Francisco Valdés Perezgasga
En estos días apareció una columna de finanzas en El Financiero (¿Donde más?) titulada “Torreón, la joya de la corona”. Con esa frase la autora quería dejar en claro que nuestra ciudad —nuestra región, en realidad— algo tiene de excepcional.
La frase, enunciada por Benjamin Disraeli, primer ministro de la era victoriana, se refería a la India, la colonia más rica y más poblada de cuántas había en el imperio. Disraeli no paró hasta que la reina Victoria no fuera coronada como “la Emperatriz de la India”, título que usó hasta su muerte.
Que ahora Torreón sea señalada con tal frase es, sin duda, un señuelo para la atención de los inversionistas. Claro, de los inversionistas que están en babia y no se han dado cuenta de la promesa que La Lagua —no sólo Torreón— encierra para sus ganancias. El argumento de la columnista es que Torreón —La Laguna, más bien— es la parte de México que primero llegará a la tierra prometida del nearshoring.
Hay este revoloteo que a nuestro país le espera una etapa de bonanza que nos volverá país desarrollado por la lluvia de inversiones que vendrán para estar lo más cerca que se puede estar de la economía más grande del mundo.
La columna de El Financiero señala que Monterrey y Saltillo constituyen una misma oferta ya saturada. No lo dice de manera explícita, pero el freno de estas dos ciudades es la limitada oferta de agua, lo que conlleva no sólo dificultades operativas para las industrias, sino un posible foco de conflictos sociales. A Mark Twain le sobraba la razón cuando decía que el whiskey era para beberse y el agua para pelearse.
¿La Laguna tiene agua? Pues sí. Más que Monterrey, Saltillo, Durango, Chihuahua, Hermosillo y Ciudad Juárez. Tenemos agua, pero mal utilizada. Agrego que ni siquiera mal utilizada, sino desperdiciada en crecer forrajes propios de zonas de monzón y no del alto Desierto Chihuahuense.
Tenemos agua. Más en los ríos que en el acuífero, tronado precisamente por la agroindustria a la que alude la misma columna que cito. Otra pieza del rompecabezas que embona. Agua Saludable para La Laguna cada día va pareciendo más Agua Saludable para el Nearshoring. Las dudas que planteaba en mi columna anterior (“Por un tubo”, Plaza Pública, 15 de mayo de 2024) van adquiriendo cimientos.
Mi alarma es máxima porque el riesgo es máximo. Todo pinta que el modelo de desarrollo depredador y suicida que hemos seguido los laguneros no parará sino que se acelerará. Qué perderemos la verdadera joya de la corona que son los ecosistemas naturales que aún funcionan en el Cañón de Fernández e incluso aguas arriba en el Nazas.
Habrá quien desde la ignorancia más supina dirá que los ecosistemas estorban a la marcha imbatible de la historia. Que el dorado destino lagunero está en el nearshoring. Que seremos el faro y el motor que llevará a México a la tierra prometida del desarrollo. Uso el terminajo de ignorancia supina con plena conciencia, pues la naturaleza es y será la base material de toda economía.
Los sospechosos habituales se frotan ya las manos ante el futuro prometido. A los políticos venales los ataca un súbito brote de certeza sobre su propia gloria. A mí y a muchos nos queda claro que el nearshoring se traducirá en mayor desigualdad y más pobreza. Que el súbito crecimiento urbano que tomará fuerza con los tubos de Agua Saludable creará una ciudad aún más caótica e insegura. Estamos tomando el camino de la destrucción y de la ruina. Al final de ese camino no se encuentra el paraíso, nos espera Mad Max.
En las mesa de las decisiones sobre el rumbo de nuestra tierra y de nuestra comunidad tendrían que estar todos los interesados y no sólamente los que no ven más allá de sus arcas ya repletas. Desconfiemos y cuestionemos a los falsos profetas de los tubos que se agandallarán al Nazas. Exijamos una pluralidad de actores en la mesa y un rumbo racional y democrático, dos rasgos que ya casi se borran de nuestra memoria colectiva.




