Las junturas de un cuerpo

A propósito de 'Cof, cof, quién es' de Edgar Lacolz

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Hace unos días, Edgar Lacolz me invitó a presentar su libro Cof, cof, quién es, editado por La Tinta Del Silencio (México, 2021).

Las vacaciones decembrinas suelen colmarnos de visitas que renuevan los aires de la región con su presencia y la riqueza de sus experiencias.

Para mí fue grato leer este comentario que publico aquí, y acompañar a Edgar en la doble presentación de Cof, Cof… y el libro-objeto Calaca Precaria.

Relatos sobre la pandemia hay muchos. Relatos que se escribieron en blogs, fanzines, revistas digitales y otros tantos que se convirtieron en libro.

Si de algo fuimos testigos en el 2020 fue de una catarsis colectiva sobre los estragos de la pandemia y su consecuente proliferación en textos de corte íntimo y colectivo sobre un trauma que aún compartimos.

Cof, cof, quién es fue publicado en una primera versión para el sitio 17, convocado por la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Cuajimalpa y 17, Instituto de Estudios Críticos, curado por Phillipppe Ollé-Laprune.

El proyecto convocó a artistas de todo el globo, como el francés Érik Pessan, el hondureño Giovanni Rodríguez, el chino A Yi, la argentina Fernanda García Lao y los mexicanos Emiliano Monge, Laia Jufresa, Mario Bellatín y Fabrizio Mejía Madrid, entre muchos otros, como el lagunero Edgar Lacolz, quien había colaborado previamente en 17, Instituto como artista invitado para el área de “Discapacidades”.

En esa bitácora leí la primera versión de esta crónica personalísima y recuerdo haberme conmovido con el relato de la abuela, antepenúltima viñeta literaria que ahora consigna el libro.

Lo cierto es que yo no tuve la entereza de leer relatos de pandemia, adentrarme en el universo de sus duelos, en los fragmentos que nos iba dejando el largo encierro y luto que nos impuso un microorganismo que sigue cimbrando al mundo.

Sobrellevé el claustro con el teatro virtual, las películas de Studio Ghibli, la escritura y algo de literatura. Hoy, a la distancia, leo con gratitud la crónica de Edgar.

Quiero comenzar diciendo que, dentro de mi clasificación personal de escrituras, guardo como una de las más preciadas la “literatura honesta”.

La escritura de Lacolz es así: hurga en su densa humanidad para desdoblarla, explorarla y amasarla.

Es la escritura de un performer que se burla de sí mismo para someter a las letras al servicio del autoconocimiento; una escritura que explora las funciones vitales, las zonas oscuras del cuerpo y sus padecimientos, las fulguraciones breves de la existencia…

Se trata de un operativo siempre doloroso en el que la página en blanco y su asalto indefectiblemente agrietan.

El lector tendrá en sus manos, en su oído y su vista un conjunto de historias que conforman una crónica personal que, de ningún modo, ofrecen una historia completa, ni del autor, ni de la pandemia.

Pequeños fragmentos de vida, recuerdos que Lacolz transforma en imágenes y ambientes auráticos, por poéticos, que se aterrizan a una circunstancia de vida, la de él, que por primera vez en mucho tiempo, según cuenta, se volvió a sentir vulnerable, tal vez de modo parecido a lo que vivió durante una infancia que él mismo describe como rara, desvalida, investida de una serie de atributos derivados del accidente que a los tres años lo dejó sin movimiento en las piernas.

Dice Dereck Walcott que somos vasijas rotas: “cuando se rompe un jarrón, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría cuando estaba intacto”.

¿Cómo reponerse a los añicos de la pandemia y el encierro? Las junturas, siempre amorosas, con las que Edgar va recomponiéndose invitan al lector a restaurarse a sí mismo del otro lado de la página.

El procedimiento de componer poesía, decía Walcott, es sinónimo de restituir la memoria fragmentada.

Añadiría a este proceder una rehabilitación del cuerpo: un cuerpo precario, lisiado, etiquetado, que es noble y amoroso porque, a fin de cuentas, se extiende y aproxima a los demás: la familia, las amistades, los viejos conocidos, los recuerdos vívidos; y en esa aproximación pondera su “yo” como un ente radicalmente semejante a la desnudez y fragilidad de otros cuerpos, igual de vulnerables y expuestos a la enfermedad, al accidente y el desequilibrio, que también es psíquico.

Este es el clima en el que está escrita esta bitácora-crónica de un encierro en tiempos de Covid.

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