¡Súbele!

Francisco Valdés Perezgasga

Me dolió la muerte de Héctor Becerra. Me dolió aunque no puede decirse que fuéramos íntimos amigos. Pudimos haber llegado a serlo pero no lo fuimos. Nuestros intercambios eran breves, amables y siempre adornados por una breve plática de música y, algunas veces, de cine. Nunca fue fácil platicarle de una película o de un grupo o de un artista que él no conociera ya. De modo que mis recomendaciones siempre terminaban en otras recomendaciones para mí. Hubo excepciones, como cuando le hablé del rockero escocés Paolo Nutini o de Los Lonely Boys o de un grupo de León, Guanajuato llamado Somos Logan.

No importa lo breves que hayan sido nuestros intercambios siempre fueron enriquecedores. Más de él hacia mí, puesto que en esos temas soy poco más que un diletante. De Héctor, por ejemplo, aprendí que hay un show en youtube llamado “Live from Daryl’s House” conducido por Daryl Hall, un cantante del llamado Philly soul que en los setenta y ochenta destacó en dueto con John Oates a quienes recuerdo de los primeros días de MTV. Gracias a esa recomendación conecté de nuevo con artistas entrañables como Billy Gibbons o Booker T. Jones y se me abrieron las puertas a nuevos artistas nuevos como Grace. Soy de una generación que se quedó atorada en Led Zeppelin. Nos hemos vuelto nuestros padres repitiendo aquello de: “La música de mis tiempos era mucho mejor”.

Me movió a escribir de Héctor ver, hace minutos, “The Last Waltz” una película de 1978 que conjuga los dos gustos de Héctor. Dirigida por Martin Scorcese es la filmación del último concierto de The Band, un legendario grupo canadiense de rock que tras dieciséis años decidió parar dando un último concierto arropados por sus amigos.

Por el escenario de ese postrero vals pasa una constelación de la época: Eric Clapton, Van Morrison, Paul Butterfield, The Staples, Emylou Harris, Neil Diamond, Muddy Waters, Ronnie Hawkins, Dr. John, Joni Mitchell, Van Morrison, Ringo Starr, Muddy Waters, Ron Wood, Bobby Charles y Neil Young. Pero en un lugar especial Bob Dylan de quien fueron su banda durante años. Muchos de quienes acabo de ver fallecieron, al igual que tres de los cinco miembros de The Band.

Aunque estrenada en 1978, el concierto se desarrolló el día de acción de gracias de 1976. Es testimonio del genio de Scorsese que, cinematográficamente, no se le notan los cuarenta y tantos años que tiene ya. El trabajo de fotografía y el de grabación son de una calidad inusual para la época. Aunque lo dudo, quizá algunos de los que pasan por la pantalla Héctor no los conociera lo que hubiera abierto la cancha para otro de los breves diálogos que hoy extraño tanto.

La película la vi, de estreno, mientras brincaba de la licenciatura a la maestría, creo que en un cine cuyo nombre no recuerdo en la calle General Prim, cerca del Paseo de la Reforma. Un cine borrado ya hasta de la prodigiosa memoria del Internet.

En The Last Waltz pasan los músicos que marcaron mi época. Volverla a ver removió recuerdos y sensaciones que creí olvidados. La película empieza con la advertencia que debe ser vista con el volumen al máximo. ¡Súbele! vamos. Quizá por ello, además de remover recuerdos y sentimientos también me sorprendió reviviendo el dolor de haber perdido a un buen amigo. Un amigo conocedor, modesto y generoso como sólo saben ser los que saben.

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