Colorín sietecolores sobre planta de maíz
Colorín sietecolores cantando desde una planta de maíz. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga

Lo importante

Francisco Valdés Perezgasga

Sentado a la orilla del Nazas, en el Cañón de Fernández. El calor empieza a avisar que no tarda en ser insoportable, pero en lo que eso pasa, un leve viento que acaricia la corriente del río pega con su suave frescura a la piel. El paso del agua es hipnotizante, como cualquier superficie que se mueve. Como hipnotizante es el reflejo de la luz del sol sobre el agua que luego danza sobre el envés de las hojas de la mora que me sombrea.

Cierro los ojos y pareciera que alguien le subió una rayita al volumen de los sonidos circundantes. Un carpintero mexicano llama —corto y agudo— desde algún nogal que está a mis espaldas. Más atrás, desde la ladera del cerro, desciende la cascada de notas de un saltapared barranqueño.

Aguas arriba, lejos, una aguililla gris emite su quejumbroso llamado. Dos carpinteros chejes, cada uno desde su orilla, se carcajean, un sonido que oigo mientras escribo esto, ya tarde, en mi casa en Torreón. Varios jilgueros dominicos arman su escándalo en un ahuehuete justo a mi izquierda y luego se van.

El resto del grupo de observadores se adentró en la nogalera en pos de registros notables. Junto a mí está Edgar, que prefirió quedarse conmigo sumido en su propia atención introspectiva y silenciosa, igualmente atento a lo que sucede alrededor. De pronto, una libélula oscura se posa a descansar en mi cachucha y Edgar le toma una foto. Yo, por supuesto, no veo a ese portento de control de vuelo y menos la siento. Queda una foto de testigo de ese momento. La libélula debió parar entre vuelo y vuelo, patrullando el aire en busca de sus presas.

Libélula oscura posando sobre una cachucha. FOTO: Edgar Villarreal

Ensimismado —¿Enmimismado?— en el instante paso revista a lo extraordinario de la mañana. A pesar de ser testigo regular de la exuberancia vital de ese tramo del Nazas recuerdo que, aunque lo visito cada año tantas veces, he visto pocos nidos. En alguna ocasión, la grande y robusta plataforma de ramas del nido de alguna aguililla negra menor u otra rapaz. Incontables veces los enclenques excusas de nido de las palomas alas blancas. Uno que otro nido cuasi esférico de un baloncillo. Momentos antes, esta mañana, alguien descubrió un nido de cardenal desértico —localmente llamado chivo— y el constante ir y venir de la hembra que salía no muy lejos, quizás a comer para volver al nido y arrellanarse sobre los huevos que obviamente empollaba. De vez en vez llegaba el macho con la rojísima banda al frente, a compartir comida con la pareja, reforzando el vínculo del cuyo testigo son los huevos que ella empolla.

En un maizal cercano, bañado por la luz que todo fotógrafo añora, llega un colorín sietecolores a cantar su bella canción y a presumir su ilógico plumaje. La primera vez que vi una foto del colorín sietecolores me dio la impresión de haber sido pintado por un niño pequeño sin mucha idea de las combinaciones correctas de los colores. Siete años después de haber visto esa foto pude ver mi primer ejemplar en el estacionamiento de un parque de Monterrey.

Colorín sietecolores. FOTO: Rocío Miranda

La escasez local del colorín sietecolores quizá se debiera a que era un pájaro muy codiciado y por tanto muy cazado para comerciar con él. Supongo que un cambio en el mercado —una repulsión creciente hacia la crueldad— hizo que el sietecolores pudiera recobrar su libertad de milenios.

Nido de vireo de Bell. FOTO: Refugio Loya

Nuestra atención con el sietecolores cesó cuando alguien vio un pájaro pequeño salir de su diminuto nido. A diferencia del nido del cardenal desértico, una canasta del tamaño de un plato sopero hecho de ramas tejidas, este era una pequeña taza con un tejido complejo de pastos, hojas y cabellos. Muy grande para ser de colibrí y muy abierto para ser de baloncillo. Por no estar muy alto alguien pudo ver su contenido: tres blanquísimos y puntiagudos huevos que coincidían con el nido del vireo de Bell, un pájaro del mezquital cuyos sonoros cantos nos acompañaron toda esa mañana.

Con frecuencia hablamos de la comunión luego con la naturaleza, frase grandilocuente que tan sólo precisa de silencio, atención y una férrea voluntad de estar.

Mariposa reina en flor. FOTO: Jazmín Tallo