Una tarde, una balsa

CAÑON DE FERNANDEZ EN BALSA Francisco Valdés Perezgasga
Cañón de Fernández. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.

Por Francisco Valdés Perezgasga

Los humedales son lugares únicos. Los estamos destruyendo a una velocidad pasmosa. Los manglares se vuelven refinerías o playas hoteleras. Las lagunas costeras, transformadas en corrales de piscicultura. Los ríos de desierto, cercenados de sus planicies de inundación, convertidas en campos de alfalfa o en nogaleras.

Son lugares únicos y son lugares complejos. Por ser biodiversos, se trenzan relaciones infinitas entre animales, plantas, hongos, sombras y temperaturas, aguas someras, subterráneas y profundas. Cerros y montañas, pendientes del río. Materia vegetal que cae en el agua y se descompone. En un humedal, el entramado natural es alucinante.

El Cañón de Fernández es un humedal cuya influencia se siente en todo el continente. Un lugar de destino y refugio de más de doscientas especies de aves. Incontables plantas e insectos, docenas de hongos y arácnidos, una veintena de mamíferos.

En suma, un sitio único que, por desgracia, ha sufrido y sufre modificaciones y agresiones: los bordos que impiden que el río desborde a las planicies de sus flancos; la introducción de una agricultura industrial con su inseparable itacate de maquinaria, fertilizantes y plaguicidas; la basura y el fuego del turista; el asalto sin orilla de ruido, humo e inseguridad de los razors; los cazadores furtivos de rifle y de flecha.

Aún agredido y sitiado, al Cañón de Fernández puede uno ir y encontrar paz, introspección, recordar que pertenecemos a una comunidad mayor, a una sociedad antigua y diversa.

Yo acudo a él a hundirme en esa comunidad, a volver a sentir la cercanía existencial con sus habitantes, en especial con los que tienen plumas.

Hace una semana entré al Cañón de Fernández de una forma que nunca lo había hecho: por el agua, en una balsa de remos. La perspectiva es diferente a ese nivel. La estatura de los árboles y cerros es distinta, aún más majestuosa.

El viento soplando sin barreras sobre la lisa superficie del Nazas tiene otra calidad. Todo se confabula para que veamos lo familiar como nuevo. Sucede porque nueva es nuestra mirada.

La mirada es nueva pues no estamos de pie sobre una piedra o el banco del río o las raíces del ahuehuete. La mirada es nueva porque estamos sentados a nivel del agua.

Aguililla negra menor (Buteogallus antrhacinus). FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.

Lo curioso, e inesperado, es notar que nuestra mirada diferente hacia el entorno es correspondida por la mirada de las aves hacia uno, ésta cambia. Las aves te ven diferente. Les das confianza. Será que sus agresores siempre llegan por tierra y haciendo ruido.

Esa tarde soleada y fresca de sábado, dos aguilillas negras, un martín pescador norteño y uno verde, un gran número de patos monja y patos mexicanos toleraban muy bien nuestra presencia. Docenas de golondrinas de ala aserrada revoloteaban atrapando insectos mientras pasaban a centímetros de uno.

Patos monja (Bucephala albeola) en primer plano, patos mexicanos (Anas diazi) al fondo.
FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.

Llevaba mi cámara. Tomé fotos. Pero igual debí haberla dejado. Seguro hubiera gozado ese par de horas observando y sintiendo aún más de lo que lo vi, sentí, observé y gocé.

A veces la naturaleza debe ser para sumergirse y sentirla. Se gana paz y energía, aún cuando intentó romper ese momento el ruido grosero de esas máquinas infernales llamadas razors, tripuladas por individuos prepotentes, desquiciados e indecentes.

Pato del bosque (Aix sponsa) Hembra a la izquierda, macho a la derecha.
FOTO: Francisco Valdés Perezgasga.
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