¿Se puede contar la historia de un lugar y de una población a partir de sus formas específicas de socialización, de la particularidad de sus transacciones culturales? La pregunta, por supuesto, es retórica.
Para profundizar en esta inquietud inicial, tal vez conviene reflexionar cómo se hace historiografía hoy, cómo se escribe historia contemporánea o, mejor dicho, cómo se escribe una historia de las mentalidades, de las identidades.
Atrás quedaron los relatos fundacionales para los que contribuyó la disciplina de la Historia, que solían describir y, con ello, afirmar categóricamente cómo había surgido un pueblo (su génesis) y se había desarrollado (su progreso).
Este modo de hacer historia hoy nos resulta lejano, sobre todo porque atestiguamos un tiempo en el que las identidades culturales y sociales se resisten a lecturas totalizantes o conclusivas.
Eduardo Guerra publicó en 1932 su Historia de Torreón. Su origen y sus fundadores (1932), libro paradigmático que inscribe nuestra historia regional en una épica total.
En otra dirección, hoy podemos leer trabajos de rigurosa calidad que responden a una época en la que las identidades y su respectiva lógica fragmentaria —como las de género, las indígenas, las populares, las urbanas— se encuentran en el centro de una serie de preocupaciones en el contexto de un Estado que se ha debilitado, que ha perdido credibilidad, y cuyos relatos no pueden asociarse más a una macro identidad nacional.
Es, en este estado de cosas, que hoy se ejerce una buena parte del oficio historiográfico y también el de otras disciplinas, como la antropología y la literatura.
Todo esto para precisar que la labor historiográfica de Carlos Castañón Cuadros está en las antípodas de la historiografía dominante, de una Historia totalizante sobre La Laguna, sobre Torreón.
Su apuesta es cercana a lo que Peter Burke denomina “historia cultural”, sobre todo porque su trabajo se acerca al estudio de las discontinuidades, de la ruptura entre el uso de las palabras y las cosas realmente existentes, por decirlo en palabras de Michel Foucault.
Politólogo egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila, amante de los documentos engavetados, de los archivos, las cajas empolvadas, los viejos periódicos, Castañón es un historiador de las mentalidades laguneras que trabaja en las fronteras de la antropología, la historia, la sociología y la arquitectura.
Esta perspectiva interdisciplinaria le ha permitido reconstruir la historia de la matanza de los chinos, la historia de las mujeres en Torreón, en coautoría con Adriana Vargas, la historia de Casa Mudéjar y el Casino de La Laguna, y la del tema que aquí comento: la prostitución en nuestra ciudad.
Nadie mejor que Castañón Cuadros podía escribir Roja es la Luz. Historia de la prostitución en Torreón, siglos XIX y XX (2023).
Su investigación me ha permitido comprender a profundidad cómo funciona nuestra moral social, un ethos que también define nuestra relación con el trabajo y con la memoria, con el espacio y la ciudad. La sexualidad, particularmente la forma en la que se ha dado la prostitución en Torreón irradia en todas las esferas de la vida.
Reconstruir esta historia no es tarea sencilla, pero Carlos ha tenido a su alcance materiales a lo largo de muchos años y es probable que el tema haya nacido tiempo atrás.
El propio autor lo sugiere en la “Introducción”: “Durante las investigaciones en archivos históricos, hemerotecas y papeles viejos, el tema de la prostitución me hacía guiños. Saltaba una y otra vez. Primero fueron los escritores quienes lo apuntaron en deliciosos e irónicos comentarios.
De Manuel José Othón a Francisco L. Urquizo, de José Vasconcelos a Salvador Novo. Después las hemerotecas dieron cuenta de la vida ligera en la vida y posteriormente ciudad de Torreón. El tema estaba ahí en busca de ser escrito” (p. 11).
En Roja es la luz podemos encontrar no sólo una reconstrucción del nacimiento del rancho y, después, villa de Torreón que, como todos sabemos, debe su razón de ser al cruce de las vías del Ferrocarril y a la pujante producción algodonera y explotación minera que se remonta a fines del siglo XIX.
“En sólo 14 años se transformó radicalmente el paisaje rural a urbano”, dice Castañón en el primer capítulo. Los responsables fueron principalmente empresarios migrantes, tanto nacionales y extranjeros que venían a trabajar.
Torreón, entonces, se concibió, se trazó y fue creciendo como una ciudad para el trabajo, basada en una economía agroindustrial, una especie de tierra prometida que, todavía hasta los años ochenta, parecía ser idónea para pequeños y grandes empresarios y para quienes veían la aventura del emprendedurismo en el desierto, aunque sin un apego identitario al lugar.
Este carácter, eminentemente productivista, en el que se desvanece el sentido de arraigo y pertenencia, en el que prima lo efímero por encima de una construcción colectiva de la memoria y de los lazos socioculturales, en el que surge una dinámica de pujanza y evanescencia basada en el extractivismo y el comercio, hizo posible que floreciera un tipo de economía de servicios sustentada en el hedonismo: espacios que hacen las veces de válvulas de escape ante las exigencias del ethos capitalista.
“El trabajo y la liquidez”, dice el autor, “permitió a muchos trabajadores una fiesta continua y fácil diversión. ¿Qué más se podía hacer? Las cantinas hacían las veces de espacios públicos y de descanso”.
Este planteamiento inicial del libro, tal vez nos brinde luz sobre el Torreón que hoy, más de 100 años después de su elevación a rango de ciudad, no sólo se caracteriza por una moral social basada en el progreso y desvinculada de su entorno, por una concepción privada de la fiesta.
Un tipo de hedonismo que claramente se distancia de la fiesta pública, popular, de carácter ritual y homeostático que solemos atestiguar en muchos pueblos indígenas y otras zonas del país, así como algunas de nuestras zonas rurales de la región.
En sentido inverso a la fiesta que está estrechamente vinculada al entorno y la colectividad, en la ciudad de Torreón la fiesta es un servicio, un entretenimiento, una mercancía que ofrece a todo aquel que cultiva la disciplina que ha “vencido al desierto”, la juerga y la desmemoria.
De ahí que un denominador común, tal vez una tesis central del libro, sea la construcción de una suerte de zona franca del placer como rasgo constitutivo al crecimiento de esta ciudad.
Por eso, desde que Torreón era una villa, la prostitución se consideró un servicio reglamentado. Reglamentación que coincidió, nada menos que con la instalación de la empresa de hilados y tejidos La Fe y la compañía del ferrocarril eléctrico que unió a Lerdo, Gómez Palacio y Torreón en el año de 1898.
Aún no había servicios públicos primordiales como alumbrado o pavimento, pero sí un estricto control de vigilancia tanto sanitario como policial de los burdeles, de las “casas de asignación” y de las mujeres. Así lo consigna Castañón en Roja es la Luz.
Para cerrar, hay otros aspectos que merece la pena mencionar, como la escritura heterodoxa del historiador, que abreva de la crónica, la columna, las anécdotas biográficas, las entrevistas y evocaciones más personales.
Hay un “yo” que se hace presente, a veces más, a veces menos, que no vacila en dejarle claro al lector que su mirada no puede ser sino masculina, y precisamente desde ese flanco reconstruye con asombro personal la historia de la prostitución en Torreón.




