Breve memoria del Torreón dorado

La mayor parte de esta historia transcurre en los tiempos en que Torreón estaba cubierto de oro.

Tan parecía un polvoriento El Dorado que Eusebio Ledezma Fuentes, experiodista en busca de mejor fortuna, decidió abrir un taller de joyería.

¿Qué sabía él sobre moldear metales para añadir valor estético a los quilates? Nada, pero cogió la oportunidad al vuelo; decidió a incursionar en ese mercado.

Eusebio se arrimó a buen árbol. Inauguró su pequeño negocio en el número setenta sur de la calle Juan Antonio de la Fuente, en el centro de Torreón, frente al Monte de Piedad.

Fue una elección tan sencilla como justificada: había un río de prendas valiosas, y de efectivo, fluyendo por esa zona.

Con el paso del tiempo, aprendió a realizar algunas tareas elementales del oficio, como limpiar joyas o aplicar una soldadura rápida para dejarlas como nuevas.

Más que personas, sus clientes eran anillos, esclavas, cadenas…

Desde hace unos años está solo en el changarro.

Las vacas flacas lo privaron de un compañero que se encargue de la elaboración de novedades áureas, argentíferas, broncíneas, etcétera.

COYOTES VEMOS

El Taller de Joyería de Eusebio nació en 1982, de modo que este año cumple cuatro décadas de vida.

En realidad, el joyero octogenario lleva más tiempo en el sector.

Comenzó a frecuentar las laderas del Monte Pío como coyote.

Esa figura, la del coyote, formaba parte de la rutina en la calle De la Fuente y en la avenida Matamoros.

En esos tiempos, las boletas que emitía el monte prendario eran transferibles.

Si acudías al cerro del empeño y no obtenías un préstamo acorde a tus necesidades, a la salida del establecimiento los coyotes se ofrecían amablemente a comprar la boleta, por un veinte o treinta por ciento del dinero prestado.

Es decir, si por una joya de mil pesos el Monte Pío te prestaba seiscientos, el coyote soltaba entre ciento veinte y ciento ochenta pesos por la papeleta.

En sus buenos tiempos, gracias a los tendidos de los coyotes, las afueras del cerro prendario nada envidiaban a la mejor de las fayucas o el más atractivo de los tianguis.

Un cambio en las reglas mató la compra de boletas: desde hace unos años el titular del documento o un familiar son los únicos que pueden desempeñar las prendas.

Todavía es posible apreciar a algunos ejemplares de esa especie casi extinta a las afueras del cerro prendario.

Los laureles de esa raza, sin embargo, ya están más que marchitos.

En el caso de Eusebio, el trabajo de coyote no colmaba sus aspiraciones.

Cuando el experiodista escuchó que el ferrocarrillero que vivía en el número 70 iba a mudarse, tuvo la idea de abrir el taller.

Le dijo a Rosa María Moreno, dueña del inmueble, que deseaba ser su inquilino. La postulación, sin embargo, no fue bien recibida. Rosa quería que el hijo de sus entrañas pusiera una lonchería en esos cuartos.

Por esos días, la renta era de veinticinco pesos mensuales.

“En la casa de la esquina —recuerda— donde está el banco (la que fue casa del médico revolucionario José María Rodríguez) rentaban a cuarenta pesos al mes”.

EL CAMINO

Eusebio estudió hasta el sexto de primaria. Tenía doce años cuando su padre murió en un accidente de tráfico.

La calidad de hermano mayor le valió quedar al frente de la tropa Ledezma —conformada por seis huérfanos de padre— y le entró al camello.

Se metió de aprendiz en una imprenta. Le pagaban treinta pesos por semana.

El negocio estaba por la esquina de Leona Vicario y Abasolo. Su trabajo infantil ayudó a imprimir los programas de los cines y los afiches de las películas que llegaban a la ciudad.

También ejerció el oficio en la imprenta Dingler, que estaba por la alameda Zaragoza, entre las avenidas Hidalgo y Juárez.

Vivía en la colonia Francisco Villa. Allí tenía un vecino llamado Félix Jaramillo que era jefe de corrección en La Opinión.

