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Activismo y polarización

Francisco Valdés Perezgasga

La vida del activista nunca ha sido fácil. Luchar por una causa conlleva pisar muchos callos y, por tanto, muchas reacciones contrarias.

Algunas, obvio, provienen de los dueños de los callos pisados. Otras de la gente influenciada por esos mismos dueños. Otras más, sin duda, de quienes no tienen nada mejor que hacer que buscar pleitos.

En un país gobernado por un sistema de partidos con una visión patrimonial del poder esto exige una navegación cuidadosa y una buena dosis de escepticismo y desconfianza.

Siendo apartidista, lo conducente es trabajar por las causas que uno defiende con quien se deje, sin importar su partido o su poder.

Encontrar ese terreno común, no siempre es fácil y rara vez es común. En mi experiencia, siempre me he encontrado con políticos sagaces dispuestos a trabajar por la bicicleta o por la conservación. Los he encontrado en todos los partidos. Trabajar con unas o con otros me ha valido ser señalado como simpatizante -o enemigo- del PRI o del PAN o de Morena.

Ese territorio divertido, de pronto se ha vuelto nefasto. La polarización no abona a la colaboración. Ya no digamos la colaboración entre ciudadanos y autoridades, sino que la división está ya sembrada entre quienes fuimos algún día nominalmente camaradas.

Cuando un activista compra el cuento partidario -peor aún, el gubernamental-, queda la mesa puesta para la confusión del juicio y el nublado de la visión.

Más frecuentemente que no, el gobierno tomará decisiones contra los intereses de sus gobernados. Si uno era defensor de esos intereses -políticos, sociales, ambientales-, el dogma partidario paraliza a la razón. La causa sufre. De pronto aquel compañero o aquella compañera que no comulga con el partido o con el poder se vuelve, en el mejor de los casos, alguien sospechoso de militar con el enemigo o, en el peor de los casos, en el enemigo mismo.

Nadie duda que vivimos en tiempos polarizados. Todo se define en torno a la figura del presidente. La causa se perdió en el abismo que separa a los activistas. Si ya era duro luchar por las causas en las que uno cree, ahora se vuelve punto menos que imposible. Es como jugar en solitario una partida de dominó por parejas. No hay manera.

La polarización estorba a la empatía, inhibe el diálogo, confronta. Al político la polarización le rinde ganancias tan solo por el debilitamiento de aquellos grupos que lo presionaban.

Si bien podemos señalar al presidente y a su partido como los máximos practicantes y beneficiarios de la polarización maniquea, los políticos y las políticas de todos los partidos han tomado nota. Por eso Lily Téllez es la anti-AMLO perfecta imitándolo en todos sus gestos y groserías. Por eso en nuestras ciudades laguneras se dejan ver los gestos autoritarios de quienes nos gobiernan.

Es una pena que los ciudadanos y las ciudadanas no veamos a través de estas burdas maniobras. Quizá sí fue Julio César el autor del divide et impera que tan buen resultado ha dado al poderoso desde los albores de la civilización.

Con una base fanatizada -convencida de que quienes cuestionen son enemigos, traidores y vendepatrias, incapacitados de ver al otro como alguien capaz de pensar, analizar y criticar-, gobernar se fundamenta en la amenaza perpetua. Amenaza de violencia, desgraciadamente.

México sufre ya una exagerada cuota de sangre, sumémosle ahora la violencia verbal que se va tornando en una violencia real, de pólvora y sangre.

Los insultos y descalificaciones que diariamente lanza el presidente desde su púlpito mañanero contra periodistas, ambientalistas y feministas deberían movernos a todas y a todos al repudio.

Esa violencia verbal del incontinente primer mandatario (su pecho no es bodega) son agresiones proferidas por el hombre más podeeroso de México. Son también el preámbulo y el acicate del linchamiento, de la emboscada, del tiro en la nuca.

¿Parará algún día tanta violencia? ¿Parará algún día la violencia del presidente y de sus partidarios? Si para, no será pronto. Corren malos y solitarios tiempos para el activismo. Tan sólo una parte de la desgracia que es nuestro México.

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