María Yolanda García: cuerpo, danza, maternidad y aloholismo en ‘Ballet para (señoritas) señoras’, ensayo ganador del Premio Dolores Catro 2024

LIBRO BALLET PARA SENORITAS SENORAS MARIA YOLANDA GARCIA

Este es un libro, un ballet sobre el cuerpo de una mujer que materna y trabaja, una coreografía que desafía la enfermedad del alcoholismo y se enfrenta al abismo de criar. “Las clases de ballet suponen un doble reto: debo superar el cansancio físico acumulado y ejecutar cada ejercicio, pero por otro lado, debo dominar mis pensamientos para escuchar las indicaciones sin ninguna intromisión mental: regar las plantas, surtir la lista del súper, pagar la renta, enviar el dinero del convivio del niño, firmar tal circular y comprar cigarros porque ya se van a terminar”, dice la voz de este ensayo profundamente honesto sobre la identidad de una mujer que se construye desde la disidencia. 

No está bien visto que una mujer beba pero, todavía peor, que una madre beba. Culturalmente hablando no es lo mismo un hombre que bebe y escribe a que una mujer lo haga. Así lo reflexiona la autora en su diálogo con Leslie Jamison y su libro La huella de los días para pensar “el espacio hipermasculino de la literatura y sus jerarquías”, tantas veces “marcadas por ingestas de ríos de alcohol”. Cuando una mujer bebe es diferente, no es un genio, es descuidada e incapaz de funcionar al ritmo del estándar social, dice también con Marguerite Duras. 

Para abordar la relación con la bebida, esa que irradia sobre la experiencia con la crianza y el trabajo, la escritora se hace preguntas lejos de argumentos morales y más bien cerca de lo que implica sobrevivir desde el seno de la precariedad y la maternidad en solitario. ¿Qué significa ser adulta y madre soltera? ¿Qué significa entregar los días a las ventas por teléfono, a trabajar desde casa para no descuidar a un niño pequeño? “Bebo para combatir el cansancio y el enfado que provoca la crianza”, dice la voz que intenta interpelar a sus lectores. “Entiendo el significado de criar en soledad, algo muy privado sucede dentro del hogar. Algo atareado en los muros de mi casa empieza a convertirse en furia. Marcar números, vender propiedades y apurar otra cerveza”. 

En medio de la vorágine de problemas, la bebida, siempre la bebida, había permitido a la escritora apurar las llamadas para el imperio del telemarketing porque “si el cliente visita y compra, me llevo una pequeña comisión”. Toda experiencia laboral, dice atinadamente la escritora “extrae el máximo rendimiento: se integra, adapta su carácter, fisiología y costumbres a un espacio laboral personalizado”. Pero en ese vendaval de disociaciones, de la esquizofrenia propia del trabajo en el capitalismo, el alcohol “funciona como calmante para la soledad”, un “refugio” que anuncia, lentamente, la aniquilación. Y tal vez sea la enfermedad de la madre o la propia soledad la que lleva a la autora a comprender su situación, a emprender un diálogo intelectual, como se estila en todo ensayo, con autoras como Daniela Rea, María Moreno, Erica Jung, María Luisa Puga, Maggie O’farrel, Sarah Hepola, Sofía Balbuena y las mencionadas Duras y Jamison.

Así, desde el mar del alcoholismo y la derrota, este libro avanza como un tiento, un delicado ballet en tres actos que horada en la posibilidad de la sobriedad, en la salvación del propio cuerpo, ese reducto radical del “yo” –instancia que permite funcionar, cuidar, amar; instrumento del que depende la fortaleza y la entereza. No en vano las escrituras feministas transitan con insistencia por el cuerpo, sopesan su potencial para de ahí irradiar una política de los afectos y los cuidados. Como las madres buscadoras, que con sus cuerpos escarban la tierra y la basura para buscar a sus familiares, la voz de este ensayo-relato acude a su cuerpo para hacerse preguntas, para experimentar otro modo de estar en el mundo –con la duela, la barra y las zapatillas– mientras un pequeño niño asiste, a la misma hora, a clases de pintura. 

