La ciencia de las vacunas

Por Fabio Pérez

Cada año, la ciencia de las vacunas salva millones de vidas.

¿Cómo lo hace? En términos simples, entrena al organismo para que se defienda ante amenazas (virus o bacterias) bastante específicas.

Gracias a los preparados biológicos el sistema inmune aprende a enfrentar al extraño enemigo.

La historia reciente demuestra que males como la gripe, el sarampión, la difteria o el tétanos han visto drásticamente disminuida su capacidad para hacer daño por la aparición de las vacunas.

Hoy día, están disponibles dosis preventivas que atajan más de una veintena de males potencialmente mortales.

RESPUESTA CIENTÍFICA

El coronavirus suelto por el mundo provocó una carrera por desarrollar un remedio efectivo. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, llegaron a estar en proceso de fabricación 169 vacunas.

A un año del inicio de la pandemia, más de dos decenas ya habían alcanzado la fase de ensayos en humanos.

Que en menos de doce meses la ciencia de las vacunas pusiera en marcha experimentos clínicos amplios si bien no fue una completa sorpresa, no deja de tener algo de extraordinario

Cabe mencionar que los científicos de la salud no partieron de cero.

Había disponibles estudios relativos al síndrome respiratorio agudo grave (SARS por sus siglas en inglés) y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS).

Eso sí, la comunidad científica trabajó a marchas forzadas, tanto que pronto se manejaron noticias de laboratorios listos para producir sus fórmulas en masa.

Iniciar esa labor, normalmente, demora varios años.

MEDIR LA EFICACIA

La ciencia de las vacunas depende de factores como la eficacia demostrada, la rapidez con la que se autoriza su aplicación, una adecuada conservación y el modo en que afecta a las personas.

También se debe medir cuánta protección proporcionan a largo plazo.

Por ello, conviene echar un ojo a los fundamentos de los preparados.

Un primer grupo es el de aquellos que utilizan un virus inactivado o un virus atenuado para disparar el sistema inmune.

En el primer caso se introduce en el organismo una versión muerta del agente que causa la enfermedad; en el segundo, el invasor que ingresa al organismo ha sido despojado de la posibilidad de actuar con toda su potencia.

Los virus atenuados han salvado a mucha gente de padecer sarampión, paperas, rubéola y varicela; los inactivados han mostrado su valía contra la influenza, la hepatitis A y la rabia.

No obstante, la protección que brindan unos y otros llega a agotarse.

Para salvaguardar a un ser humano por un largo periodo se requieren múltiples inyecciones de refuerzo.

Estos preparados suelen necesitar períodos de prueba muy largos para demostrar que funcionan como es deseable.

Un segundo contingente es el de las vacunas basadas en proteínas.

Utilizan fragmentos inocuos de proteínas que imitan al virus causante de un mal.

Así el cuerpo se entrena y desarrolla la inmunidad deseada.

Enseguida vienen los compuestos que utilizan ARN y ADN modificados genéticamente con el fin de generar una proteína capaz de detonar la respuesta inmunitaria.

Otra forma de generar inmunidad es mediante vacunas con vectores viales que emplean un virus cuya estructura genética ha sido alterada.

No desencadenan la enfermedad, pero sí generan proteínas de la enfermedad que dan lugar a la respuesta inmunitaria.

RESULTADOS EN MASA

Una vez superan con buena nota las pruebas de rigor, expertos seleccionados por la OMS analizan los resultados para determinar si los preparados biológicos brindan una protección eficaz y son seguros.

Ya con el visto bueno de estos consejeros, vienen otros dos pasos: la aprobación por parte de los órganos de cada país y la fabricación en masa.

Una vez listo el producto, se procede a la distribución.

En este caso, viene otra tarea compleja: facilitar el acceso equitativo.

Aquí se tiene claro que debe priorizarse su aplicación a los grupos de riesgo: adultos mayores, pacientes de trastornos crónicos y trabajadores sanitarios.

En el caso del virus nuestro de los pasados dos años, en la comunidad médica existe el consenso de que la mayor parte de las vacunas contra la COVID-19 no tiene una eficacia del 100 por ciento.

Por ello, es importante seguir con el distanciamiento físico, el uso del cubrebocas, las pruebas de detección, el rastreo de los contactos.

RIESGOS QUE PERSISTEN

La mayoría de las personas que enfermaron en las primeras oleadas de la Covid-19 y se recuperaron desarrollaron una respuesta inmunitaria que ofrecía, en alguna medida, protección contra la reinfección.

Ese dato, por sí solo permitía vislumbrar que la humanidad conseguiría superar esta pandemia.

Sin embargo, debe mencionarse que en algunos casos se registraron complicaciones como daño pulmonar.

No debemos perder de vista que aún ignoramos mucho sobre los efectos de la convivencia a largo plazo con el virus.

La técnica inmunológica, la ciencia de las vacunas, si bien cada vez muestra una mayor eficacia, todavía no es una respuesta infalible contra los males de este mundo.

Por ello, hay que ayudar a nuestro organismo con una buena alimentación, ejercicio y hábitos dirigidos a cuidar de la salud mental.

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