Humedales grandes, humedales pequeños

Ibis de ojos rojos en el Ejido La Partida Francisco Valdés Perezgasga
Ibis de ojos rojos en el Ejido La Partida. Foto: Francisco Valdés Perezgasga

Francisco Valdés Perezgasga

El desierto se define por la ausencia de agua. En realidad se define un desierto por la cantidad de lluvia que recibe al año. Pero en sentido estricto, un desierto puede tener agua.

Ríos, por ejemplo. Ríos formados por lluvias en tierras altas lejanas, como es el caso del Aguanaval, del Nazas y de nuestro rincón alto y árido del Desierto Chihuahuense.

Pero aquí hubo grandes lagunas en la primera mitad del siglo XX. Un ecosistema único que desapareció sin ser estudiado y comprendido. Un ecosistema que nos dejó el gentilicio de laguneras, de laguneros, y vastas estepas salinas, extrañas, bellas, donde nada crece.

Intuitivamente sabemos lo que es un humedal. Un sitio con agua. No sólo el cuerpo de agua sino las tierras que baña y que periódicamente inunda.

Se definen como superficies cubiertas de aguas, sean éstas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes.

Zarapito pico largo en el Ejido La Partida. Foto: Francisco Valdés Perezgasga

El Cañón de Fernández en el Nazas, los cañones del Realito y de la Cabeza en el Aguanaval, los Tanques Aguilereño y Genty son los más obvios humedales laguneros. A los que nos asimos con la esperanza de un futuro cada día más incierto.

Además de los obvios —y grandes— humedales ya descritos, también hay pequeños afloramientos de agua, medibles en metros cuadrados más que en hectáreas como los del Ejido La Partida y el Ejido Corona.

A esos humedales, grandes y pequeños, obvios y crípticos, acuden año con año miles y miles de aves acuáticas respondiendo a un atavismo poderoso.

Otras aves hacen de ellos su hogar todo el año y ahí se reproducen. Cercetas, patos, gansos, garzas, playeros, grullas, martines pescadores que se encuentran ahí porque hay agua, sí, pero también porque hay insectos, larvas, peces, pequeños mamíferos y reptiles, langostinos.

Pato monja en el Cañón de Fernández. Foto: Valeria Correa

Estos ecosistemas no son solo el telón de fondo de las aves, sino que, junto con ellas, forman un tapiz complejo y apretado. Un tapiz del que nosotros, los humanos, somos un hilo más, aunque nos empeñemos en olvidarlo.

Nuestro bienestar depende del bienestar de los humedales. Antes de la construcción de la Presa Lázaro Cárdenas y de la fiebre por alumbrar aguas subterráneas, en La Laguna no padecíamos del hidroarsenicismo.

El declive de la salud de nuestros humedales y de la salud pública lagunera fueron eventos trenzados. Éste consecuencia de aquel. Ambos creados por el uso irracional del agua a manos de la agricultura y la ganadería industriales.

La tarea pendiente de nuestra comunidad y de nuestras autoridades es detener la destrucción, que no es otra cosa que nuestra propia destrucción. Pero también debemos soñar con restaurar lo perdido.

Patamarilla mayor en el Ejido La Partida. Foto: Francisco Valdés Perezgasga

El 2 de febrero de 2008 el Cañón de Fernández fue nombrado Humedal de Importancia Internacional, Sitio Ramsar 1747. Esto le da una capa adicional de protección. Difícil saber si lo sigue siendo bajo un gobierno al que poco le importa el ambiente.

Pero el reconocimiento de la Convención Ramsar es también una medalla, un reconocimiento mundial a un sitio especial.

Luchemos por detener su deterioro y el deterioro de todos nuestros humedales. Nos aportan agua que, en el desierto, se mide no en metros cúbicos, sino en quilates.

Acerquémonos a ellos con un sentido de maravilla, con amor, con respeto. Incluso, diría, con reverencia.

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