Marcha #8M: ‘Las chicas lindas siempre deben sonreír’

MARCHA 8M 2025 CDMX

Por Miriam Canales
X: @miricaiba

“¡Somos malas, podemos ser peores! ¡El que no brinque es macho! ¡No somos una, no somos diez, pinche gobierno: cuéntanos bien!”

Nuevo gobierno, nuevos tiempos, nueva narrativa. La marcha feminista del “segundo piso” de la cuarta Transformación llegó cargada de un caudal de emociones con la novel presidenta también amurallada dentro del Palacio Nacional como su antecesor, mientras que el mundo vive una pandemia superada, turbulencia política, violencia in crescendo y mexicanas que siguen en pie de guerra, al rugir del cañón.

En mi larga etapa de estudiante viví cada 8 de marzo con una imagen edulcorada y de honda cursilería; un día bajo flores, bailecitos y regalitos improvisados, según recuerdo, mientras realizaba mi servicio social en el Archivo Municipal de Torreón, Coahuila, por no decir de indiferencia total en algunos casos. Lo tomaban casi como equivalente del Día de la madre, ciertos grupos sociales no lograban ponerse de acuerdo. Hoy, dos décadas más tarde, residiendo en la Ciudad de México y en circunstancias sociales mucho más adversas, 200 mil fúricas almas, en su mayoría jóvenes de 18 a 30 años, rechazan las “felicitaciones”, las flores, la hipócrita celebración; claman derechos, vociferan, demandan como no lo hicieron nunca sus madres o abuelas y a nombre suyo. El momento queda plasmado en Instagram y Tik Tok.  

El maremoto de sangre que amenaza y arrecia en México no se detiene, por el contrario, mientras un día antes se revelaba el macabro hallazgo de hornos crematorios en Teuchitlán, Jalisco. Nos resistimos a sumergirnos en sus fétidas aguas de once feminicidios diarios, de normalizar prácticas patriarcales nocivas, algunos cometidos contra menores de edad a niveles extremos.

En el ocaso de 2024 y los albores de 2025, el tema de la mujer y su manera de desarrollarse en el mundo continúa en la opinión pública. Si bien, había formado parte de películas que terminaron nominadas al Oscar como Pobres criaturas,  Emilia Pérez y La Sustancia —donde el estándar de belleza es sumamente alto y según el cual “siempre debemos mostrar una sonrisa”— había sufrido un revés social con la llegada de Donald Trump al poder y sus disputas económicas con la incipiente Sheinbaum. 

Hasta la fecha, el machismo ortodoxo y las pick me girls siguen recurriendo a la excusa del vandalismo para denostar y revictimizar al movimiento, si bien las cientos de miles de participantes en su haber, sólo cometen destrozos y pintas si acaso en una décima parte, mientras que el resto del trayecto suele ser pacífico entre contingentes mixtos de activistas y víctimas colaterales, y hay espacio para la creatividad en los mensajes, la indumentaria y hasta el ácido sentido del humor contra el machismo. 

La prensa, por otra parte, suele enfocarse sólo en ángulos negativos cuando no difieren de turbios grupos de varones que actúan de igual modo y ejercen violencia al celebrar un partido de futbol, terminando en muchos de los casos en lamentables decesos. 

Las edificaciones, a su vez, siguen siendo tema polémico. ¿En qué momento, según la historia, una revolución se fraguó simplemente dándose la mano? ¿Habrá algún día en que las afectadas resulten prioridad y sean la nota y no su lado escandaloso?

Por otro lado, en el lejano marzo 2020, el coronavirus tocaba a las puertas del mundo y subestimábamos sus efectos; estando a bordo del vagón del metro hace un lustro, algunas chicas se mofaron al respecto, no temíamos de contagiarnos. El movimiento había adquirido mucha mayor dimensión a raíz del #MeToo de 2019 y es ahí cuando en lo personal tuve una fuerte toma de consciencia en participar, cuando en otras ocasiones lo cuestionaba. 

Para el 9 de marzo, las calles se quedaron desprovistas de nuestra presencia a raíz de “Un día sin nosotras”. Una semana después, el 13, se declaró la emergencia sanitaria, llegó el guillotinazo y la vida se cerró; la agenda periodística viró completamente durante meses; el feminismo, sus clamores y delirio de ese brutal domingo multitudinario quedaron en segundo plano. Los dos años posteriores la convocatoria disminuyó  —incluyéndome por temor a una infección— acudieron solo “las rudas” (sic), según escuché en las noticias. 

Mientras tanto, la “otra pandemia” de violencia doméstica y sexual, reportada mediante llamadas telefónicas de auxilio, jamás tuvo tregua alguna durante el confinamiento a lo largo de 2020. Las políticas públicas del gobierno quedaron rebasadas para atenderlas y alcanzaron 143 por hora y 12, 710 efectuadas por mujeres, niñas y niños, de acuerdo con la Red Nacional de Refugios.

