Simon Kofe con el agua a las rodillas por cambio climático
El ministro de Relaciones Exteriores de Tuvalu en un discurso sobre el cambio climático con el agua hasta las rodillas

Yo no vivo en Tuvalu

Francisco Valdés Perezgasga

Quizá usted no haya oído hablar de esta nación, de esta isla-nación. Pues bien, Tuvalu es un archipiélago. Nueve islas coralinas en el Océano Pacífico. Tuvalu es un país isleño y, por ende, aislado. Tanto, que una de sus islas, Niulakita, fue llamada “La Solitaria” por su descubridor, Álvaro de Mendaña, en 1595. 

Tuvalu tiene una superficie de 27 kilómetros cuadrados, menos de la quinta parte de la superficie del área urbana de Torreón. Viven ahí 12 mil habitantes, lo que la hace la segunda nación más pequeña en la Organización de las Naciones Unidas, después del Vaticano.

Tuvalu es un milagro. Existe merced que la vida —los arrecifes coralinos— fue quien creó este archipiélago en medio del vasto Pacífico. Hoy, Tuvalu está en problemas. Está rodeada de agua y su altitud sobre el nivel del mar es de tan solo cinco metros al tiempo que los niveles del mar están al alza por el cambio climático. Tuvalu se está ahogando. 

Hay planes para mover a toda su población a Australia y que Tuvalu se convierta en la primera nación digital del mundo, es decir, un país que tan solo vivirá en la nube. Una nación que ya no estará hecha de átomos sino de bits

Si lo necesita, le doy un minuto para que pueda asimilar esa tragedia porque seguro le afectará si tiene usted un mínimo de empatía. Si no la tiene, usted dirá: ¿A mí qué? Yo no vivo en Tuvalu. 

La misma suerte de Tuvalu la tienen docenas de comunidades en Tabasco, es más, el mismo peligro corre Villahermosa. ¿Será Tabasco el primer estado mexicano con una capital virtual?

Hay una carrera macabra para ser el primer estado mexicano que se quede sin capital. La zona metropolitana Veracruz-Boca del Río en Veracruz y Ciudad del Carmen en Campeche están en riesgo. Como lo están Tampico-Madero en Tamaulipas, zonas de Yucatán, buena parte de Acapulco, Manzanillo, Salina Cruz y Guaymas y veintenas de comunidades de Chiapas. 

Claro que en México siempre quedará el recurso de correr para las montañas. Un escape que Tuvalu no tiene. 

Siguiendo con el lagunero ecpático (insensible, duro, frío) que dice “¿Y yo qué?, si vivo a más de mil cien metros sobre el nivel del mar”, yo le diría que nuestras comunidades están contribuyendo a la tragedia de Tuvalu. No solo por haber permitido un desarrollo urbano desparramado que nos volvió una sociedad cochista, sino por la desproporcionada cantidad de gases de efecto invernadero, producto de la ganadería de la que aún hay quien se siente orgulloso.

Hace días oí a un connotado lechero de la región decir que clavarnos en el agua que usa su actividad no está bien. Decía que debemos ver la cantidad de riqueza y bienestar que esa actividad ha creado en la Comarca. 

Me parece bien. Metamos en el libro mayor de la contabilidad lechera la riqueza (para muy poquitos y poquitas), los empleos (mayormente mal pagados y de poca calificación profesional), los cientos o miles casos de cáncer por beber arsénico, y la devastación personal, familiar y social que esta enfermedad causa y, por supuesto, su contribución a la desaparición de Tuvalu. 

Sí, de una manera macabra nuestra comunidad y la de Tuvalu están conectadas.

Una vaca lechera emite aproximadamente cien kilos de metano al año. El metano es 28 veces más potente que el bióxido de carbono en su capacidad de calentar al planeta. Por ello, cada vaca emite dos mil 800 kilogramos de bióxido de carbono equivalente al año. Dos vacas emiten al año más capacidad para calentar al planeta (y para ahogar a Tuvalu) que un coche promedio. En La Laguna rumian más de medio millón de vacas lecheras, amén de otros cientos de miles de reses de engorda. Nuestra conexión es clara.

Esta conexión que hago no es malabar. Estamos en medio de una emergencia climática. Nuestra casa se está quemando. Debemos cambiar nuestros hábitos y exigirle a nuestro gobierno que renuncie, de una vez por todas, a su demente obsesión por los combustibles fósiles. Ya estuvo. 

Nuestra mayor influencia al calentamiento global proviene no sólo de las decisiones corporativas y gubernamentales, sino también de las decisiones personales. Moverse activamente (en bici, a pie), comer menos carne, beber menos leche son decisiones que sin duda debilitarían nuestro grado de responsabilidad en el calentamiento global y en la desaparición de Tuvalu. 

Como sin duda ayudaría revertir las decisiones corporativas que han vuelto a nuestro rincón desértico en un emporio ganadero, así como revertir las decisiones gubernamentales que ya eligieron a Coahuila como tierra de sacrificio para aplicar el demencial método del fracking.