Por Miriam Canales
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Una semana antes las mujeres marchábamos briosas por todo México. Ahora las víctimas acumulaban también hombres y menores de edad. El crimen organizado, con sus cada vez más difusas, sanguinarias y sofisticadas aristas, perpetra rompiendo todo pacto social, de honor, de edad, de sexo. Los hallazgos son insólitos y siniestros, así como su nuevo patrón sistemático y dinámicas de disputa… pero el clamor social estalla con vehemencia a manera de contraataque.
Como cada año, el 7 de marzo se aguardaba la conmemoración del Día de la Mujer, pero la agenda periodística viró en otra dirección y la dejó ensombrecida cuando se dio a conocer que el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco descubrió tres hornos crematorios en un campo de adiestramiento en el interior de Izaguirre, un rancho en el municipio de Teuchitlán, a una hora de Guadalajara.
Su peculiaridad: un cúmulo de 400 pares de zapatos de todo tipo, vestigios de una masacre; prendas de vestir, maletas, mochilas y otros objetos diseminados, así como figuras de Santería y de la Santa Muerte en sus muros. Todo esto recibió el superficial apodo de “El Auschwitz mexicano”.
Según investigaciones, las personas que tuvieron el infortunio de caer en ese lugar fueron reclutadas a través de falsas entrevistas de trabajo para cosecha en el campo y conducidas hasta ahí “a través de un Uber”, con el Cártel Jalisco Nueva Generación detrás de estas artimañas.
¿Quién era el propietario? Medios como Imagen Noticias informaron que le fue despojado a la fuerza al dueño original desde 2012 y adquirido ilegalmente.
Los días posteriores a la publicación del hallazgo, la turbulencia mediática no sabía hacia dónde dirigirse.
El domingo 2 de marzo se celebró la ceremonia del Oscar, donde figuró la polémica “Emilia Pérez”— que tuvo el enorme timing de no coincidir con este último incidente—, así como las nada empáticas declaraciones Zoé Saldaña con respecto a los estragos del crimen organizado en México y en respuesta al enorme rechazo y repudio ganados a pulso por caricaturizar este tema.
Tras recibir su Oscar como Mejor actriz de reparto, Saldaña dijo en rueda de prensa que el corazón de la película no es México: “no es sobre un país, sino una historia de cuatro mujeres que podrían haber sido rusas, dominicanas, negras de Detroit, de Israel o Gaza”, desviando así el enfoque hacia otros contextos globales.
En el portal de opinión pública Reddit se desató toda una discusión al respecto y acerca de cómo nuestra capacidad de asombro ante estas atrocidades ha caído en la apatía. “Parece que ese tipo de estupideces de Emilia Pérez nos molesta más que los temas importantes. De verdad, tenemos lo que merecemos”, escribió un usuario.
Una vez pasado el huracán femenino anual, la primera quincena de marzo quedó marcada como otra fecha para una nueva congregación fortuita en protesta de la gran estela de catástrofes que una a una siguen acumulándose en México.
Un fin de semana de una inesperada alerta sísmica, que sonó la noche anterior a ese viernes en la Ciudad de México, de quincena, de puente, de “descanso”, de Vive Latino, de pre-Semana Santa y hasta de una marcha Emo previa… 200 seres humanos, por otro lado, no podrían gozar jamás de ninguno de estos esparcimientos… ni de volver a casa siquiera.

En redes sociales se lanzó la convocatoria civil para acudir al Zócalo capitalino o alguna otra plaza en el interior de la república con una vela para unirse a una vigilia por Teuchitlán, también podían llevar un par de zapatos para colocarlos a manera de ofrenda.
El otrora “Sábado Distrito Federal” — así como sedes de la república como la Plaza Imelda de Guadalajara, Guerrero o Querétaro— se convirtieron en una cofradía frente a la joya de la corona: el Palacio Nacional, la hoy fortaleza de la novel presidenta Sheinbaum, a quien, apenas en su quinto mes en funciones, le estalla oootro cartucho de dinamita en las manos, además de los ya entregados por López Obrador y Donald Trump.
Los asistentes —jóvenes y estudiantes en su mayoría— llegaron portando velas, las acomodaron con esmero, se les unieron padres y madres de familia de algún desaparecido, adultos mayores, Madres Buscadoras de Tamaulipas y otras mujeres que, para mi asombro, llevaban niños en carriolas.
Por el metro Hidalgo había hecho escala en una tiendita de abarrotes para adquirir una velita que terminé colocando en el suelo a las 6 de la tarde. Una mujer desconocida me auxilió para encenderla y proteger el pabilo de los vientos que soplaban.
Se leían por doquier pancartas que exigían conocer el paradero de Helen García, Sara Ramírez Bonilla, Daniela Patiño, Nadia Citlalli Salazar Vázquez, María Camila Díaz o Carla Araceli Gil Alatorre, mujeres aparentemente desconocidas que fueron hijas, hermanas, madres, novias, no solo cifras.
“No llegamos todas”, se leía en otra. “Las familias buscan, el Estado simula”. “Todas las madres merecen ver a sus hijos”. “No culpemos a AMLO, el culpable eres tú. Faltan 400”. “El 8 M no eran formas. ¿Hoy cuál es la excusa?”.
Fue así como la explanada quedó cubierta de improvisados altares con calzado viejo, flores y números al frente, escritos en un papel, representando a los caídos en el predio del rancho Izaguirre. Fue esa su ceremonia fúnebre, el último adiós que no tuvieron, ya que quedaron reducidos a fragmentos óseos dispersos y sepultados bajo una loza de tierra y ladrillo cuando la Fiscalía de Jalisco clausuró el predio el 18 de septiembre de 2024 (justo tras aprobarse la Reforma Judicial), asegurando que “no se detectaron”.