Las escrituras feministas profundizan en el cuerpo porque, como plantea Judith Butler, en él se inscribe nuestra vulnerabilidad y, por lo tanto, la posibilidad de la pérdida, el padecimiento del duelo. ¿Qué perdemos cuando el cuerpo no funciona? ¿A qué nos enfrentamos las cuidadoras cuando no tenemos energía, cuando estamos enfermas, cuando no hay nadie que pueda ayudarnos? ¿Qué se hace con este cuerpo en el contexto de un mundo hiperindividualista, que nos deja en la orfandad? Las madres, solteras o no, “autónomas” o no, no podemos ser disfuncionales. Ser madre de por sí ya es una experiencia límite, por eso comprendo el dilema de María Yolanda García, pues yo misma cobré conciencia de mi cuerpo, dimensioné su espacio-tiempo cuando, como ella, empecé a criar en soledad. Hacerse de estrategias para amar nuestros cuerpos, urdir equilibrio desde un escollo es tan doloroso como redentor. El cuerpo es una casa y eso es una verdad contundente. 

He leído y padecido este ballet por su delicadeza y honestidad, por el peso de sus palabras tan lejanas de la pretensión, por dar testimonio de lo que significa jugar con la posibilidad de lograr una suerte de equilibrio, pero no el que reza el wellness sino otro más humano por errático. Yo encontré la bicicleta en ese trayecto, la autora en el ballet. “El equilibrio es una batalla. […] Puedo gobernar el mundo si mantengo el balance cinco segundos más. El cuerpo y el lenguaje son un país propio”.

Bailar, no por evasión, sino para devenir, ser otra, un cuerpo otro, distinto, sobrio. Bailar para reescribirse desde otro lugar que no es el alcohol; bailar para vivir, aunque eso suponga someterse a la rigidez de la técnica, a la pulcritud del uniforme, a la severidad de las indicaciones en francés. El cuerpo de este ensayo se doblega a la tradición clásica rusa mientras el “yo” intenta descifrar los secretos de una libertad antes desconocida. “Dance, dance, otherwise we are lost”, solía decir la famosa coreógrafa alemana Pina Bausch. En esa libertad hay, como en todas las artes, disciplina, cuadratura y cansancio. Todo lo que nos hace libres cuesta. Quizás, el dilema más importante que plantea el libro es dejarse morir (en el alcohol) o (sobre)vivir. “Poco a poco descubro que la recuperación puede ser un impulso de vida. Trabajo este archivo casi siempre, después de bailar”. El ballet resemantiza al “yo”, su gracia no sólo está en conseguir equilibrio, sino en el conjunto de fuerzas, físicas, emocionales e intelectuales, que se ponen en juego sobre el escenario y sobre el papel.

Las preguntas que se hace María Yolanda García son muy similares a las que, desde otras crisis y vicios, desde las zonas más oscuras de la experiencia, nos hacemos las madres en condiciones de trabajo precarizado, ante aquellas adversidades que sentimos que no tendrán fin. La voz de este ensayo opta, hijo, ballet y escritura mediante, por vivir, porque el peso del cuerpo es tanto que vale la pena someterlo para aligerarlo, para soportar una mudanza, para dejarse transformar.

María Yolanda García, autora de Ballet para señoritas señoras
fue galardonada con el Premio Dolores Castro 2024

Conocí a la autora, María Yolanda García, hace casi 5 años en una época de crisis generalizada: la pandemia. Ella organizaba talleres independientes de escritura creativa, impartidos por la magnífica escritora Brenda Ríos. Me inscribí en uno de ellos para refugiarme y entender lo que sucedía en mi cabeza en medio de una depresión profunda. Las dos fuimos discípulas de Brenda, de su generosidad en un momento marcado por la incertidumbre. Infiero, porque no le he preguntado, que la escritura de Ballet para señoritas señoras comenzó en ese tiempo. Fue cuando decidí empezar a escribir sobre mi bicicleta. 

Le guardo un enorme cariño a Yolanda. Ahora nos hermanan otros espacios de corte más bien académico. Desde que supe que había obtenido el Premio Dolores Castro 2024 en Ensayo, le pedí que me enviara un ejemplar en cuanto se los dieran. Hace poco le puse un mensaje, le decía que la admiraba, por quién es ella y por haber obtenido el premio. En los videos de la premiación, que vi en diferido, se le observa radiante, con su larga cabellera oscura y rizada, su honesta sonrisa y sus brazos de bailarina. No sobra decir que es Doctora en Filosofía por la Universidad de Guanajuato y publicó anteriormente Narcisa (2021).

Gracias por este ballet, Yolanda.