Fotograma de La jugadora de ajedrez
Pasión por el juego de reyes.

La promoción de la peona

Poco tienen qué hacer los sobrenombres de los deportes más populares frente a los epítetos que se han dedicado al ajedrez.

Antes de avanzar, una aclaración: esto no es un ataque contra los deportes que en su práctica involucran pelotas. Los trebejos también demandan hacer acopio, a veces en pequeñas dosis, a veces en cantidades industriales, de esféricos valores.

Prosigamos.

Por allá se manifiesta el rey de los deportes, acá grita presente el juego de reyes; por allá vuela el deporte ráfaga, acá brilla a contraluz el deporte-ciencia; por allá se rinde culto al deporte más popular del mundo, acá se alza ante ustedes el gran igualador.

Está última frase adjetiva sale a flote cuando empiezan a elevarse los créditos de Joueuse (2009), película francogermana conocida por estos lares como La jugadora de ajedrez.

Helena, interpretada por Sandrine Bonnaire, es la protagonista de la historia.

Sus días transcurren entre las felices cadenas del matrimonio, atender dos empleos fijos, batallar con una hija en edad de rebeldía y buscar el modo de llegar a fin de mes.

Trabajar de mucama en una posada le hace testigo involuntario de una partida seductora: al entrar a una habitación para limpiar, descubre que, en la terraza, los amantes intercambian piezas.

Del hombre, poco que decir. La mujer, en cambio, cautiva sobremanera a Helena.

No tarda en comprar un set de ajedrez electrónico con la idea de recrear aquella escena en el hogar.

Tristemente, Ange (Francis Renaud), su cónyuge, tiene mejores cosas en qué pensar.

La negativa del varón no desalienta a Helena. Al matrimonio, a la hija rebelde, a los dos empleos y a las demás ocupaciones de su vida diaria suma el afán nocturno de aprender a mover las piezas.

Cansada tanto de jugar sola como de su escaso progreso, decide ejecutar un movimiento arriesgado.

Su segundo empleo es asear la casa del doctor Kroger (Kevin Kline), un americano raro, misántropo, que tiene muebles llenos de libros y un esplendido tablero de ajedrez.

De algún modo, Helena llega a la conclusión de que está dispuesta a intercambiar sus servicios de limpieza por lecciones del juego de reyes.

El acuerdo alcanzado entre la empleada y el patrón deriva en situaciones que, por decoro y buena conciencia (no pretendo arruinarles el filme), deben primero verse y luego comentarse.

Baste con mencionar que todo transcurre con acierto y delicadeza y que el significado de la frase “el gran igualador” queda bastante claro, es decir, al momento de enfrascarse en pensante batalla las características personalísimas de los combatientes (color, sexo, edad, complexión, contexto socioeconómico, etcétera) no cuentan.

Todo lo que importa es realizar buenas jugadas… o no equivocarse tanto como el rival.

Cabe destacar que el éxito de Gambito de Dama, serie de Netflix, generó comentarios que remitieron a su servidor a otras producciones ligadas a los escaques.

Así entraron en mi órbita Joueuse y Critical Thinking (Pensamiento Crítico, Estados Unidos, 2020).

Hay tiene tres producciones donde se destaca el papel igualador del juego milenario.

Confieso que a lo largo de siete episodios fui deliciosamente encantado por la Beth Harmon de Anya Taylor-Joy y que el señor Martínez de John Leguizamo me pareció bastante correcto. Sin embargo, la Helena de Sandrine Bonnaire, ese peón ladino que alcanza a la octava fila del tablero, es para enmarcar.

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