúper, endulzar la palabra agregando la “i” de lo diminuto en el ecuador del vocablo y esa “t” que sirve para rematar el sustantivo con explosiva alegría.

En cualquier caso, siempre que se pronuncia el vocablo, el respeto va por delante..

Por ayudar a la jefita, bohemios, un simple niño de barrio que se sabe niño y de barrio llega al convencimiento de que le toca aportar algo al hogar.

De entrada, ese güero desocupado ya es distinto del menor que deserta del aula y le entra al camello simplemente porque quiere traer dinero en la bolsa.

También se distancia irremediablemente de aquellos de su edad que aprovechan los beneficios de la beca familiar, así sea al interior de un hogar monoparental, hasta sus últimas consecuencias.

¿Cuáles serán los resultados de la búsqueda? ¿Su incorporación al ámbito informal? ¿Malas andanzas? ¿Honrada prosperidad? Como dijo el filósofo Jis: “Sepa la bola”.

Le toca sobreponerse a un presente incierto, y librarse de una carga a veces inamovible llamada pobreza. Para bien y para mal, en materia de destinos humanos no hay nada escrito.

Cuando el guardia da por terminada la entrevista, le dice, con toda sinceridad: “Que te vaya bien”.

¿Qué más puede hacer un adulto acaso más emproblemado que el propio niño?

CERILLOS APAGADOS

Hasta principios del nuevo siglo, el niño torreonense podía trabajar como cerillito (empacador) con encomiable impunidad.

La inversión que realizaba era mínima, pues las prendas escolares también hacían las veces de uniforme laboral.

El único requisito era llegar temprano, por aquello de ganar lugar.

En Soriana, en los ochenta, por ejemplo, los supervisores estaban muy atentos a evitar la sobrepoblación de escuincles empacadores.

Si te asignaban una caja, era tuya por las siguientes cuatro horas; si todas las cajas se ocupaban y aún quedaban chiquillos en la fila, el supervisor los despachaba con el típico “Gracias por participar, vuelva mañana”.

Cada chico nuevo recibía cinco minutos de capacitación, más que suficiente para comprender que empacar bien tiene su chiste:

“Los enlatados siempre van al fondo; jamás pongas el jabón junto a los alimentos; frutas y verduras pesadas (manzanas, aguacates sin madurar, repollo) van al fondo, las ligeras (plátanos, uvas, aguacates ya maduros), encima; al pan no le pones bolsa a menos que te lo pidan.”

De cliente en cliente, de centavo en centavo, el cerillito acumulaba respetables cantidades de calderilla.

Como cualquier adulto irresponsable, no era raro que, agotado el turno, el menor trabajador se fuera con sus compinches a algún centro de esparcimiento y recreación.

Ayudar a la jefita no era la única razón para estar ahí.

Así como el adulto forrado de toda la vida entra con paso regio en una cantina, el cerillito de aquellos tiempos podía hacer lo mismo en salas de maquinitas como Chispas o Electro Poing.

No era inusual que la emoción despilfarradora tomara posesión del menor trabajador y que las tragamonedas mermaran considerablemente, o bien fatigaran en su totalidad, el jornal.

Con los noventa llegó un requisito para aspirar al puesto: el infante debía presentar un permiso firmado por los padres.

Ya en el nuevo siglo, vinieron los cambios.

Los niños empacadores, por lo general alumnos de primaria, empezaron a compartir la fuente de empleo con la tercera edad.

Aunque llegaras primero, la caja ya no era tuya; el niño empacador debía turnarse (un cliente para ti, un cliente para mí) con el niño de pelo cano.

Luego, el cerillito fue expulsado del centro comercial.

Adultos en plenitud y secundarianos o preparatorianos ganaron la partida de lo bien visto. Aquellos pueden vestir como se los permita la precariedad; éstos llevan el uniforme escolar.

Privar de espacios a los pequeños a la caza de ingresos no lo hace desaparecer; en muchos casos, el deseo de ayudar a la jefita sólo los expone a entornos menos controlados o bien a condiciones críticas de ocupación.

Del lado bueno, se invisibiliza un poco la figura del niño trabajador.

CUERPO INFANTIL, MIRADA ADULTA

El último refugio del menor contra las desgracias del mundo, categoría acaso infinita de la que forman parte la pobreza o la inseguridad, por mencionar sólo dos ejemplos de alto calibre, es la madre.

Cuando ese bastión se tambalea, cuando toca ayudar a la jefita, el niño se despoja del niño y sale a preguntar si habrá chamba para él.

Una mirada adulta estampada en un rostro de trece años, pone a pensar.

En el barrio, abundan quienes necesitan trabajo. Chiquillos, adolescentes, adultos y ancianos solicitan no tanto un empleo sino un ingreso, un escudo, aunque sea mínimo, para contener los embates de la miseria.

Por eso, no sorprende que un día, al responder a los golpes en la puerta, frente a nos aparezca un extraño que se presenta como vecino de la vuelta.

Anda preguntando por el paradero de un güerito del rumbo.

“Me abrió el carro y se robó unas cosas”, explica, y resulta difícil no compartir su enfado.

“Hable con su jefa”, aconsejan los partidarios de arreglar las cosas mediante la denuncia ante alto tribunal.

“Ya lo hice, no sirvió de nada”, comenta el despojado.

Cuando la fiscalía materna desoye el público reclamo, la reputación del muchacho queda destruida. Al ver al güero ya no se observa a un adolescente, sino a un ejemplar, uno más, de esa raza que aprovecha la ocasión.

Como el barrio es una suerte de bodega en la que uno encuentra de todo, también sucede que el menor, traspasado por la mirada inquisitiva de la jefa, reconoce su culpa.

En esos casos, la madre actúa de forma justa y misericordiosa. Esto puede parecer un desatino. Las siguientes líneas tienen el propósito de aclarar ese punto.

Constituida en tribunal, la jefa no sólo castiga la falta y supervisa la reparación del daño, también endereza la figura del infractor:

“Él ya trabaja, ¿sabe? Junta cartón, plásticos, botes, y se va a venderlos. Ya gana su dinerito. No es mal muchacho, ¿sabe? Él me ayuda.”

De esa forma, la intervención materna cura al infante del oprobio, de ser visto como algo más que un niño.

RECUERDO DE UN PROFESOR

Un profesor de literatura, cuyo nombre no viene al caso, se describía como perfectamente incapaz de leer el periódico cuando no tenía un bolígrafo a mano.

Creció en un hogar precario: figura paterna poco menos que ausente; la madre sufriendo mil apuros para pagar renta, servicios, dar estudio a los hijos, etcétera.

En los años de adolecer, su hermano mayor solía pedir prestada la sección de Clasificados a los vecinos.

Además de buscar empleo para ayudar a la jefita, revisaba el apartado de Casas en Venta.

No pocas veces le dijo a su carnalito y futuro profesor: “Mira, hay que juntar esta lana para comprarle una casa a la jefa”.

El domingo era el único día de la semana en que la madre compraba el periódico. De domingo en domingo, los carnales forjaron el hábito de encerrar en un círculo los anuncios de fincas con tres habitaciones, baño y medio.

Ambos estudiaron y trabajaron. Luego, trabajaron y ahorraron. Ni la adultez ni sus responsabilidades alteraron la intención de cumplir la misión autoimpuesta, el sueño de adquirir un hogar tan digno como propio.

No pudieron cumplir el objetivo. La muerte de la insustituible llegó primero.

En el pulso del maestro sigue vivo el pensamiento que hirió de muerte a la infancia.

Así de poderosa, así de insobornable, es la idea de ayudar a la jefita cuando reclama para sí tierno continente.

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