La génesis de la bicicleta

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Draisina de Karl Friedrich Freiherr Drais von Sauerbronn (1817). FOTO: Wikimedia Commons

Lucila Navarrete Turrent

En 1817, el inventor alemán Karl Von Drais diseñó el primer prototipo de la “máquina andante”, un vehículo de propulsión humana compuesto de dos ruedas alineadas, unidas por una suerte de caballete.

En junio de ese año lo presentó por primera vez al público. Recibió el nombre de “velocípedo”, que en latín significa “pies rápidos”.

Lo fascinante de esta noble herramienta es que por primera vez desplazaba al individuo de manera autónoma, es decir, sin depender de animales, como lo requería el carruaje, o del carbón para generar vapor, en el caso del ferrocarril.

El modelo ‘draisiano’ no contaba con pedales. Tuvieron que transcurrir varias décadas de perfeccionamientos hasta que la safety bycicle del inglés John Kemp Starley consiguió, en 1885, la practicidad y seguridad deseadas.

El ingenio consistió en una cadena de tracción trasera que permitió el desplazamiento mediante un par de pedales impulsados por las piernas, así como la ingeniería del famoso cuadro de diamante, vigente hasta el día de hoy.

Poco tiempo después se incorporaron neumáticos para optimizar el rodamiento. Los primeros fueron de la marca Dunlop.

Durante algunos años, en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, principalmente, le petit reine —como la llamaron los franceses— fue de uso esencialmente lúdico: privilegio de algunas élites.

Pero su producción se abarató muy pronto y la herramienta fue asequible para miles de personas.

Hacia fines del siglo XIX las mujeres comenzaron a montar el velocípedo en plena época victoriana y, con ello, experimentaron autonomía respecto del hogar y el marido; la clase trabajadora consiguió, por primera vez en la historia, trasladarse con independencia del tren.

La bicicleta propició la construcción de carreteras y la pavimentación de caminos en las metrópolis, mucho antes de que el automóvil lo hiciera.

También fue la época en la que proliferaron los cicloviajes, como el de la norteamericana Annie Londonderry, quien le dio la vuelta al mundo en una pesada Columbia y sufragó su hazaña remitiendo a varios diarios las historias que escribía sobre lo que atestiguaba mientras pedaleaba muy lejos de sus hijos y el marido.

La bicicleta, maravillosa hija del siglo de las invenciones, revolucionó al mundo moderno en términos de desplazamiento, pero también de libertad.

Es un instrumento que, debido a su ligereza, bajo costo y autonomía con respecto a la cadena productiva relacionada con los combustibles basados en el petróleo, supone la posibilidad de emancipar a la humanidad.

¡Sí, la bicicleta es una herramienta del pasado y del presente, pero sobre todo del futuro!

Parece paradójico que una máquina que no se ha modificado sustantivamente en 137 años signifique tanto para el futuro.

Aquí algunas claves: su funcionamiento es de propulsión humana; el motor somos nosotros, por lo que la energía que se necesita para su fabricación y, después, movernos, no requiere de una industria compleja.

Hay quienes las hacen en casa, con material reciclado o bambú. Su mecánica y su mantenimiento son simples: cualquiera puede aprenderlos.

Para que nos movamos en ella no se necesita extraer ni procesar materias primas para generar combustible: la combustión está en nuestro cuerpo, que se mantiene en equilibrio cardiovascular en la medida en que pedaleamos más.

Su relación con el medio ambiente es armónica porque no genera emisiones, y su plasticidad permite que con ella se cubran todas nuestras necesidades básicas.

Asimismo, propicia la democratización del espacio público: en las calles coinciden ciclistas de múltiple procedencia social.

Por último, su ludismo nos regresa a la infancia y nos concede la alegría y felicidad que tanto nos arrebatan la violencia vial y la homogeneización del espacio público.

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