Más allá del ‘no se olvida’ y ‘nos faltan 43’

El pasado sábado 2 de octubre una buena parte de la atención mediática se volcó hacia las conmemoraciones de la masacre de Tlatelolco y el movimiento estudiantil de 1968.

El “no se olvida” inundó las redes sociales y se volvió tendencia una vez más, pero hace falta abrir una reflexión en torno a lo que hay detrás de este agravio histórico y cómo sí pasa inadvertido el resto del año.

Lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas fue el culmen de una época autoritaria del PRI-Gobierno y una manera de sembrar miedo entre los grupos que apuntalan ideas contrarias al régimen.

La historia de nuestro país cuenta con varios ejemplos de represión cuyo primer blanco han sido maestros y estudiantes, aunque en ocasiones, otros sectores sociales que los han apoyado terminan siendo igualmente reprimidos.

Pero que no se piense que las estrategias represoras han quedado en el pasado. Persisten hasta el día de hoy.

Quizá en apariencia la libertad de expresión no se vea golpeada desde el Ejecutivo Federal, sin embargo, la amenaza está presente por poderes fácticos, cómplices del político, que agreden o desaparecen a quienes no se amoldan a sus ideas.

Coahuila, donde el dinosaurio priista sigue vigente, es un ejemplo de ello.

El pasado 14 de septiembre, policías estatales y municipales retiraron a la fuerza el plantón que miembros del magisterio mantuvieron durante 135 a las afueras del Palacio de Gobierno en Saltillo.

Los profesores demandaban una respuesta al desfalco que sus sistemas de pensiones y de salud sufrieron durante el ‘moreirato’.

El saldo del desalojo fue un maestro detenido y un mensaje de que nadie, más que las fuerzas armadas, iba a ocupar la plaza principal de la ciudad para la conmemoración del 211 aniversario de la Independencia de México.

Un tuit del gobernador Miguel Ángel Riquelme Solís, a la mañana siguiente, observando la explanada de la Plaza de Armas, fue el colmo del cinismo.

Pero el control gubernamental sobre dicho espacio público no acabó ahí. Después del Grito, la siguió amurallado y nadie puede acercarse sin recibir amenazas de los policías que la custodian.

Durante la conmemoración del 2 de octubre, la capital coahuilense vio marchar a diversas organizaciones civiles no sólo para recordar a los estudiantes reprimidos, asesinados y desaparecidos hace 53 años, sino también para exigir la liberación de la Plaza de Armas.

Señalar el secuestro de la plaza pública es un asunto de suma relevancia, ya que obstaculiza la manifestación ciudadana y puede leerse como una medida que prepara el camino para la represión, si no es que ya es represiva en sí misma.

Por otra parte, puesto que hay una estrecha relación entre represión y desapariciones, es necesario reflexionar acerca de la problemática de personas desaparecidas en México y Coahuila.

Las conmemoraciones de dos fechas como la masacre del 68 y la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa (26-27 de septiembre) nos da pie para hacerlo enfocándonos en los jóvenes.

Hace días mucho se habló a nivel nacional del caso Ayotzinapa. Mantener viva la memoria de una tragedia como esa es, sin lugar a duda, necesario, pero también lo es que volteemos a nuestro entorno cercano para identificar situaciones que representan un riesgo similar a fin de erradicarlas a tiempo.

Cabe recordar, por ejemplo, que a finales de noviembre de 2014, un grupo de militares violó la autonomía de la UAdeC al ingresar en las instalaciones de la Facultad de Ciencias Políticas y
Sociales en busca de estudiantes que habían participado días atrás en manifestaciones de solidaridad con lo ocurrido en Iguala.

También es importante destacar que el estado de Coahuila no sale bien librado en cuanto a desapariciones de jóvenes.

Del 26 de septiembre de 2014 (fecha en que se llevaron a los normalistas) al 26 de septiembre de 2021 se tienen registradas 168 personas de 18 a 29 años como desaparecidas en la entidad; 124 hombres y 44 mujeres, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO).

Se trata de una cantidad de personas desaparecidas de la que poco se habla y que merece ocupar la agenda pública más allá del “no se olvida” o “nos faltan 43” de cada año.

Foto de portada por Camelia Muñoz
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