“Él fue quien lo metió en la empresa. Conocí a todos los Guerrero, a Mundo, a Alfonso y a Salvador; a éste último lo mataron en una cantina del Centro, lo confundieron con Alfonso. Por eso usaron un cintillo en el periódico, contaban cuántos días llevaban sin atrapar al asesino.”

Cuando Félix falleció, Eusebio se quedó con el puesto.

Luego, el mayor de los Ledezma cambió las palabras por las herramientas; como trabajar en un taller no era algo desconocido para él, se enroló en el taller del periódico, es decir, en los trabajos de fundición y composición del impreso.

“La diferencia de sueldos era muy grande, un reportero ganaba lo mismo que yo (como jefe de corrección), noventa y nueve pesos a la semana, en el taller me daban ciento noventa pesos semanales.”

PORMENORES PERIODÍSTICOS

“En aquel tiempo el reportero más cuerda de todos era Alejandro Saborit, a él y a Rivera, un reportero de la competencia, se los querían llevar a El Heraldo”, comenta y los recuerdos se vienen en cascada.

Rodrigo Caballero era el de la sección policíaca… A Higinio Esparza le decían el Sargento, no le gustaba… Jugaban beisbol, también iban mucho a la zona (de tolerancia).

“Bueno, a decir verdad, de ahí no salíamos”, dice desde una pícara sonrisa.

Dejó La Opinión en 1971. Empezaron a llegar las computadoras y se dejaron de emplear los linotipos. Muchos trabajadores fueron despedidos.

Su despido, afirma, no fue un asunto de capacidad, sino de ideología: “Me fui porque fui comunistilla”.

No estaba en la primera lista negra que elaboraron los dueños del rotativo. Se ganó la distinción liquidadora cuando, en una negociación del contrato sindical, propuso que cada empleado recibiera un préstamo de 20 mil pesos para comprar una casa.

“Así que quiere su casita”, recuerda que le dijo uno de los jefes.

EL CAMINO DEL MONTE

Salió de La Opinión y se metió de fayuquero. Un compadre lo convenció. Iban a Laredo a traer la mercancía. Daban su comisión a los aduaneros y todos felices. Anduvo en ese jale unos cuatro años.

También fue palenquero, es decir, viajaba de una ciudad a otra organizando los palenques (las presentaciones de artistas y las peleas de gallos).

Luego, como en el centro había casas de juego, probó fortuna en ese ramo.

“Un día vine aquí, al exterior del Monte de Piedad, porque un compa me debía una lana”.

Mientras Eusebio intentaba cobrar y el amigo le daba largas, frente a ellos pasó un fulano. El amigo deudor se desentendió del experiodista y abordó al transeúnte, le preguntó sí vendía algo y el fulano dijo que sí. Traía un reloj Omega de oro.

Negociaron un poco y acordaron fijar la transacción en 1 800 pesos.

El compa deudor fue con Eusebio.

“Me dijo que si le entraba al negocio, yo dije que sí, me pidió prestada lana, compró el reloj y me dijo: ‘vente, vamos a venderlo’. Mi amigo vendió el reloj en 2 mil 800 pesos, de esos mil pesos de ganancia nos repartimos mita y mita.”

Aquel fajo convenció a Eusebio. Para qué andar batallando si una actividad tan sencilla producía tan espléndidos frutos.

Eran principios de los ochenta. Llevaba dos años en el coyotaje cuando escuchó que el inquilino del número setenta iba a mudarse.

A lo largo de treinta y cinco años su giro comercial fue compra-venta de varios, nuevos y usados.

Hace tres años, las autoridades municipales le cambiaron la jugada.

“Según esto, mi negocio necesitaba más permisos, uno para vender, otra para comprar, y que era bazar y que tienda de empeño y pues, yo también fabrico y reparo joyería; dijeron que lo que querían era simplificar los negocios.”

BUENA ÉPOCA

Hace treinta años, rememora, le iba muy bien. Había mucho movimiento.

“Nuestra suerte siempre ha estado ligada a la del Monte de Piedad. En aquel tiempo ganaba bastante, unos mil, mil quinientos pesos diarios. Había mucho oro circulando, comprabas el gramo, en piezas nuevas, a sesenta pesos, ahora cuesta mil pesos el gramo”.

