Por Karime Gámez Hernández
El renacer de Elsa Calzada estuvo acompañado de prendas tejidas a crochet, labial rojo y tres lápices a color que pidió en catálogo. Luego de su divorcio, encontró en la hilaza una manera de redescubrirse a sí misma a través de patrones, texturas, formas y colores.
Nació en Torreón, Coahuila, pero durante su infancia y adolescencia, pisó otras tierras norteñas como Piedras Negras, Laredo, Monterrey, Reynosa, Matamoros y algunas rancherías.
La tercera de cinco hermanos. Cuata, pero no se crió como melliza porque fue la única sobreviviente de ese parto. Ocho meses después del 6 de abril de 1956, la otra pequeña desistió debido a una complicación por labio leporino.
A los 17 se casó con un hombre diez años mayor que ella. Hicieron su casa en un lugar de Lerdo, donde transcurrió la mayor parte de la crianza de sus cinco hijos: Catalina, Arturo, Adriana, Georgina, y Silvia.
Él no la dejaba hablar con otros hombres, incluso en situaciones cotidianas, como la compra del mandado o saludar cordialmente a los vecinos. Le daba a entender a doña Elsa que se veía mejor sin maquillaje y que lo mejor era que siempre utilizara vestidos o faldas, porque según su criterio, sólo los varones debían utilizar pantalón.
En 2004 la hija menor del matrimonio, Silvia, llamó a la policía para denunciar a su padre por un episodio de violencia contra su madre. Una vez en la dependencia correspondiente, Doña Elsa habló con uno de los funcionarios públicos encargados de esos trámites, el cual le aconsejó que se divorciara, porque esas personas no cambian, dijo. Pese a la negación de su entonces pareja, lo logró.
Ese mismo año, en búsqueda de ayuda para despejar su mente, encontró el crochet, que más que un pasatiempo, se convirtió en el proveedor de su propia ropa.
La menudería que doña Elsa tiene en la colonia Las Cumbres, en Lerdo, es la galería donde exhibe su arte. Cada domingo, desde muy temprano, se viste con alguna blusa floreada en combinación con sus ojos verdes, delineados de azul, azul vibrante. Entonces arma su puesto para atender a la clientela que, hambrienta y deseosa, degusta uno de los mejores platos de menudo en La Laguna.
Doña Elsa comenzó con su negocio pocos años antes del divorcio. Desde hacía tiempo, ella era la principal fuente de ingresos, pues si bien su entonces esposo trabajaba como jardinero, su aportación para la casa iba de poca a nula. Antes de emprender, doña Elsa había vendido comida corrida con las compañeras de trabajo de su hija Catalina, pero, luego de ciertas inconsistencias con la paga de los platillos, optó por vender menudo en un lugar y horario fijos.

ataviada con sus coloridas prendas. FOTO: Karime Gámez Hernández
El tejido de México
“En México el arte de tejer es una actividad que data de la época prehispánica, hecho que se puede constatar en algunos códices en los que se representaron algunas de las herramientas utilizadas en esta labor”, reza el repositorio de la mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Aunque el bordado mexicano cuenta con sus propias características, que observamos en huipiles, blusas, guayaberas, etc., no significa que no podamos hablar de otras manifestaciones mexicanas en el área textil, como el crochet, ya que puede conservar cualidades utilizadas en tejidos tradicionales, como las flores o la amplia paleta de colores.
Tal como se enuncia en la publicación del INAH La memoria en hilo y ahuja de Teresita Loera Cabeza de Vaca: “Dependiendo de la cultura a la que pertenezcan estos bordados, se hacen alusiones a elementos locales como la naturaleza de la región, su flora y fauna”.
El verde limón, el amarillo mango y el rosa dulce son los colores que doña Elsa prefiere para tejer. Colores vivos, dice. Y ninguna prenda se ha escapado de pasar por los altos estándares de la crochetista: o flores o colores, no importa si lo que teje es una blusa, una servilleta, un monedero, un gorro o cualquier otra cosa que se proponga.

