Sound of Freedom reseña

‘Sound of Freedom’ más allá de la controversia

La historia de la polémica película Sonido de libertad (Sound of Freedom) dirigida por el mexicano Alejandro Monteverde y producida, entre otros, por el actor y aspirante a presidente de México, Eduardo Verástegui comienza en Honduras. Katy Giselle (Yessica Borroto), una guapa mujer que se presenta como agente cazatalentos visita la casa de Rocío (Cristal Aparicio), una pequeña a quien vio cantar en la plaza. Hábilmente entusiasma a la niña y a su hermanito Miguel (Lucas Ávila) sobre la posibilidad de una carrera en la industria del entretenimiento y finalmente convence a su padre, Roberto (José Zúñiga), de dejarlos acudir a un casting.

A la puerta de la locación donde se llevarán a cabo las audiciones, el padre de los menores se entera que no puede estar presente y le piden que regrese tras la larga jornada de trabajo que les espera a sus hijos. Al volver, ya por la noche, no encontrará más que un lugar vacío. ¿Qué pasó con sus hijos?

Lo sabremos cuando conozcamos al agente estadounidense Tim Ballard (Jim Caviezel), quien mediante una elaborada operación logra detectar una red de pedófilos que trafica con niños latinoamericanos en Estados Unidos y así rescatar al pequeño Miguel. El pesar que le causa entregarle a Roberto sólo uno de sus hijos es el motivo por el que se embarca en una operación transnacional para encontrar a Rocío. ¿Lo logrará?

Sonido de libertad lleva a la pantalla grande la dura realidad del tráfico sexual de menores, un delito que, de acuerdo con los datos esbozados en la película, ha crecido considerablemente en los últimos años porque representa un jugoso negocio para el crimen organizado.

“Ya supera al tráfico ilegal de armas y pronto sobrepasará el tráfico de drogas, porque sólo se puede vender una bolsa de cocaína una vez, pero un niño, de cinco a diez veces al día”, afirma Tim a Paul (Eduardo Verástegui) con la finalidad de convencerlo de financiar una delicada operación para rescatar a niños víctimas de trata.

El filme ha causado revuelo por múltiples razones, no todas relacionadas con el grave problema que busca denunciar o con los aspectos técnicos de la producción, sino con su trasfondo ideológico y los intereses económicos y políticos que la hicieron posible.

Además de los señalamientos hacia el ultraconservador Verástegui, a la película se le ha criticado, por ejemplo, que el personaje en que está inspirada la historia, un exagente estadounidense que “sacrifica” su trabajo para rescatar a menores de las redes de tráfico sexual infantil latinoamericanas fundó una asociación cuyos métodos de acción y consecución de fondos no son bien vistos por asociaciones internacionales que trabajan coordinadamente por el mismo fin.

Fuera de toda controversia, que lejos de afectar la producción, ha contribuido a su éxito en taquilla, se trata de una película muy regular, efectiva en su cometido de interesar a los espectadores en la problemática que señala, sobre todo a aquellos que difícilmente llegarían a estos temas ampliamente expuestos desde el periodismo. Esto gracias, principalmente, a que aborda un tema que no puede dejar a nadie indiferente, pero también a un guion muy hollywoodense, donde brilla el salvador blanco, y a una innecesaria musicalización manipuladora. Las actuaciones son muy regulares, más apegadas a una dramatización o documental televisivo, pero adecuadas para los fines que persigue.