Instrucciones para manejar un ‘razer’

Tortuga casquito de los presiones en medio de un camino en el Canon de Fernandez
Tortuga casquito de los presiones en medio de un camino en el Cañón de Fernández

Francisco Valdés Perezgasga

Partamos de la premisa de que no cualquiera maneja un razer. Estos vehículos no son para todos, ni son como otros. Ni siquiera como otros vehículos de combustión interna. Podríamos decir que son incluso la antítesis de otros vehículos, necesarios utilitariamente para ir de un punto a otro, como el coche, la moto o la bicicleta.

El razer es mucho más que eso. Es un vehículo para producir adrenalina al costo que sea. Además de un vehículo todo terreno es un símbolo de estatus económico, de frágil ego y de masculinidad dudosa.

Para tener un razer la primera condición es tener dinero. Mucho dinero. Un juguete de entre medio millón de pesos y bastante arriba de un millón, detenido durante seis días de la semana para ser usado solamente unas horas del domingo obliga a tener dinero. Mucho dinero.

En ocasiones, no siempre, el dinero viene acompañado de un conjunto de rasgos patológicos de la personalidad. Para decirlo en términos coloquiales, el rico, tan solo por ser rico, se cree mucho. No siempre, pero casi. Con ello viene un sentido de tener derecho a todo. La ley no aplica para ellos. No sabes con quién te metes.

La riqueza también aplana al mundo. Uno puede ir a donde uno quiera, contra la ley incluso, sin esfuerzo alguno, sólo con dinero.

Claro que el rico es un hombre (si hablamos de razers, hablamos de hombres) profundamente inseguro. El dinero le absorbe el seso. ¿Cómo consigo más? ¿Por dónde estoy perdiendo? ¿Ese amigo es mi amigo? ¿Por qué me busca este pariente?

Esas obsesiones son el espejo de las que por falta de dinero tiene el pobre. Como buen espejo, son obsesiones al revés. Tanto la riqueza como la pobreza extrema hacen que se desarrolle una relación patológica con el dinero.

Con la masculinidad tóxica y el falso sentido de superioridad que da el dinero, convive la fragilidad del ego. Esa necesidad por ser visto y admirado se traduce en la exigencia de llenar el espacio con humo y con ruido. Mucho ruido. No sólo el que hace el motor de escape abierto, sino el de la música de banda que sale de grandes altavoces cargados en el razer.

Este cuadro financiero y psicológico, aunado a la masculinidad tóxica casi concomitante y tan ligada a la velocidad, va configurando qué se tiene que ser para ser conductor de un razer.

Aunque no lo crea, me estoy conteniendo en mis definiciones críticas. La rabia nace en mí cada que me encuentro una tortuga apachurrada por uno de estos trebejos.

El Cañón de Fernández es hogar de dos tortugas extremadamente raras: la jicotea del Río Nazas (Trachemys hartwegi) y la casquito de los presiones (Kinosternon durangoense).

Jicotea del río Nazas en el Cañón de Fernández. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga

Cuando un organismo tiene un rango de distribución tan restringido y cuando este organismo depende del agua viviendo en un desierto puede decirse que dicho organismo es candidato a la extinción. De ahí que la humanidad —es decir, usted y yo— debemos de multiplicar los cuidados para asegurar que esto no pase.

Un organismo que se extingue es una tragedia sin orilla. Es la muerte del nacimiento. La cancelación del inicio. El fin del comienzo. A la vida le llevó miles de millones de años evolucionar: un organismo afinado con su entorno y su circunstancia. Ese milagro es lo que la extinción borra. Que esta tragedia sea empujada por un pasatiempo descerebrado de adrenalina y gasolina es algo que elude cualquier explicación. No hay comprensión que abarque tanta estupidez.

Abeja en inflorescencia del Jazmín tallo. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga

Contamos con policías municipales y estatales, con la Guardia Nacional, con el Ejército y con la Marina y no ha habido forma que se haga respetar la ley excluyendo a estos vehículos y sus conductores del Cañón de Fernández.

Así es como llegamos a la tragedia del 15 de julio. Un razer, conducido por un sicópata, atropelló a un caballo que tuvo que ser sacrificado por la cantidad de fracturas que sufrió.

Que quede claro, no lo mató un razer, lo mató una persona de carne y hueso, de gran riqueza monetaria y perfil patológico. Hombre, casi seguramente.

No deja de venir a mi mente el cuadro Guernica de Pablo Picasso y el caballo en su centro que lanza un silente grito de agonía. Un cuadro inspirado en otras circunstancias —el bombardeo alemán a la población de capital tradicional de Euskadi— pero bajo el que caben todas las conductas violentas y supremacistas.

Ahuehuetes viejos en el Cañón de Fernández. FOTO: Francisco Valdés Perezgasga

Quienes paseamos por el Cañón de Fernández en actividades conducentes a la apreciación y el cuidado de este espacio natural, tenemos anécdotas de haber visto, habernos topado y haber estado en peligro físico por estos delincuentes.

De seguir las cosas como están, con la circulación impune de estos vehículos por el monte lagunero, no tardarán en empezar a morir niños y personas a manos de los hombres ricos, inseguros y tóxicamente masculinos que se mueven en razers.

Mi pesimismo es grande, pues una porción nada despreciable de altas autoridades de nuestra comarca y nuestros estados son conductores de razers, algo que debería descalificarlos para decidir el rumbo de nuestras comunidades.