Del anecdotario navideño

La primera Navidad que Héctor y yo pasamos juntos fue la de 2017. Él la calificó como “sui géneris”. Porque lo fue.

Para empezar, decidimos celebrarla solos en Monterrey, así que armamos un itinerario en el que contemplamos todo, excepto un pequeño detalle: la cena de Nochebuena.

Creo que no le dimos tanta importancia porque nos emocionaba la experiencia culinaria que tendríamos al arribar a la capital regia.

Lo primero que hicimos al bajar del camión, la noche del 23 de diciembre, fue trasladarnos con todo y maletas a la fonda San Francisco del famoso chef Herrera.

El lugar cumplió con nuestras expectativas y se convirtió en parte importante de la memoria de sabores que nutrimos comprometidamente durante los años que estuvimos juntos.

A la mañana siguiente madrugamos para acudir a una ‘pajareada’ en el Parque Ecológico Chipinque. Aunque nos cansamos mucho y vimos muy pocas aves, el recorrido valió la pena porque intercambiamos conocimientos con los guías sobre la flora y fauna de la sierra, y nos compartieron algunas anécdotas de supervivencia.

Además, tuve la fortuna de ver en acción al biólogo aficionado que era Tori. Creo que pocos saben que aparte de la infinidad de datos sobre música y cine, Héctor acumulaba bastante información del reino animal; muy seguido me sorprendía citando de memoria los nombres científicos, familias y hábitos de cualquier mamífero o artrópodo que nos topábamos o veíamos en alguna película.

De ese viaje recuerdo especialmente a los coatíes (Nasua narica), de los que yo no tenía ni idea.

Al término del recorrido fuimos a comer a una taquería llamada La Mexicana y, más por glotones que por precavidos, compramos carnitas y morcón para llevar. Luego nos fuimos al hotel para descansar un rato y prepararnos para la Nochebuena.

El plan era ir al cine a ver Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi (Héctor la comentaría en su programa Filmanía), y al salir buscar un restaurante para cenar.

La primera parte del plan se cumplió sin problema, la segunda fue la que hizo que Tori calificara como “sui géneris” a esa Navidad.

Obviamente no encontramos ningún lugar abierto, así que lo que compramos por casualidad al mediodía se convirtió en nuestra cena navideña.

Con la poca solemnidad que nos permitió la risa que nos atacó ante la situación —inadmisible y deprimente para cualquiera no intoxicado por los neurotransmisores del enamoramiento— nos acomodamos en la mesita de la habitación, pusimos los trozos fríos de carnitas entre rebanadas de pan Bimbo y brindamos con café de maquinita de la farmacia Guadalajara, porque también perdimos de vista que era domingo y no pudimos conseguir ni una triste sidra.

Contrario a lo que podría pensarse, nada de eso arruinó nuestra noche ni impidió el intercambio de regalos entre palabras de amor y gratitud. Todos ‘ñoñis’, diría él. Además, al día siguiente nos desquitamos con una exquisita comida en el hoy extinto Chuchito Pérez.

Previo al viaje de regreso caminamos sin prisas el resto del día en el Paseo Santa Lucía, como deseando que el implacable tiempo se detuviera o al menos se ajustara a nuestro ralentizado paso. ¿No es eso lo que toda persona feliz anhela?

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