Padre, Patria, Patriarca, Patrimonio

Francisco Valdés Perezgasga

Por más que le antepongamos el artículo definido femenino, la patria es masculino. Vaterland en alemán y Fatherland en inglés son más explícitos. La patria deriva de padre, no de madre, aunque después en castellano nos hayamos inventado lo de la “madre patria”.

Desde hace mucho tiempo aborrezco la palabra y el concepto. Detrás se esconde siempre un batido de mitos fundacionales y sentimientos chovinistas. Desde que oí la genial canción de George Brassens, “La Mala Reputación”, me adherí a sus preceptos: Cantaba Paco Ibáñez a Brassens: “Cuando la fiesta nacional / Yo me quedo en la cama igual / Que la música militar / Nunca me pudo levantar / En el mundo pues no hay mayor pecado / Que el de no seguir al abanderado”.

Mi adhesión es más al terruño que al inasible fulgor de la patria. Es un sentimiento intenso pero concreto. Son los cerros que nos rodean, el Nazas y el Aguanaval, la gente que quiero. La comida. La dura luz del sol lagunero. Ahí están mis raíces y mis anclas. El fervor por la selección de fútbol o por el Canelo no me hacen mella.

Los mitos fundacionales que nuclean a los mexicanos son un tanto pequeños y un mucho tramposos. Despreciamos el centralismo de la capital, pero nos rendimos sin cuestionar ante el símbolo del águila y la serpiente. Cantamos con el pecho henchido de orgullo una tonada que compuso un catalán, músico militar, con una letra mandada a hacer para cantar las glorias de Santana, el presidente más despreciado de nuestro país. Saludamos una bandera ya demasiado contaminada por la larga y aburrida noche del PRI.

No niego el papel que juegan los mitos y los símbolos para darle cohesión a una nación pero ¿qué caso tienen dentro de un estado plurinacional como México? Sí, dije plurinacional. La diversidad identitaria de quienes nos llamamos mexicanos ha sido ocultada y planchada por un sentimiento unificador que haría feliz a los monarcas franceses de los siglos 16 y 17. Que le arrancaría aplausos al Francisco Franco de la “España: Una, Grande y Libre”.

A raíz del levantamiento zapatista de 1994 nuestro país tuvo la oportunidad de enmendar un poco la plana reconociendo la autonomía de las naciones originales. La autonomía y la soberanía sobre sus territorios y recursos. Pero era demasiado pedir a un país que se ha forjado en combatir su diversidad. La realidad es otra. No todos los mexicanos somos guadalupanos. No todos los mexicanos le vamos al Guadalajara.

La genealogía semántica de la palabra patria con patriarcado y patrimonio pasa de noche para quienes deberían de estar más atentos. La gran tragedia de nuestro tiempo es que esos, los que se llaman izquierdistas, son los más nacionalistas de todo el montón. El nacionalismo que distingue a la derecha más rancia del mundo, es bandera de la “izquierda” mexicana.
A los quince años, más o menos, decidí dejar de creer en un dios, en cualquier dios. Más tarde decidí que, en consecuencia, debería cuestionar la historia sagrada de la patria y la sacralidad de sus símbolos. Nada debe estar por encima del escrutinio crítico y cuestionador. Ni los mitos, ni la bandera, ni el himno. Ni siquiera esto que usted acaba de leer.

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