Banquetas, ciclovías, calles y paz

FALTA DE CICLOVIAS TORREON
FOTO: Lucila Navarrete Turrent

Crecí en la colonia Torreón Jardín, en una época en la que la tranquilidad de la vida citadina sólo era perturbable cuando nos enterábamos de algún robo a casa-habitación o corría el rumor del “roba chicos”.

Esta última, era una advertencia que solían emplear nuestras madres para no andar con desconocidos, pero que se convirtió en una amenaza real tras la desaparición de Edna Xóchitl.

La ciudad que yo viví fue lo suficientemente dulce para mi niñez: libre, caminable, pedaleable, patinable.

Cuando mis padres me compraron mi primera bicicleta, solía ir a la miscelánea Los Delfines por alguna vianda para el antojo vespertino.

Mi abuela, que vivía al lado de nosotros, me llevó incontables veces a caminar por el Lienzo Charro y la Avenida Central, donde coincidíamos con vecinos y saludábamos con deferencia a quienes se cruzaran en el camino.

Cuando tenía nueve o diez años, caminaba de mi casa a la de mi mejor amiga, a unas cinco cuadras de distancia.

Los viernes patinaba con mi racita desde el colegio hasta un Pizza Hut. Si visitaba a alguna amiga, vendíamos ocurrencias en la calle.

En los ochenta y los noventa, las calles y las banquetas del centro de Torreón y sus inmediaciones conformaban una red de trayectos amables para peatones y ciclistas.

Si nos sorprendía el sol de mediodía, podíamos refugiarnos a la sombra de una palmera o un viejo pinabete.

Las calles, todavía sin tanto tráfico, eran amigables para una infancia sedienta de travesuras y transgresiones.

A pesar de las inclemencias del clima desértico, en aquel tiempo había más vida afuera.

Pronto nos alcanzó el progreso y se construyó el paso a desnivel sobre Calzada Saltillo 400, después otro sobre el Bulevar Revolución.

Pero toda modernización conlleva su parte trágica. Desde que tengo uso de razón, la inversión en hormigones y toneladas de concreto sólo ha beneficiado a conductores de automóviles y desarticulado el encuentro cara a cara que propician la caminata, los patines, el triciclo de la infancia y la bicicleta, compañera histórica de la clase trabajadora.

En la ciudad abundan los tramos sin banqueta, lo que dificulta las caminatas. FOTO: Lucila Navarrete Turrent.

Cuando se construyó el distribuidor del Nudo Mixteco, se nos olvidó, a nosotros y a las autoridades, que por ahí cruzan a diario ciclistas que se desplazan de los ejidos Hormiguero, La Concha, La Unión, La Paz… al centro y sur de la ciudad para trabajar.

De pequeña, escuchaba con frecuencia el epíteto “pueblo bicicletero” para referirse de manera peyorativa a Torreón como una ciudad atrasada. Pero el progreso segrega y es indolente. El Nudo Mixteco lo es.

Con el crecimiento de la mancha urbana y las modificaciones en el trazo para favorecer las vías rápidas, la imperante “ideología del automóvil”, como la llama André Gorz, ha invisibilizado las necesidades de peatones y ciclistas, quienes han quedado al margen de las decisiones en materia vial.

Ni hablar de una planificación que contemple áreas verdes y banquetas, que retire puentes antipeatonales y coloque cebras para que, nuevamente, podamos caminar y vernos a la cara.

¿Cuándo esta ciudad nos devolverá la confianza perdida después de tantos años de violencia y desolación, después del terror que impuso esa “guerra contra el narco” que nos dejó desechos?

Estoy convencida de que andar y pedalear la ciudad permitirían refundarla, esto es, democratizarla y propiciar la reconstrucción del tejido social.

Para lograrlo se requiere voluntad ciudadana y política. No basta con bajarse del automóvil si no hay banquetas que nos permitan llevar a nuestros hijos caminando a la escuela.

Las banquetas seguras son responsabilidad de las autoridades y garantizan el derecho a la movilidad.

La zona norte de la ciudad, que en los últimos doce años se ha llenado de escuelas y fraccionamientos, no cuenta con suficientes banquetas que conecten los distintos sectores y permitan a niños, niñas, adolescentes y adultos apropiarse del espacio público, que es de todos.

Si seguimos encerrados en guetos, la desconfianza y la segregación prevalecerán.

La cantidad de fraccionamientos cerrados en Torreón sigue en aumento. FOTO: Lucila Navarrete Turrent.

No basta con bajarse del automóvil si no hay transporte público digno y eficaz en el que nos reencontremos con nuestros semejantes; o si la calle no es segura para trasladarse a escala humana, es decir, para que un ciclista coexista con toneladas de acero que circulan a más de 80 kilómetros por hora sobre el Periférico, el Bulevar Revolución o la Carretera Torreón-San Pedro.

La infraestructura ciclista, que no es tan costosa como la automovilística, debe ser garantizada por las autoridades.

Es un derecho y el gobierno está en deuda con seis de cada 10 torreonenses, proporción de quienes no utilizan el automóvil para moverse en esta ciudad.

Esperemos que la administración de Román Cepeda y el titular de Vialidad y Movilidad Urbana, Luis Morales Cortés, así como todo su equipo de trabajo, participen de una transformación de la ciudad que posibilite su diversificación, de tal forma que nuestra urbe sea incluyente en materia de movilidad, se peatonalice, se llene de banquetas, parques, áreas verdes y ciclovías confinadas para que, muy pronto, nos volvamos a saludar con deferencia cuando nos encontremos en las calles y recuperemos la confianza.

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