En 2025 —ya con la música de la cantante coahuilense Vivir Quintana, jacarandas frondosas y prematuras a la primavera ahora por el cambio climático, el gremio de las Madres Buscadoras más aguerridas que nunca y más mujeres transgénero que también exigen respeto y derechos— volvimos a salir a las calles con nuevos bríos y cabal salud. Ahora invadía la expectativa de una primera mandataria sentada en la silla del águila, así como ocurrió anteriormente en Brasil, Argentina o Chile en vez del atroz sexenio patriarcal previo. 

En 2024 especulábamos respecto a si sería Xóchitl o Claudia y “que las cosas no volverían a ser iguales”. Estamos ahora viviendo el futuro, nos ha alcanzado después de la pandemia y la irrupción de la inteligencia artificial… Esta vez, ella insiste en que “llegamos todas”. (¿A dónde o cómo exactamente?), pero sus actos decían justo lo contrario y los panfletos de algunas asistentes la incriminaban.

Esa misma semana, justo el miércoles de ceniza, contradiciéndose en su discurso, ejerciendo su poder y “resguardándose del vandalismo”, del mismo modo que se ha hecho desde 2021, la presidenta dio la orden de colocar sendas vallas en la plancha del zócalo frente a Palacio Nacional y otros monumentos, como Bellas Artes. Lo de hoy es seguir construyendo muros de parte de los gobiernos ya sean reales o metafóricos no puentes de acercamiento y diálogo. A manera de protesta, los deudos de víctimas de feminicidio y otros activistas aprovecharon para pintarla de amarillo con el mensaje: “¡Claudia, no llegamos todas, atrévete a escucharnos!”.

El domingo 9, cuando originalmente se trataba de otro “Día sin nosotras”, tuvo la ocurrencia de congregar a sus huestes a una verbena “en defensa de la soberanía”, cuyo propósito inicial era manifestarse contra la amenaza arancelaria de Trump. La agenda ya había sido tergiversada ese fin de semana y el previo con el concierto “Sirenas al ataque” de Clara Brugada, que reunía a varias cantantes mexicanas. Y la triada de mujeres al poder en las demarcaciones más importantes daba una novedosa fisonomía a México: Sheinbaum en el ejecutivo, Brugada como Jefa del gobierno capitalino y Alessandra Rojo de la Vega en la Alcaldía Cuauhtémoc, la joya de la corona chilanga. 

La marcha representa uno de los pocos espacios seguros donde también podemos compartir historias en común de dolor, acoso, violencia de pareja —y lo peor de todo es cuando ciertos personajes escabrosos coinciden en otros momentos— como el caso de Vicente Jáuregui, músico michoacano integrante de San Pascualito Rey, acusado desde tiempo atrás por sus exparejas de misoginia, alcoholismo, engaño, maltrato y paternidad irresponsable, a quien conocí en 2011 por otra de sus entonces mujeres. Hombres reconocidos a nivel público que en privado esconden otra faceta y a pesar del tiempo siguen siendo sumamente problemáticos y encubiertos en diferentes escenarios. No, no es normal que todas en México tengamos una historia de abuso. “Los novios también violan”, “No soy la musa, soy la artista”, se leía en las cartulinas.

A paso firme, con pancartas y consignas, las mujeres que fuimos estudiantes hace 20 años hemos vivido una vorágine de experiencias, no sólo domésticas, sino de apremiante autocuidado por la apabullante inseguridad y el empoderamiento del crimen organizado que suele ser otro de los tantos victimarios. Ejemplo de ello es el caso de Diane Moreno Amezquita, sustraída de su trabajo por delincuentes en 2021 en Guanajuato y de quien no se ha vuelto a saber nada. Su madre la recordó y cantó Las mañanitas, ya que justo el 8 de marzo hubiera sido su cumpleaños. 

Así como el de Esmeralda Castillo, cuyo padre, José Luis, se volvió a manifestar en Ciudad Juárez como lo ha hecho desde 2009 por la crisis de los desaparecidos, lanzando brillantina a manera de protesta.

Algunas otras chicas, como en Torreón, que se han casado y procreado, que en su momento no tuvieron la oportunidad de alzar la voz, comparten la experiencia de lucha con la nueva generación de niñas que ahora desnormalizan faltas de respeto e injurias. 

Rebeca de 40 años y su hija Natalia Padme, que a sus 9 ya muestra talento artístico en teatro y canto, son otras de las que caminaron juntas y elaboraron un cartel con la leyenda: “Por mi niña que calló, mi hija grita hoy conmigo”. Otras más, reclamaban al incipiente gobierno que se ha vendido como “feminista” en la historia de este país. “Presidenta: ¿usted también tiene que avisar que llegó a casa?”

La sociedad no es una balanza maniqueísta en que si una mujer gana el hombre automáticamente pierde y viceversa. En un mundo idóneo, que no tuviera que celebrarse otra marcha a futuro a corto plazo sería la meta, pero México sigue ostentando a nivel mundial sombrías cifras de violencia cotidiana, violencia perpetrada en otras facetas, feminicidios, crímenes de odio, desapariciones y demás barbarie. Mientras tanto, el desfile de las jacarandas seguirá andando cada día 8 antes de la primavera.