Ilustración; Mayka Franco

El verdadero fin del mundo

En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste.

Kierkegaard, O lo uno o lo otro

Ya perdí la cuenta de los finales del mundo a los que he sobrevivido. Desde un asteroide que amenazaba con estrellarse con el planeta, el Y2K, el final que auguraron los mayas… Cada uno fue un simulacro de risa y miedo, nada para tomar en serio, pero todos causaron un dejo de desesperanza para quienes sí creyeron en ellos.

Todos esos finales del mundo prometían ser rápidos. El final era la promesa de un estallido nuclear, un cataclismo, extinciones masivas, un agujero negro… hasta la llegada del anticristo y los zombies eran cosa interesante, pero el mundo, fuera de la ficción, no se va a terminar en un instante. El fin no será indoloro. El verdadero fin del mundo ocurrirá ̶o̶c̶u̶r̶r̶e̶ lento, absurdo, doloroso, intermitente y provocado por nosotros mismos. Si el final que estamos viviendo fuera una película, sin duda se trataría de una pésima.

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Estoy convencido de que en esta ciudad vivimos un protoapocalipsis. O más bien, vivimos en un apocalipsis normalizado. Vivimos en un espacio apocalíptico que está acabando con nosotros en lo social, lo político, lo ambiental y lo emocional, y no nos hemos querido dar cuenta.

Tampoco hemos hecho nada para percibir la magnitud de la desgracia que enfrentamos y para tomar acciones cuando el apocalipsis pise el acelerador. En las últimas semanas pienso mucho en cuánto tiempo es el que nos queda antes de que el problema del agua sea algo más serio, irreversible, como le está pasando a Monterrey, Nuevo León.

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Cuando llegó la pandemia al país pensé que sería algo similar a lo que vivimos en el 2009, con la pandemia de la gripe porcina, el A-H1N1: algunos días con las actividades cotidianas suspendidas, algo de compras de pánico, algunas personas con cubrebocas… el pretexto ideal para no ir a trabajar y para faltar a la escuela. Unas pequeñas vacaciones. Nunca imaginé el escenario que, quienes sobrevivimos, conocemos, y que me generó tanta angustia.

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La pandemia del covid-19 es producto del mito del progreso, es decir, el mito de que la humanidad avanza hacia una etapa superior de la civilización. Cuando lo que en realidad ocurre es que sólo avanza hacia su inevitable final. No podría pensarlo de otra manera.

A principios del 2020, cuando corrían las primeras noticias de un virus altamente contagioso en China, en la ciudad de Wuhan, para ser preciso, muchos pensamos que era algo sin importancia, algo pasajero que no debería alertar a nadie en el otro lado del mundo y hasta nos burlamos con memes sobre el virus. Esto debido a que estábamos tan metidos en nuestros propios problemas que difícilmente podíamos considerar al otro, es decir, si las actitudes de falta de empatía que tenemos incluso con otros habitantes de esta ciudad están tan arraigadas, no me imaginaba a la ciudadanía preocupada por un virus originado en un lugar del que lo único que sabemos es que las personas allá tienen los ojos rasgados y una tendencia a comer canes.

Insisto en que la efectividad del contagio se debió a lo hiperconectados que estamos en estos tiempos (producto de un capitalismo global que tiene infraestructuras muy potentes) y, por supuesto, a lo sociable que es el ser humano. Por eso la estrategia de sana distancia falló.

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El inicio del confinamiento fue extraño. Mientras que muchos amigos y conocidos se quedaron en la aparente comodidad de sus hogares, viendo series en Netflix, pidiendo comida a través de Uber eats o Rappi, comprando cosas a través de Amazon y haciendo home office, yo no dejé de trabajar. Y no porque mi trabajo haya sido esencial. No me dedico a la salud, tampoco me desarrollo en un sector que sea primordial para mantener a flote a la sociedad, ni presto servicios indispensables, más bien, me vi obligado a salir a trabajar porque soy una víctima de la autoexplotación. No dispongo de seguro social, tampoco de una entrada fija de dinero y mis ahorros son mínimos.

Cerrar mi negocio implicaba generar más gastos y deuda. La renta del espacio seguía cobrándose, los recibos de los servicios como el internet, la luz y el agua nunca dejaron de llegar, así como los del departamento que rentaba entonces… Tuve que recortar todos los gastos posibles y tratar de ingeniármela para sobrevivir.

