MIMBRE TALADO CRUCERO MADERO Y JUAREZ TORREON
Mimbre talado en el crucero de avenida Juárez y calle Hidalgo en Torreón. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.

Relaciones

Francisco Valdés Perezgasga

Si algo se adquiere observando la naturaleza es la certeza de que los humanos somos parte de esa infinita red de hilos interconectados. No es un aprendizaje consciente, es más bien como un discernimiento que nos invade de poco en poco. Es más una marea que sube que una súbita epifanía.

Es cuando nos damos cuenta que sólo con una naturaleza sana puede haber una comunidad humana sana. Que sólo con una naturaleza viva podemos tener una economía viable. Este sentimiento de unidad, para nada exento de afecto, es lo que luego nos mueve a tantas y a tantos a la defensa de la naturaleza. Por su valor intrínseco, sí, pero también por lo que representa para el bienestar de nosotros y de los nuestros.

Leo Parasites de Scott Gardner, Judy Diamond y Gabor Racz con ilustraciones de Brenda Lee (Princeton University Press, 2022) un libro que ilumina, refuerza y da sustento aún más fuerte a este sentido de conexión. Si la vida es una red donde todo se relaciona con todo, los parásitos están en los nudos, o en los nodos, si gustan, de la red. La historia natural de los parásitos es la historia de las relaciones entre los diferentes organismos que habitamos el planeta.

Con la pandemia de COVID aprendimos los peligros que surgen de tener contactos inéditos con especies que cargan parásitos y patógenos capaces de saltar hacia el organismo de los humanos. A medida que los parásitos y los humanos entramos en contacto por primera vez empezamos a transitar por una avenida inédita, a menudo con consecuencias como las que estamos experimentando. Juntos hacemos historia.

Pero incluso sin ser observadora u observador de la naturaleza, algo en nuestra conducta diaria nos revela que intuitivamente tenemos esta relación con otras especies. Mantenemos la salud de nuestras mascotas en parte por su bien, pero también por el nuestro. Nadie quiere un perro o un gato con rabia en casa, por ejemplo.

El canto de las aves justo antes del amanecer nos maravilla y nos anima cada día. Ver un mimbre floreciendo en una de las esquinas con más tráfico motorizado y tránsito peatonal y ciclista de la ciudad es un milagro cotidiano.

Declaro haber forjado una relación afectiva, es más, amorosa, con un par de mimbres (Chilopsis linearis) en la esquina de avenida Juárez y calle Francisco I. Madero. Cada año, durante varios meses, el espectáculo de las flores de estos árboles de gran porte eran como un bálsamo para aliviar la irritación urbana.

Flor de mimbre. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.

El mimbre, llamado en inglés desert willow (sauce del desierto), es una planta nativa que se ve en arroyos del monte lagunero y detrás de la vegetación riparia en el Nazas y en el Aguanaval. Cerca de seis meses del año es pródigo en flores cuyos colores van el rosa pálido al púrpura con algunos destellos amarillos. Una vez polinizadas, por un colibrí, una abeja o un murciélago, produce una vaina larga y recta, rayas verticales y verdes entre el follaje, que quizá sea la razón detrás de su epíteto específico: linearis.

Alguien publicó una foto de un desfile en 1915 que pasaba por la casa centenaria que aún está en pie en esa esquina y ya se veían ahí los mimbres. Es decir que esos árboles habían alegrado la vida de torreonenses por más de cien años.

Esta primavera, como todas las primaveras del casi medio siglo que mi ruta diaria intersectaba con estos mimbres, estaba listo para verlos florecer. Este año iban un poco tarde. Pero un infausto día de mediados de marzo mi sorpresa y mi aflicción fueron grandes cuando vi que habían sido cortados por manos desconocidas.

La pérdida de referentes como estos mimbres provoca una pena que intuyo no es muy lejana a la que se siente cuando asesinan a un familiar o a un amigo o cuando te amputan un miembro.

Torreón es hoy más feo y más chato. Mi ruta diaria es más gris y plana. Perdimos parte de nuestro paisaje y de nuestra historia. Todo por algún imbécil que, por ignotas razones, creyó que era una buena idea matar a estos dos grandes mimbres de la esquina de Juárez y Madero. Un crimen que, segura y deprimentemente, quedará impune.

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