‘La narrativa actual debe ser ágil porque compite con la película’: Luis Eduardo Canales, autor de ‘El síndrome de los santos pecadores’

En su primera novela, El síndrome de los santos pecadores (Agua Escondida Ediciones, 2023), el escritor lagunero Luis Eduardo Canales satiriza a las sociedad mexicana actual a través de una historia que a ratos recuerda a los cuentos de hadas y otros más a los melodramas televisivos con los que muchos de nosotros estamos familiarizados.

La trama se desata en la ficticia Ciudad de Nombre Impronunciable cuando Victoria Almanzi, la guapa y joven heredera de un importante emporio de huevos, descubre la infidelidad de su novio. Destrozada, huye a buscar consuelo con su nana en el rancho de los Santos Pecadores, donde termina secuestrada por un par de compadres vividores.

Los improvisados maleantes cometen el error de dejarla al cuidado del atrantado Kevin Guadalupe, un joven aspirante a escritor que desentona de múltiples maneras con su entorno. La inexperiencia del captor y sus peculiaridades, aunadas a la indefensión e idealismo de Vicky serán el caldo de cultivo para ese otro famoso síndrome, el de Estocolmo, referido en el título de la novela.

¿Síndrome o amor verdadero? Vicky se niega a llamarlo síndrome, ¿cómo va a dejar que unos doctores definan lo que siente su corazón? Mientras su padre y toda la Ciudad de Nombre Impronunciable la busca, ella sueña con ser libre y vivir el amor que ha nacido entre ella y su Lupito.

Sin que la joven heredera lo imagine, su secuestro impactará en el destino político y económico de la Ciudad de Nombre Impronunciable, dada la influencia de su padre. ¿Será que el amor realmente puede transformarlo todo?

El síndrome de los Santos Pecadores es una novela ágil que atrapará a los lectores que sepan apreciar el humor y la crítica ácida. A lo largo de sus poco más de 300 páginas reluce un lenguaje accesible, sin pretensiones ocultas, lo que ayuda al lector a involucrarse con la historia y reírse gracias al desparpajo con que el autor construye su universo narrativo, muy al estilo de la onda.

El germen de una historia

“Siempre me ha gustado la literatura, pero nunca me había animado a escribir. Yo quería escribir un libro, ya ves que dicen que en la vida hay es una de las tres cosas que hay que hacer. No sé por qué siempre había tenido esa inquietud», dice Luis Eduardo Canales en entrevista para Plaza Pública sobre su novela.

El síndrome de los santos pecadores es el resultado de un arduo trabajo de alrededor de seis años contando los procesos de escritura, corrección y edición, sin embargo, el germen de la historia se plantó en su cabeza mucho antes.

«Yo leí un artículo hace 20 años sobre el síndrome de Estocolmo, salió en La Opinión. No sé por qué se escribió acerca de ese tema en aquellos años, todavía no era muy popular, ahora han hecho series y películas sobre eso. Me llamó mucho la atención porque me acuerdo muy bien. A partir de ahí me surgió esta idea», relató.

No obstante el proyecto tomaría forma hasta 2017, en una sesión del taller de literatura de la Universidad Autónoma de Coahuila, impartido por el maestro Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo, al que Luis Eduardo asistió durante casi 10 años.

«Recuerdo que esta novela El síndrome de los santos pecadores, yo la había escrito, como en 2003 o 2004. Una noche me puse a escribir a los personajes. La otra vez encontré en mi cuarto un cuaderno con ese escrito, no me acordaba. Pero ya rememorando, era muy joven, tendría como 15 años, no tenía nada de experiencia en la vida y entonces lo dejé. Llegando el 2017 coincidió que en el taller nadie acudió ese año. Entonces, estábamos el profe Marco y yo solos y me dijo que escribiera lo que me naciera. Le llevaba ocho o 10 hojas y así fue como avancé y avancé hasta la pandemia. Con el profe Marco, en el taller, fui puliendo mi estilo e hice que mi escritura fuera más natural, menos forzada».

¿Una vez que terminaste tu manuscrito cómo fue el proceso para encontrar un sello editorial?

A partir de la pandemia ya no pude viajar y fue cuando mi hermana Miriam y yo concretamos la idea de publicar el libro. Posteriormente me dieron la oportunidad de venir a trabajar aquí en la Ciudad de México —en cuestiones legales, soy abogado— y tú sabes que aquí están las grandes editoriales. Se lo comenté al editor de Agua Escondida y le agradó. Le di el último borrador, me hizo unas correcciones, yo lo corregí una vez más y ya se concretó el proyecto después de cinco o seis años. En noviembre o diciembre del año pasado entró a imprenta y hasta marzo salió.

¿Qué diferencias encuentras del manuscrito de 2005 a la versión final? ¿Cómo fue para ti cuando viste estas dos versiones?

Para empezar, los personajes eran adolescentes. Como que uno va escribiendo de acuerdo a su edad. Estaban en prepa, como yo en aquel momento. Realmente los personajes ahora son jóvenes, son adultos jóvenes. Pero se conserva la idea original de que el personaje de Victoria Almanzi esté al principio, va a ese pueblo y se topa con estos secuestradores.