Mi situación no fue particular, ya que buena parte de la población pasamos por lo mismo, sufrimos una angustia tremenda por la incertidumbre no ya del futuro, sino de lo inmediato. En toda mi vida adulta no había experimentado la sensación de que todo estaba perdido y era absurdo.

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En el libro K-Punk V.1, Mark Fisher reseña la película Niños del hombre, de Alfonso Cuarón, y menciona lo siguiente:

La catástrofe no está esperando en la carretera, ni tampoco ya ocurrió. Más bien se le está viviendo. No hay un momento puntual del desastre, el mundo no termina con una explosión, sino que parpadea, se desenreda, gradualmente se desmorona.

En este mundo desmoronado, la primera señal del apocalipsis siempre es la más obvia: el medio ambiente. No quisiera ahondar en todas las advertencias que nos ha dado el ambiente si seguimos fomentando prácticas de explotación, de lo contrario este texto se convertiría en otra cosa, pero la falta de agua y el calor cada vez más intenso son las primeras advertencias, y ya las padecemos.

Las otras señales no son tan evidentes, y es que se trata de cosas intangibles, como la economía y la estructura de la sociedad que permite la desigualdad (cada vez más grande) que existe entre ricos y pobres; así como el patriarcado, el racismo y la falsa idea de modernidad y progreso.

¿Cómo luchamos contra lo que no se ve? Primero, reconociéndonos como parte del problema.

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Mi relación con E. también tuvo sus problemas durante las primeras semanas del confinamiento. Yo ansiaba poder quedarme en casa. No tener que salir a trabajar. Envidié mucho a quienes tuvieron la oportunidad de quedarse encerrados, viviendo a través de sus pantallas y recibiendo un salario. Me cuestioné bastante las decisiones que había tomado a lo largo de mi vida sobre el trabajo y las actividades que realizo, llegué a la conclusión de que no habían sido las mejores y me deprimí. No podía leer, no podía escribir, no podía ver una película de un jalón, me dejé crecer el pelo y la barba.

E. me reclamaba por salir a trabajar, por mi exposición al virus, por no llegar y meterme a bañar de inmediato. E. tenía razón, pero yo no podía verlo como ella, al menos en ese momento. La angustia que sentí los primeros meses de confinamiento me hizo creer que el fin del mundo estaba sucediendo y que no teníamos ningún medio para verificarlo, tampoco para hacerle frente.

Comencé a creer que pronto todo sería catastrófico. Vivía en el centro de la ciudad. Algunas veces pensé que desde mi balcón podría ver a gente saqueando los negocios, corriendo cargados de pantallas de plasma y de cosas inútiles en medio del fin del mundo. En otras ocasiones pensaba que desde el mismo balcón podría ver cuerpos envueltos en bolsas negras tirados en la banqueta y perros callejeros mordisqueándolos. Pensé también en las maneras que podría escapar de mi departamento si alguien trataba de entrar y me di cuenta de que tenía pocas opciones para la huida. Me volví paranoico y la incertidumbre con el trabajo no ayudó. Tampoco mi falta de concentración.

Afortunadamente todos estos escenarios sólo fueron mi mal viaje. Fue desesperante, creía que lo único que nos esperaba era la caída.

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El apocalipsis es una revelación. La palabra proviene del latín apocalypsis, que a su vez viene del griego ἀποκάλυψις (apokálypsis), y significa “revelación”.

Cuando era niño leí el Apocalipsis de San Juan, en el ejemplar de La Biblia que había en la casa de mis papás. No entendí nada. Después de cumplir 20 años lo volví a leer, ahora con una mejor comprensión lectora y unas ganas inmensas de chingar. No entendí gran cosa, pero debo admitir que el ejercicio de imaginación sobre el fin del mundo, en las “revelaciones” de La Biblia, está denso.

En esta realidad, asumo al apocalipsis como la revelación de lo que científicos y especialistas llevan advirtiendo durante décadas: la destrucción de los hábitats y la fauna crea las condiciones perfectas para que los virus brinquen de los animales a los humanos.

