Sin infraestructura es imposible la manifestación

A poco más de 24 horas del desplome del convoy del metro en la Ciudad de México, el transporte público más utilizado del país, que mueve alrededor de 4.6 millones de personas diariamente (según datos del INEGI del 2019), la atención nacional e internacional sigue sobre el incidente. En la búsqueda de culpables por el desastre por parte de algunos medios y la bajeza de los partidos políticos de oposición de utilizar la tragedia a favor de sus intereses, pareciera muy fácil reducir todo a que la negligencia es parte exclusiva de la corrupción. Se pierde de vista que la negligencia tiene muchas causas, como la estupidez, la falta de visión, la malicia y la poca experiencia.

Por supuesto que no justifico esa negligencia que se tradujo en 24 muertes, al momento de escribir este texto, y más de 70 heridos, ¿pero será el caso de que este incidente tenga consecuencias legales para los implicados en la mala planificación? La desgracia era latente, se veía venir, tan es así que los vecinos del lugar señalaron las fallas en la infraestructura poco tiempo después del terremoto de septiembre del 2017.

Durante las horas siguientes del accidente, escuché y leí bastante sobre lo ocurrido, me impresiona que la información menos tendenciosa y un poco más objetiva siempre venga de medios extranjeros, como esta nota de El país o esta de la BBC, mientras que a los medios nacionales no les tiembla la mano para reducir todo a un tema de corrupción y hacer ataques explícitos e implícitos al actual gobierno que, ojo, tampoco estoy defendiendo ni mucho menos, ha dejado mucho qué desear ante el manejo de la crisis. Disculpen si reitero algunas ideas, pero en mi defensa hablaré sobre dos lecturas recientes que hice y que no puedo evitar relacionar con el incidente.

La primera es de una parte del libro de Mark Fisher, K-Punk Volumen 1 (Caja negra, 2019). En la reseña de la película Los niños del hombre (Alfonso Cuarón, 2006), dice lo siguiente:               

«La catástrofe no está esperando en la carretera, ni tampoco ya ocurrió. Más bien se le está viviendo. No hay un momento puntual del desastre, el mundo no termina con una explosión, sino que parpadea, se desenreda, gradualmente se desmorona.»

Esa es la esencia del día a día: la tragedia advertida de manera anticipada. El fin del mundo a diario. En el horror de lo cotidiano se observa claramente en la interacción orgánica de los contrastes. Por un lado, la desgracia, por el otro, la oportunidad. En el caso de la zona donde el convoy colapsó, es sabido que se trata de un lugar con múltiples carencias, en donde un transporte como el metro brinda alivio a los usuarios, hace la vida sólo un poco más digna. Un servicio que acorta el tiempo de traslado del hogar al trabajo y viceversa, de casi tres horas a una, es un amortiguador para las desgracias individuales, lo que convierte al accidente en un suceso más trágico aún, pues regresa una vulnerabilidad que parecía mitigada a todas las personas que dependen del metro para movilizarse, ¿hay que recordar que atravesamos una pandemia, que sufrimos una violencia estructural y cultural, que los servicios básicos son insuficientes…?

El horror del fin del mundo obedece a un mar de elementos y dinámicas sociales complejas, y ese horror no tiene fin, pues el mundo no acabará en lo inmediato.

La otra lectura en la que he pensado, es Resistencias, de Judith Butler (Paradiso Editores, 2018), en la que habla sobre filosofía, política y psicoanálisis, y en la que me tomaré toda la libertad de expresar una de sus ideas principales haciendo paráfrasis.

Para Butler, sabernos conscientes de nuestra propia vulnerabilidad es la única manera que tenemos de resistir. Y la vulnerabilidad de la sociedad recae en la infraestructura, en su funcionamiento correcto y en sus fallas. La vulnerabilidad de la infraestructura nos puede convertir en víctimas. Si nosotros como individuos sufrimos de ciertas carencias, es porque algo no funciona adecuadamente en la infraestructura que debe brindar el Estado, pues éste es la figura que se encarga de ordenar y administrar la vida en sociedad, la figura encargada de proveer bienestar y facilitar herramientas para un bienvivir.

Cuando nos volvemos frágiles por una falla en la infraestructura estamos obligados a la resistencia y a la manifestación, pues en casi todos los sentidos dependemos de ésta para ejercernos como individuos, ya que nosotros por sí solos no podemos hacernos de recursos, es decir, si hay una falla en la red de tuberías de agua potable, es poco probable que por nuestra propia cuenta podamos conseguir el líquido vital para satisfacer todas nuestras necesidades, y si lo hacemos, el recurso y el esfuerzo invertido será muy grande y no podrá durar por mucho tiempo. Lo mismo sucede con los alimentos, el transporte, la energía eléctrica, la telefonía y la mayoría de servicios primarios que, de presentar alguna falla, vuelven un caos la vida diaria, puesto que por nuestros propios medios no podemos satisfacer esas necesidades, sin mencionar los diferentes servicios no primordiales que tenemos a disposición para el esparcimiento, la recreación y la comunicación.

En este sentido, si la infraestructura tiene un fallo mínimo, aún es posible la manifestación. Y estas manifestaciones se traducen en exigencias de seguridad, de disposición de servicios básicos, incluso en manifestaciones que exigen igualdad y justicia social; y para lograr concentrarse en un sitio, hace falta que exista ese sitio en específico, además de contar con los medios para llegar al sitio y de los medios de comunicación para hacer la convocatoria de la manifestación.

En las dos conferencias que forman el libro de Butler, se concibe el activismo político a partir del tema de la vulnerabilidad corporal y la movilización de cuerpos en las prácticas de resistencia, pero con lo que yo ligué esa lectura y el accidente del metro es con el tema de la infraestructura. Disculpen si sigo reiterando ideas, pero es que para mí es algo inimaginable cómo se trastoca la vida de todos los usuarios de ese servicio de transporte público.

Me gusta pensar que tanto Fisher como Butler tienen un punto en común: las fallas en lo cotidiano imposibilitan la manifestación, y el horror del mundo es más tangible. Mientras tanto, en lo que la convulsión sucede, estemos a la expectativa de cuál será la nueva tragedia que incida en nuestras vidas, si una individual o una colectiva, porque la resistencia no está peleada con la indignación.

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