Algo que destaca de la novela es la agilidad narrativa, avanzas muy rápido en la en la construcción de las escenas y es algo que engancha desde el inicio. Platícame cómo trabajaste esta parte.

Un día, platicando precisamente con el profe de Marco Jiménez, me comentó que la literatura actual tiene un problema muy grande: compite contra la película, en los streaming, en las plataformas, entonces debe ser ágil. Creo que que estamos en la época del fastfood, todo lo queremos rápido, si no lo tenemos, nos desesperamos. La literatura va evolucionando y también en la actualidad tenemos que tener más agilidad en la narrativa. Yo he leído La Odisea y en aquellos libros describen una espada que usa Aquiles de forma muy detallada como en dos hojas, y es lo que me comentaba el profe Marco, que ahorita el lector se aburre, entonces mejor ve una película en dos horas. Así me nació la idea de hacerlo ágil y que en lugar de meterte a Netflix puedas leer el libro. Es como oferta y demanda.

Como decía Jean-Paul Sartre “somos hijos de nuestro tiempo”, y esta novela es hija de esta generación. Creo que la agilidad es parte de esta generación y el profe Marco me sugirió eso porque yo era muy detallista. Como yo consumía literatura no contemporánea, sino un poquito más vieja, pues es normal, ¿no?, te vas contagiando.

Es cierto, leer literatura contemporánea es más ágil. Y, como tú me comentas, esa fue mi intención, que el lector se enganchara y lo terminara rápido.

Me avoqué con algunos libros mexicanos de autores contemporáneos, pero lo que a mí no me gustó, es que hablan mucho de excesos: de drogas de alcohol de sexo. O sea, algunos autores quieren replicar esa literatura de la generación beat, de autores que fueron muy grandes allá en los años cincuenta o sesenta, y pienso, desde mi punto de vista de abogado, que el país está hundido en la violencia, desafortunadamente por las drogas, por los excesos. ¿Por qué vamos a enaltecer eso cuando lo que necesitamos como país es cambiar la forma de pensar? No me estoy poniendo moralista, pero creo que sí hay que hacer un cambio. Y dentro de mi novela, pues sí, sí, hay excesos pero son parte de la vida cotidiana, afortunada o desafortunadamente, pero no es el tema.

¿Crees que la literatura tiene ese poder de cambiar esos paradigmas?

Sí, porque los jóvenes son los que más leen. Yo fui maestro de prepa y me acuerdo de la experiencia de mis alumnos. Son los que más leen porque es la edad en la que uno tiene más tiempo. Por eso tienen mucho éxito sagas como Harry Potter o Crepúsculo.

Creo que hace falta también hacerlos partícipes de la literatura y creo que al hablar mucho de excesos los dejas fuera, porque son temas ya muy adultos. Creo que debe cambiar el paradigma en esa edad que se está forjando la particularidad de los muchachos. 

Me comentabas que uno se va contagiando del estilo de sus autores predilectos, ¿cuáles son los que más han influido en el tuyo?

Precisamente me gusta mucho José Agustín, bueno la “generación de la onda”, también Roberto Bolaño y sobre todo Jorge Ibargüengoitia, que tiene ese estilo humorístico, sarcástico. Tal vez la generación beat también un poco, son los que más me gustan. A nivel internacional me gusta más la filosofía, como Jean-Paul Sartre. Tengo esta corriente de que me gusta la literatura poco convencional, pero pues también tengo que leer a autores con un lenguaje muy refinado como son los legales, ahí se podrían mencionar a otros, pero nada tienen que ver con la historia.  

Pienso que no de los aspectos más complicados en el proceso de escritura es el lenguaje de los personajes, puede darles verosimilitud o convertirlos en una caricatura, ¿cómo afrontaste ese reto?

Fue un poco complicado. Así como dice el profe Marco, que también lo más difícil no es escribir, sino corregir. Por eso, a través de la corrección fue algo en lo que estuve abundando. Lo revisé y lo revisé para darle realismo a la historia.

Traté de que el narrador omnisciente hablara de una manera más pulcra. El narrador de la novela habla muy educado. Ya los personajes hablan de todos los estratos. Fue un reto, releer, releer y releer.

Algunos de los personajes hablan de acuerdo al sustrato social económico o a su edad. Por ejemplo, el alcalde, Aaron Severo es un señor de 70 años y dice palabras como habla mi papá.

Eso que mencionas sobre la dificultad del manejo del lenguaje en la literatura contemporánea lo noté en un libro mexicano muy exitoso, yo pensé que estaban en los 40 hasta que de repente vi que alguien tenía SIDA, ahí me di cuenta que era más actual. Como que trataron de darle realismo al lenguaje, pero estaban hablando como película de “Pepe el Toro», me dio esa impresión.  

¿Tienes en un mente un público especial al aspiras a llegar con El síndrome de los santos pecadores?

Yo creo que eso lo he pensado mucho. El público más culto va a tener cierta repulsión por el estilo de la novela, de los personajes, del habla. Te repito, yo traté de hacer realismo y creo que el mercado al que pudiera llegar la historia, es un mercado de lectores no tan pretencioso. Cualquier persona que le guste leer de vez en cuando se engancha con la historia.

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