Estamos atrapados en un círculo vicioso de extracción, explotación y expansión, todo en pro del capitalismo. No quiero decir que la solución a esta explotación desmedida se encuentre en el socialismo o en regresar a la barbarie. Pero sí considero que tenemos que buscar una reinvención del mundo. De otra manera sólo queda el camino del sufrimiento y la extinción.

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Durante las primeras semanas de la contingencia las calles se vaciaron. En el centro de Torreón, desde marzo hasta julio del 2020 la afluencia de personas bajó notablemente, en especial en la parte en donde yo trabajo. Los coches y los transeúntes se redujeron de tal manera que comenzaron a aparecer más perros callejeros a horas extrañas. No por la noche ni en la madrugada, cuando el ambiente es calmado, sino en plena tarde.

Me asombró ver gatos paseando por la Morelos a las cuatro de la tarde, sin pena ni prisa, como lo harían dentro de una casa. Siempre que había visto gatos en el centro era como si fueran unos intrusos en la calle. Escondidos en alguna casa o corriendo para cruzar una calle, pero siempre o muy temprano o entrando la noche, nunca en medio día ni a media tarde.

Se me hizo costumbre ver a un par de gatos en el centro a esas horas, uno era gris atigrado y el otro negro con una mancha blanca en el pecho. Nunca supe en donde se quedaban, pero seguramente habitaban alguno de los tantos edificios abandonados o lotes baldíos que hay en el sector.

Cuando en julio-agosto comenzaron a abrir más negocios y a circular más carros, vi a uno de esos gatos, al gris atigrado, atropellado en la Allende. Ya le habían pasado varios carros por encima, lo que quedaba del gato era un manchón de pelos, carne y sangre en el asfalto, lo único que aún no había sido aplastado era su cola. Al otro gato, al negro, nunca más lo volví a ver. Ignoro qué fue lo que le sucedió.

Esto me hizo pensar que esos gatos no conocían el peligro que representaban los coches para ellos. Su mundo se acabó cuando los motores encendieron y atravesaron de nuevo por las calles de la ciudad, durante todo el día.

Que arrogante pensar que todos los apocalipsis son para nosotros y que nosotros no provocamos ningún fin para los demás.

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La angustia y mis bloqueos fueron transitivos. Con los meses me pude adaptar, o eso creo, y para muestra estoy escribiendo esto asumiéndome como un sobreviviente. Todo ha sido más amable y llevadero con la revelación de que el verdadero final del mundo es un proceso lento, absurdo, doloroso e intermitente, y que ya comenzó.

Pero el fin del mundo ha ocurrido siempre, de forma simultánea y de maneras distintas, sin embargo, en este escenario, nos enfrentamos al final que acabará con todos los finales.

De cierta manera, ser más consciente de cómo será el verdadero fin del mundo me ha tranquilizado.

Entre más cerca el apocalipsis, mayor potencial de resistencia necesitamos.

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Creo que la ciudad está llena de sinsentidos, o más bien que está confundida, tratando de adaptarse a las contradicciones de sus habitantes, de sus gobernantes, del capitalismo…

Al final, todos padecemos algún tipo de apocalipsis, pero atravesado por el verdadero fin de los finales del mundo. Y fingimos que no es así. ¿Cuánto tiempo más va a durar la farsa? ¿A quién engañamos? Creo que la verdadera pregunta que nos debemos formular resulta más desalentadora que compleja: “¿Qué podemos hacer?”

La posible respuesta al “¿qué podemos hacer?” sí es compleja. Estamos atravesados por la desinformación constante, el espectáculo, el futuro cautivo e inexistente, la política, la economía, la falta de empatía, el olvido… todos estos factores son parte del mismo presente. Son parte de una espiral absurda que nos atrapó y que se está volviendo insoportable y, sin embargo, no nos ha engullido del todo.

He sido muy reiterativo a lo largo de este texto, pero lo último que me atrevo a sugerir es que debemos dialogar, reflexionar y, a veces, guardar silencio para identificar todos los síntomas que padecemos, preguntarnos por qué hemos normalizado el apocalipsis. Y una vez identificados los síntomas, buscar en la convicción y la praxis una toma de medidas radicales para tratar de cambiar el rumbo, no seguir acelerando hacia el final.

Tengo el firme convencimiento de que para sobrevivir debemos tomar medidas tan radicales como el mismo fin de los tiempos.

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