Por un tiempo, el negocio de Eusebio tuvo el atractivo de un maestro joyero muy bueno.

“Es buenísimo en lo que hace, pero se fue a radicar a Corpus Christi, allá le va muy bien”, comenta.

En una ocasión, rememora, le entregó ochenta gramos de oro para que hiciera algunos nombres.

El maestro era el paquete completo: dibujaba muy bien, hacía el modelo, cortaba, limaba, todo.

“Ese día me hizo veintidós nombres.”

Ahora, dice, cuando reúne algo de metal áureo y le pide a un muchacho del sector que le trabaje algunos nombres, el encargo toma mínimo dos días.

PRENDAS DE ÉPOCA

En los buenos tiempos, dice, vio ir y venir muchos Rolex; era, explica, una prenda común y corriente.

Recuerda mucho un encargo que le hicieron a principios de la década pasada.

“Un Divino Rostro de oro, con brillantes; el cliente trajo los materiales y le cobramos cuarenta mil pesos; hicimos una pieza maravillosa; el cliente nos preguntó que cuánto podía valer en el mercado; a ojo de buen cubero, calculé que unos ciento veinte mil pesos”.

El río dorado, sin embargo, se fue secando.

“Ya se cayó el trabajo. Nomás en esta zona había seis joyeros además de mí”, dice desde detrás de un viejo mostrador.

Confiesa que ya se le acabó el billete para comprar el metal áureo. Por esa falta de capital, retiró los letreros de Se Compra.

“Ahí los tengo guardados, por si un día se ofrecen.”

Dinero, por fortuna, no le falta.

“Estoy pensionado, recibo mi chivito”.

La pandemia, según el experiodista, no afectó mucho la extenuada condición del negocio. La economía, apunta, ya andaba floja.

“Por aquí pasaban caminando, sin exagerar, hasta dos mil personas al día”.

Esa es, asegura, la principal razón de la depresión del sector: si la gente pasa, hay movimiento; si hay movimiento, se mueve la economía.

La inseguridad también contribuyó a mermar la afluencia.

“Los clientes agarraron miedo a venir para acá. Y con razón, un día mataron a uno en la mera puerta del Monte (3 de septiembre de 2012).”

Otra vez, cuenta, Eusebio y el maestro joyero estaban preparando el material en la banqueta cuando en la esquina de la Allende sacaron un rifle y tiraron balazos.

“Dejamos el oro ahí en la calle. ‘¿Y si lo agarran?’, me dijo el maestro. ‘¿Quién lo va a agarrar? Ándale, métete ya’, le dije y nos metimos al negocio.”

Por si eso no fuera poco, por ahí también caían balazos disparados desde el Cerro de la Cruz.

ACTIVO COMO SIEMPRE

Un joven interrumpe el diálogo. Le dice a Eusebio que quiere comprar algo; sin embargo, acaba vendiendo un reloj.

“Poquito, pero sale”, afirma el experiodista octogenario.

Comparte que no se retira porque así se entretiene (“Qué voy a hacer en la casa”), lo suyo no es amor por el negocio, sino por el relajo.

El coronavirus, dice, lo mantuvo cuatro meses confinado, aquello fue sumamente aburrido; no veía la hora de regresar a la calle, a la sombra del Monte Pío, a sus afanes como dueño de un negocio multifuncional, aunque deprimido.

Está satisfecho con los resultados de cuatro décadas frente a la vereda de los empeños.

Tiene tres hijos, y los tres, dice, consiguieron buenos trabajos. De sus cinco nietos, dos son médicos.

Mes a mes sigue pagando renta. La dueña nunca le quiso vender el número setenta de la calle Juan Antonio de la Fuente.

El hijo de la señora Rosa, aquel que iba a poner una lonchería, es su casero.

Ahora que ya va de salida, Eusebio está más que contento con la historia que le tocó en suerte vivir.

Y cómo no. Buena parte de ella fue escrita con letras doradas.

Lo más reciente
Basura y coexistencia, exponer la cultura del desecho