El problema del hambre

Por Fabio Pérez

El problema del hambre está más que presente en nuestra cotidianidad.

Se reforzó con las consecuencias económicas de la pandemia de COVID-19, como el freno de las actividades económicas y la pérdida de empleos.

Según proyecciones de organismos internacionales, la carencia de alimentos en muchas mesas es un efecto que acompañará a la humanidad en el largo plazo.

La Organización de las Naciones Unidas calificó al aumento del problema del hambre en tiempos recientes como “espectacular”.

Terminará por verse reflejado en una mayor demanda de servicios clínicos.

Alimentarse bien juega un papel fundamental en la construcción de las defensas orgánicas.

Las personas desnutridas tienen sistemas inmunes más débiles.

En ellas, el riesgo de padecer una enfermedad se agudiza.

Según la ONU, en el 2020 la subalimentación alcanzó a cerca del 10 por ciento de la población mundial.

La subalimentación es hambre, es decir, sensación incómoda o dolor causado por un consumo insuficiente, o la privación, de alimentos.

Esa paupérrima condición está en la vida de cerca de 811 millones de personas.

El coronavirus configuró un escenario que dejó expuestas deficiencias de los sistemas alimentarios.

Esto acarrea amenazas para la vida a través de la precarización de los medios de subsistencia.

EL AVANCE DEL HAMBRE

Desde mediados de la década pasada, el problema del hambre ha mantenido una tendencia al alza.

El virus reforzó su progresión.

Un 30 por ciento de la población mundial, unos 2 mil 300 millones de individuos, careció de acceso a viandas adecuadas durante el calendario pandémico.

Persistió la malnutrición, entendida como trastorno vinculado con deficiencias, excesos o desequilibrios en el consumo de macronutrientes o micronutrientes en todas sus formas (tanto la subalimentación como la obesidad son rostros de la malnutrición).

Los niños se ubicaron entre sus principales víctimas.

Se estima que en 2020 se detectó retraso del crecimiento (estatura demasiado baja para su edad) en más de 149 millones de menores de cinco años.

Más de 45 millones de infantes fueron etiquetados con una delgadez excesiva para su altura (emaciación) y en casi 39 millones se halló sobrepeso.

En un dato exclusivo del sexo femenino, casi un tercio de las mujeres en edad reproductiva recibió diagnóstico de anemia.

A nivel planetario, al menos 3 mil millones de adultos y niños carecen de medios para acceder a dietas saludables.

Más de la mitad de la población con carencia alimentaria, alrededor de 418 millones de individuos, vive en Asia.

Más de un tercio (282 millones) se concentra en África.

En América Latina y el Caribe el problema del hambre suma 60 millones de bocas.

Los costos de los alimentos son una de las razones principales.

CRISIS EN CURSO

Como la pandemia produjo caídas dramáticas de ingresos en infinidad de hogares, puso en peligro la posibilidad de conseguir comestibles.

También empeoró la situación de personas que viven en países afectados por conflictos, condiciones climáticas adversas y economías débiles o con amplias brechas de desigualdad.

Estos factores (guerras, sequías, parálisis económica) inciden de forma directa en la inseguridad alimentaria, concepto que suele clasificarse en dos tipos:

Grave: quedarse sin alimentos y tener que pasar un día o más tiempo sin comer.

Moderada: vivir en la incertidumbre acerca de las opciones de obtener comestibles; pasar el día con riesgo de saltarse comidas o terminar con las reservas disponibles; verse obligado a descuidar la calidad nutricional o simplemente reducir la cantidad de alimentos que se consumen.

En México, el porcentaje de la población con un ingreso laboral inferior al costo de la canasta alimentaria creció a lomos del coronavirus.

Pasó de un 35.6 por ciento en el primer trimestre de 2020 a 39.4 por ciento en el mismo lapso de 2021, dato del Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social).

La disminución de los ingresos laborales y el aumento en los precios de la canasta básica (más fuertes en las zonas urbanas que en las rurales) apalancaron dicho incremento.

2020 cerró con más de 51 millones de mexicanos en hogares inmersos en la pobreza laboral.

Es decir, se intensificó la vulnerabilidad del pueblo, especialmente de aquellos que ya vivían en situación vulnerable.

¿QUÉ HACER?

El escenario exige una transformación de los sistemas alimentarios.

Debe facilitarse que la gente ponga comida en la mesa.

Pero no hay que proporcionar cualquier tipo de viandas, sino aquellas que mejoren los niveles nutricionales.

Organismos internacionales han emitido una serie de recomendaciones dirigidas a los gobiernos:

a) Adoptar medidas de protección social para evitar que las familias vendan sus escasos bienes con el fin de comprar el pan.

b) Impulsar programas de apoyo en especie o en efectivo que alivien en parte los complejos escenarios provocados por el virus y la volatilidad de los precios de los alimentos.

c) Ayudar a pequeños agricultores a conseguir seguros contra riesgos climáticos y financiamiento (por aquello de promover la soberanía alimentaria).

¿Qué más puede hacerse desde la trinchera gubernamental?

  1. Intervenir a lo largo de las cadenas de suministro de manera que se reduzcan los costos de los alimentos nutritivos.
  2. Ayudar a los productores de frutas y hortalizas a comercializar sus cosechas.

Disminuir la pobreza no sólo mejora la alimentación de las personas, también su salud.

Al fortalecer los entornos alimentarios y estimular la adopción de dietas con características nutricionales apropiadas se aumenta la reserva de salud de la sociedad.

El problema del hambre, por el contrario, resta capacidad para afrontar los males de este mundo.

Sin los alimentos adecuados, nuestro cuerpo carece de ladrillos (nutrientes) para construir bienestar y tiempo de calidad.

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