Tres estampas (o baches) costumbristas sobre el trabajo en una ciudad polvorienta

Conductor de Uber

Emiliano Gullo, en su crónica Capitalismo con tracción a sangre, habla sobre lo no visto dentro de la rutina diaria de los trabajadores de Rappi en Argentina.

Situaciones como el nulo servicio médico, el poco salario o las formas de adquirir un envío mediante la aplicación son retratadas en ese texto publicado en la Revista Anfibia.

Si bien se habla del país rioplatense, sabemos bien que en toda Latinoamérica las condiciones laborales carecen del sello de excelencia, por lo tanto, muchas de las veces no ofrecen lo que siempre se ha vendido: una vida digna.

En teoría, en México de manera legal se establece una jornada de ocho horas como máximo, además de pago por horas extras y laborar en días feriados. Qué bonito mito.

No estaría de más retratar, a lo costumbrista, tres estampas (o mejor llamémosles ‘baches’ literarios) de este tipo de peripecias en La Laguna, pues, aunque Gullo hable de las que ocurren en la Argentina, no resultan tan ajenas en la comarquita.

‘Los borrachos pagan muy bien’

Pedí un Uber en Gómez Palacio. Un viaje de 15 minutos, se transformó en una odisea de una hora y media. La razón: los conductores cancelaban los viajes. No me quedó de otra más que esperar al tercero, que venía a 20 min de distancia y, afortunadamente, no decidió dejarme plantada.

Era un joven. Me subí en la parte delantera no por no tenerle miedo a la muerte, sino por aquellos que encubiertos se han llevado a varios trabajadores al corralón.

En ese momento el chofer se convirtió en mi primo postizo. Es riesgoso, más si se viaja sola como lo hice, pero subirse en la parte delantera del Uber, paradójicamente, es una protección doble.

Durante el viaje la charla se volvió amena. Llegamos a hablar sobre los borrachos nice. A mi chofer no le parecía tan desagradable llevarlos. Una de las frases más bonitas, que le iluminó la cara al decirla al grado de que terminó por contagiarme de su entusiasmo, fue: “los borrachos pagan muy bien”.

Entre sus uberaventuras me contó cuando tuvo que llevar a un joven al fraccionamiento Los Viñedos en Torreón. Era de madrugada y el hombre iba a tan ebrio que se equivocó de destino y escribió en la aplicación una dirección errónea.

El chofer le pidió cambiar el punto. El joven, en vez de hacerlo, le ofreció una propina de 400 pesos a cambio de que lo llevara a su casa. La dirección no era lejana. La tarifa era de sólo 60 pesos. Mi conductor se llevó una gratificación gorda.

Era más fiable trabajar de ese modo que esperarse al cobro de comisiones por parte de la compañía. Ni hablar de los trabajadores que rentan coche.

Antes de que llegáramos a mi destino me sugirió entrarle al negocio uberístico por las noches. Quizá resulte mejor que ser periodista.

Gran Hermano

Los servicios de entrega de despensa a domicilio se volvieron parte esencial de empresas ya conocidas en la región. Nada mal. Una buena opción para situaciones ficcionales, como una pandemia, por ejemplo.

La compañía funciona a lo Gran Hermano. Hace poco realicé una compra y solicité el servicio. Se bajó una joven. Todo normal hasta que me di cuenta de que iba en Uber. Le pregunté si ya se habían aliado con la empresa (¡qué ilusa!) y ella respondió de forma negativa.

—Lo que pasa —dijo— es que de ahora en adelante nosotros tenemos que ir hasta la casa de los clientes a llevarles la despensa. Ya no es como antes que tenían a alguien encargado de hacerlo.

—Por lo menos les pagan una comisión, ¿no? (Otra vez la burra al ‘máiz’).

—No, es parte de nuestro trabajo.

Me entregó mi ticket mientras vigilaba que el Uber no la dejara en mi casa. De ser así, ella tendría que pagar el viaje de regreso y no tendría tampoco el derecho de reclamarle a Soriane (llamémosle así por cuestiones de copyright y porque no me dan comisión por mención). La joven es la única responsable de hacer bien su trabajo.

El chofer también me había hablado de eso. Me explicó que no es bueno agarrar esos viajes porque no siempre los empleados señalan bien las direcciones. Entiendo ambas partes.

Entiendo también el punto de vista de la empresa, tampoco pueden funcionar de esa manera. Necesitan más empleados que se pongan la camiseta y desgraciadamente, la gente es muy malagradecida. Pobrecitos.

Here’s Hacienda!

Hace un mes acompañé a un familiar a su novatada en la vida de adulto: su primera cita con el SAT. Había mucha gente, como de costumbre, y le dije que me quedaría hasta que terminara de realizar su trámite.

Me preparé con Solaris de Lem Stanislaw para darme un viajezote por mientras. Durante la espera, uno de los guardias del estacionamiento comenzó a charlar conmigo. Era un hombre de la tercera edad y comenzó la plática con la típica pregunta lagunera “¿Qué tal de calor?”. Uno, que ya es oriundo de la región, sabe cómo contestar.

No fue una charla muy larga, aunque sí muy potente. El guardia me platicó sobre el cansancio de estar parado más de 12 horas sin derecho a sentarse por lo menos cinco minutos.

El clima era agradable. Pero me puse a pensar en esos días cuando al sol practica boxeo. La Laguna es su gimnasio. Y eso, no es nada benéfico para los trabajadores. El hombre también me habló de sus problemas de salud, mismos que no le ayudaban con su empleo.

“¿Y todo para qué? ¿Para que casi todo el salario se me vaya en los camiones? Y de pilón, el patrón me debe una jornada”.

Me contó sobre su jefe. Lo tenía harto. Además, ese empleo era muy matado. Aun así, no lo calificó como tal. Se sentía tranquilo de no ser como el guardia del acceso al edificio, que ni siquiera podía moverse a estirar las piernas como él.

El señor de la entrada estaba condenado a esculcar las bolsas y las mochilas de todas las personas que iban a su cita, sin derecho de sentarse, solo para ir al baño (quiero pensarlo). El castigo de Prometeo se queda corto.

Lo único que pude decirle fue: “espero que pueda conseguir algo mejor”. Él me contestó que sí. Espero que haya podido hacerlo.

No son algo nuevo estos baches costumbristas. Es una realidad para una gran cantidad de personas. Tampoco se puede solucionar así como así. ¿Quién se va a poner en contra? Sólo alguien que quiera perder su trabajo.

La realidad juega con la necesidad. Y eso no ocurre únicamente en esas situaciones, también pasa con los profesionistas, sobre todo con los recién egresados.

La pandemia dejó noqueados a muchos. Por el momento, creo que apenas nos estamos dando cuenta de que estuvimos en ese estado.

Creo que será más fácil descifrar qué es Solaris, o que el Gran Hermano se quede ciego, que organizarnos mejor.

Foto de portada por Paul Hanaoka disponible en Unsplash

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