Por Iván Benítez
“Una ciudad con dinero es como un mulo con patines, nadie sabe cómo los obtuvo y qué me parta un rayo si sabe cómo usarlos”, dice Ricky Mandino, ese encantador mercader de obra pública que, gracias a una lengua tan afilada como musical, le vende un monorriel a Springfield (episodio 12 de la cuarta temporada). Su propuesta, cabe mencionar, vence a las iniciativas de Apu y Marge: contratar más policías y arreglar la avenida principal, respectivamente.
En Polvorreón, los rickymandinos ya han hecho de las suyas. Sucede que, desde el cambio de siglo, una vez por década se ha abierto la llave de los recursos públicos para obsequiarnos un monorriel.
En enero de 2004, Enrique Martínez, entonces gobernador coahuilense, inauguró, al oriente de la ciudad, el Distribuidor Vial Revolución, una obra para cien años. Hoy día, son escasos quienes recuerdan haber circulado por sus puentes. Accidentes fatales y peritajes acabaron con el DVR tanto como los explosivos y la maquinaria pesada utilizados para demolerlo, esto en junio de 2008.
En 2016 inició la construcción del Metrobús Laguna. A casi una década de distancia, persevera en su condición de obra fallida, en el sentido de inconclusa. Este drama, como el otro, no es menor. Hablamos de proyecto suntuoso que escaló de solución sobre papel hasta problema integral sobre terreno que entraña el siguiente dilema: está demasiado avanzado como para renunciar a él y tiene esa pinta de fracaso que impide arriesgarse a echarlo a andar.
A juzgar por lo ocurrido en la estación Nazas el pasado 2 de enero (su colapso inexplicado), no es mala idea esperar a que se caiga solo.
La década en curso, al parecer, no verá a un monorraíl torreonense completar la tríada de monstruos tragamillones en materia de movilidad urbana. Sin embargo, no todo está perdido.
Existen buenas chances de que Agua Saludable para la Laguna, cuya primera etapa fue inaugurada en diciembre de 2023, abandone la calidad de elefante en la habitación, inicie (dado el tema al que responde y el hecho que no sería un esperpento exclusivo de la Perla lagunera) otra categoría de megaobras fallidas y confirme el patrón.
El capítulo del monorriel concluye con la siguiente nota aclaratoria de Marge: “Y ese fue el último timo en el que la gente de Springfield cayó. Sin contar el rascacielos de cartón pintado… y la lupa de 20 metros de diámetro… y la escalera eléctrica hacia la nada”.
Con un DVR y un Metrobús ya en nuestro haber, la posibilidad del hecho aislado fue suprimida. Caricaturas de la caricatura como somos, sólo queda aguardar por la repetición. Veremos si el intervalo entre timos es más o menos estable. Eso sí, para evitar enfados inútiles, el ciudadano testigo debe recordar que, detrás de cada megaobra fallida, no hay culpables sino buenas intenciones.




