Por Francisco Valdés Perezgasga
Cuando uno llega a cierta edad, el pasado nos habla desde aquello que nos rodea. Lo nuevo no era y lo antiguo no es exactamente ya lo que era. La ciudad misma es distinta. Más grande y más hostil.
Los cerros que nos miran desde el sur, en las últimas seis, siete décadas, han cambiado con adefesios como las antenas y una estatua tan fea como intocable que, se supone, representa al salvador del mundo. Las industrias extractivas —pedreras y cementeras— alteran nuestro paisaje diario a una velocidad espeluznante.
Detrás del Cerro de las Noas, en un cerro más alto, se encuentra una cueva de entrada muy estrecha a la que en mi niñez le llamábamos la Cueva del Pato. A mis once años, con unos amigos decidimos trepar hasta llegar a esa cueva.
Uno de nosotros tenía unas lámparas de minero, que ya entonces eran una reliquia. Pasamos por una tlapalería en la Juárez —entre Ildefonso Fuentes y Leona Vicario— a comprar carburo. Unas misteriosas piedras color gris que, al reaccionar con el agua, producen acetileno, ese gas tan flamable como explosivo.
El carburo y el agua se introducían en la barriga de la lámpara y el acetileno escapaba por una válvula, donde, acercándole un cerillo, producía una flama de luz potente proyectada por un espejo parabólico.

Obvio, de la excursión no supieron nada, nunca, nuestros padres. Con la edad me di cuenta de que aquella fue una excursión riesgosa. Por fortuna, todos volvimos enteros. Cansados, sí, pero enteros.
Hoy, me encantaría tener una de estas lámparas, aunque dudo que haya aún donde conseguir el carburo. Ni las tlapalerías existen ya en nuestra ciudad. Perdimos no solo un tipo de comercio, sino también una bella palabra de un náhuatl castellanizado que podría traducirse como “tienda de colores”, pues las tlapalerías eran también tiendas de pinturas y anilinas.
Parte de mi infancia la pasé en el centro de Torreón y otra parte en la Ampliación Los Ángeles, cuando la densidad era menor a una casa cada tres manzanas. A poca distancia estaba el Nazas, que ya era un río moribundo, con corrientes limitadas a la temporada de lluvias. Hoy en día ni eso. El Nazas que corre por nuestras ciudades es ya un río muerto, aunque no por mucho tiempo.
Antes de llegar al Nazas había una hilera de pinabetes que aún resiste. Una hilera como la que hay a un costado del núcleo universitario de la UJED, en Gómez Palacio, y a un lado del BBVA, por la Alameda Zaragoza en Torreón. Seguramente usted sabrá de otras en alguna parte de nuestras ciudades laguneras. Si tiene cierta edad, habrá atestiguado la desaparición de más hileras de estos árboles. Yo recuerdo una larguísima que estaba en la carretera al antiguo aeropuerto, talada para hacer el Paseo de la Rosita.
Estas hileras de pinabetes fueron sembradas como cortinas cortavientos para proteger las cosechas y el suelo fértil de los ocasionales y fuertes vientos que de vez en vez azotan a La Laguna. Pero las tierras de cultivo a las que protegían han desaparecido bajo el asfalto y el cemento. Una tragedia en la que ni siquiera hemos reparado. Hectáreas y hectáreas de las tierras más fértiles del mundo sepultadas por una idea tan errónea como difundida del progreso.
Párrafos atrás mencioné la desaparición de las tlapalerías de nuestro paisaje urbano. Perdimos esos establecimientos, pero también perdimos el vocablo. Curioso también que hayamos perdido el nahuatlismo con el que hasta mi juventud usábamos para nombrar al calzado: cacles, del náhuatl cactli o calzado. Hoy, hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos usamos zapatos, pero ya no cacles.
La erosión de nuestra habla es tan grave y lamentable como la destrucción de nuestros cerros, de nuestros campos de cultivo o de un Nazas triste y seco. Todas esas pérdidas, culturales y naturales, empobrecen a nuestras comunidades y hacen a nuestras vidas más chatas.