La convocatoria pudo ser aún mayor de no ser porque la diversión y el descanso se antepusieron. La cara de los dos Méxicos: el indiferente y apático, el que en redes sociales gozaba del Vive Latino, y el aguerrido enfrentándose a un gobierno cada vez más opaco e indolente integrado por personajes como Gerardo Fernández Noroña y sus declaraciones de incredulidad. Un gobierno que meses atrás se empecinó en desmantelar sus organismos autónomos y fraguar una ocurrencia llamada “elección de jueces federales”, cuyo panorama se avizora turbio para el próximo junio.
Los ánimos suben de temperatura, los clamores se intensifican y la multitud vocifera, golpetea las vallas que cercan al Palacio Nacional, me uno a ellos. Para no utilizar mis llaves, una mujer me presta una moneda de un peso, la solidaridad y empatía se demuestran hasta en pequeños detalles. Demandan respuesta a las desapariciones, izar la bandera a media asta, cuentan hasta 400 una y otra vez, enumerando los zapatos y a sus portadores, como Merani Noemí García Mejía de 19 años, quien salió de Zapopan bajo engaños para emplearse “como cortadora de fruta” y acabó en los hornos crematorios.
Ante las puertas del palacio se impone un cerco policíaco mixto de mirada adusta, mientras que las vallas —no tan férreas como las murallas del 8M— separan al “pueblo” que Claudia dice gobernar y que ahora le reprocha, entre rabia e impotencia, mientras la llama al unísono “¡Narcopresidenta!” y le exige rendir cuentas, saber dónde están sus desaparecidos. Los manifestantes se aproximan para desafiar y desprender las vallas y así gritarles en la cara a los uniformados tras sus escudos de acrílico: “¡Policía idiota, el Estado te explota!”. “¿Para qué sirve el gobierno? ¿Para qué sirve Morena? ¿Para qué sirve el Congreso?¿Para qué sirve la oposición? ¡Para nada!”.

—Oiga, ¿qué está pasando? —se acerca a mí una mujer mayor, de complexión muy delgada, suspicaz—. Esto ya pasaba antes —me contesta cuando detallo el atroz modus operandi de los hornos crematorios, donde también incluían de manera inmisericorde e impune a menores de edad y niñas.
—¿Cómo antes? ¿Entonces es algo que deberíamos normalizar? —respondo.
—No, pero piense que a García Luna ya lo agarraron.
—¡Y todos los que faltan después! —reviro.
—No, sí, ¡pero esto ya pasaba antes!
La señora en cuestión no se presta a un diálogo coherente, lo suyo es una ensalada de palabras donde menciona que inclusive tenía “reportes” de cosas “que pasaban antes” y que no tiene ella nada que ver con el periodismo, que es “una persona informada”. Su ambigua forma de comunicarse no difiere de los predicadores que llegan espontáneamente a tocar a las casas. Me hace desconfiar y me alejo fingiendo recibir una llamada telefónica. Estando de nuevo frente al Palacio Nacional, veo a dos más de estas mujeres encarando a las Madres Buscadoras de Tamaulipas, quienes todo el tiempo se condujeron con prudencia. Hago señas por detrás recomendándoles que no las escuchen.
Por lo menos todos esos clamores sirvieron para que la presidenta no los invalidara en la “mañanera del pueblo” del lunes 17, donde anunció una serie de nuevas medidas para el combate a desapariciones: eliminar la absurda espera de 72 horas para iniciar una pesquisa, homologación en el delito de desaparición, transparencia en cifras de desaparecidos y fortalecer la comisión ejecutiva de atención a víctimas. Todas como iniciativas de reforma. Mientras que el senador Manlio Fabio Beltrones propuso una reforma para reconocer a las Madres Buscadoras creando un padrón de familiares, un modelo de prevención nacional de desapariciones, beneficios económicos (¿A cuáles se refiere?), atención médica, seguro de vida y facilidades para herramientas de búsqueda. ¿Prosperará todo este proyecto?

Alrededor de las 8 de la noche muchos participantes ya habían abandonado la misión y otros continuaban tenaces en pie de guerra por tiempo indefinido bajo las tenues luces de Palacio Nacional. En los alrededores del Centro Histórico se respiraba otro ambiente de paseo sabatino, por no decir de indiferencia, como “un evento más”, a no ser que se organicen futuras y más álgidas marchas por Teuchitlán.
La plancha del zócalo, que en fechas anteriores ha fungido para convenencieros conciertos —y que albergaba en una esquina el extraño espectáculo de la dramaturga “de izquierda” Sabina Berman: “Entre Pancho Villa y una mujer desnuda”— ahora recibía las decenas de zapatos cuyos pies no volverían a caminar de vuelta a casa. La noche había caído y la aciaga primavera aún no terminaba de florecer… pero ya se marchitaba.




