El horror cotidiano

En la página de la oenegé Causa en Común está disponible un documento titulado Galería del Horror: Atrocidades registradas en medios periodísticos durante 2020.

Este compendio, macabro hallazgo en toda regla, viene a reconfirmar algo que he pensado desde que leí la recomendación 15/2016, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos: el terror forma parte de nuestra cotidianidad.

Durante años me quejé de que ya ninguna obra escrita o película hecha con fines horripilantes acelerara mi pulso. Tramas previsibles, personajes poco atractivos, el abuso de sangre y vísceras, ejecuciones estrafalarias, no hacían otra cosa que arrancarme bostezos o risas.

Cuando tenía suerte, entraba en mi órbita la obra de un autor que armaba con palabras una atmósfera intimidante o presentaba una película que conseguía inquietarme con su montaje detallado y su argumento verosímil.

Envanecido por un inquietante kilometraje de carretes y páginas llegué a declarar que el terror había muerto.

Entonces, llegó a mis manos la recomendación 15/2016: Sobre el caso de retención ilegal en agravio de V1, V2 y V3, tortura y violencia sexual en agravio de V2 y ejecución arbitraria en agravio de V3, en Torreón, Coahuila.

Por mucho que la entradilla indique de qué va el expediente, y de que se encuentre a disposición de cualquier persona en el portal de Internet de la Comisión, debo advertir que no es una lectura para todas las edades, ni siquiera para adolescentes. Adultos que aprecien su salud mental también deberían abstenerse de echarle un ojo.

Los actos perpetrados por agentes de la policía municipal, traducidos a testimonios de los sobrevivientes de aquella atroz jornada, superaron, por mucho, mis expectativas. Sentí miedo.

Recordé esa lectura, o mejor dicho la sensación de esa lectura, al adentrarme en la galería de Causa en Común.

Tristemente, las atrocidades están entre nosotros. Coahuila acumuló 27 el año pasado, es decir, más de dos al mes. En Torreón fueron siete, nueve victimados en total.

Con pandemia o sin ella, el horror dice “presente”.

¿Qué entienden por “atrocidad” los de la oenegé?

Uso intencional de la fuerza para:

a) causar muerte, laceración o maltrato extremo;

b) asesinar a un alto número de individuos;

c) victimar a personas vulnerables o de interés político;

d) provocar terror.

Sólo voy a mencionar uno de los hechos consignados: en octubre pasado, en San Pedro, Coahuila, mataron a cuatro mujeres (abuela, hija y nietas) en la vivienda que habitaban. Las autoridades manejaron el caso como presuntos feminicidios.

Así son las historias de terror que me quitan el sueño hoy día. En esos relatos, personas comunes y corrientes caen en las garras de criminales, autoridades o personas que no son ni delincuentes ni autoridades que, por alguna razón, a veces una muy equivocada, las convierten en víctimas de actos como sacados de un manual de crueldad extrema.

¿Cómo se llega a sitios tan oscuros? ¿Cómo se sale de ellos? Sé que hay cientos, incluso miles, de posibles respuestas a la primera pregunta.

La danza de la muerte

A veces basta con el estímulo de vivir en una caja de zapatos del Infonavit para, en un momento dado, perder el control de uno mismo y descargar tamaña explosión en el objeto o en el ser humano más cercano a nosotros.

En cuanto a la segunda cuestión, no estoy seguro de que exista una salida.

Lo que sí veo son consecuencias y la absoluta falta de garantías de que tal o cual atrocidad no volverá a repetirse.

Para concluir, algo que imaginé tras leer el segundo de los cuatro consejos que le dio la CNDH al Ayuntamiento de Torreón por el caso mencionado líneas arriba: Implementar un curso de capacitación y formación en materia de prevención de la tortura y ejecuciones arbitrarias dirigido a todo el cuerpo policial del municipio.

Imaginé, amable lector, con más asombro que indignación o humor, a un montón de estudiantes de la localidad, todos debidamente uniformados con el azul característico de la seguridad pública, dentro de un salón de clases, entregados a sabroso bullicio.

El maestro ingresaba al aula y llamaba al orden a los rijosos estudiantes. Enseguida, con la soltura de quien se sabe seguro de lo que enseña, decía a sus educandos: La lección de hoy, más les vale apuntar porque no voy a repetir, es: “No matarás”.

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