como gorros forrados o monederos. FOTO: Karime Gámez Hernández
La hilaza que nos une
“Veía a una vecina que tejía y le dije que me enseñara. Me dijo ‘Se hacen los macizos así’. Las cadenitas y los macizos. De ahí yo fui buscándole el modo. Dos blusas me tejió porque yo le pagaba. ‘Ándale, téjeme una blusa’. ‘Sí’. Y un día me dijo ‘¿Sabe qué? Nomás le voy a poner la puntada’. Me contó las cadenas de alrededor y ya me dijo cómo irle bajando, cómo hacer el entresaque para el cuello y las manga”. Doña Elsa tejió entonces su primera blusa.
Desde siempre, tejer ha sido una actividad asociada con la feminidad, con mayor o menor prestigio según el periodo histórico del que se hable. Sin embargo, hay un aspecto que permanece, y es la capacidad que tiene de entrelazar mujeres: en este arte, se unen hilos, pero también se tejen relaciones interpersonales.
Compartir con otra mujer un espacio en el que se transmiten conocimientos y se desarrollan nuevas técnicas textiles, permite que la arena en donde se desenvuelven sea un lugar sano de convivencia y expresión.
Aun en períodos hostiles, como la Segunda Guerra Mundial, el crochet propició, de cierta forma, una zona segura para las que lo practicaban. En su ensayo El crochet en las prácticas artísticas contemporáneas: Colaboración y feminidad como nuevas dinámicas sociales, Valeria Guerrero Garduño cita como ejemplo de ello a Anne L. Macdonald, autora de No Idle Hands. The Social History of American Knitting: “Servía para que las mujeres hablaran, compartieran opiniones de todo, desde paternidad hasta política e intercambio de noticias de cada zona de guerra, se reunían hasta que el esposo de cada miembro fue regresando a casa (…) Las miembros están unidas de por vida, gracias a la sensibilidad hacia los otros, sin embargo, ninguno podría continuar con el club después de la guerra”.
El crochet ha sido parte importante de la cotidianidad de Doña Elsa, desde mañanas en compañía del gancho y la hilaza hasta tardes enteras tejiendo con su primera hija, Catalina, quien heredó su gusto y talento. Aunque no empezó a tejer con ella, la experiencia se encargó de hacer de este arte una forma de mantenerlas juntas.
“Hice una mañanita. Era color mamey. Un día vino mi otra hija y se la llevó a la escuela. Y una maestra le dijo que qué bonita mañanita, que quién la hizo. ‘Mamá, somos siete maestras, y vamos a tener una reunión para tal mes, y va a estar haciendo frío, y queremos las siete mañanitas, ¿a cómo nos las van a hacer?’. Y nos pusimos Catalina y yo. Y formamos una e hicimos la otra y así las terminamos las siete. Me acuerdo que se las dimos en cien pesos cada una. Después nos arrepentimos, porque andaba yo paseando en Sears, y allá las vi en $800, dije: ‘amos a la… pos sí, pos la regamos’. Pero fueron experiencias que fui adquiriendo”, contó Elsa Calzada al preguntarle por alguna prenda que haya tejido junto a su hija.
Tejer para resistir
Como explica Guerrero Garduño, el feminismo ha debatido el rol que implica tejer: una labor que exige trabajo de horas, incluso días, para una paga mínima. Sin embargo, esta práctica también representa una posibilidad de expresión y emancipación, gracias a las habilidades creativas que demanda.

su puntada favorita, la espuma de mar. FOTO: Karime Gámez Hernández
Para Elsa Calzada, el crochet fue una actividad terapéutica que le ayudó a deshilvanar sus pensamientos, pues eran muchas las emociones que le generó terminar una etapa tan larga como lo fue su matrimonio.
“Me encontraba muy intranquila después del divorcio. En el 2004 empecé. Dije: tengo que buscar salida. Me sentía muy presionada. Los treinta años que tuve de matrimonio estuve muy presionada, de más. Entonces, sucedió eso y pues… me sentí con más libertad de andar y de hacer y de decidir y aunque esté mal decidido, órale”.
Lo que empezó como un pasatiempo para despejar la mente, terminó por ser lo que alimenta, hoy en día, el guardarropa y el alma de doña Elsa. Su renacer se vio reflejado en el color de sus prendas y cosméticos. Todos esos ornamentos que comenzó a portar, no fueron más que la manifestación de una soberanía interna que le permitió afrontar, con entereza, el porvenir de su nueva vida, afortunada y libre.
Desde ese entonces, no faltan los cumplidos. “Una vez, una clienta en el menudo llegó y me dijo ‘Mire, aquí le traigo un presentito’. Le dije: ‘Ay, muchas gracias’. Me dice: ‘Porque la veo que se pinta muy bien’”.




