La bicicleta

mujer en bicicleta woman ride bike

Francisco Valdés Perezgasga

Los contrastes entre la bici y el coche son paradójicos. Hay en el mundo dos bicis por cada coche. Este año, tan solo en China, se fabricarán más bicis que los coches que se harán en todo el mundo. Vivimos en el planeta bicicleta.

Pero es un planeta hecho a la medida del coche. Las leyes, las reglas, la infraestructura y diría yo que hasta la estima pública, está cargada hacia el vehículo en el que se mueve la minoría de la especie humana.

Lo que es cierto para el planeta, desgraciadamente, es cierto para México y, por supuesto, para La Laguna.

Paradójico también, porque la bici es un vehículo que conlleva la autogestión y, si se me permite, la libertad y la agencia personal en la vida cívica. En la bici te mueves, en el coche eres movido. La bici es curiosa pues su pasajero es su motor.

La bici es un pintoresco anacronismo y un heraldo de la modernidad. La bici, tal y como la conocemos hoy, es un invento de la última parte del siglo diecinueve. Otros inventos de ese siglo: la máquina de vapor, la máquina de escribir, el telégrafo, el daguerrotipo son ya obsoletos y, si acaso se han modernizado, ya no son reconocibles.

Pero la bici, llamada entonces “bicicleta de seguridad” sigue rodando derrochando simpleza, elegancia e ingenio. Dos ruedas de igual tamaño, dos neumáticos, un cuadro en forma de diamante, una transmisión de cadena, dos pedales, un manubrio y un asiento.

Si trajera la máquina del tiempo a un habitante de 1875 y le mostraran una bici sabría lo que es y cómo se usa. Si le mostraran una computadora, un celular o una cámara digital se confundiría a más no poder.

En el imaginario social, sin embargo, la bici no goza de la estima que debiera tener. Pero esto sucedió desde que irrumpió en escena.

Mientras fue una curiosidad al alcance de pocos bolsillos, la bici era el caballo del ocioso dandy. En cuanto se masificó surgieron los roces que incluían —como hoy incluyen— antagonismos de clase, disputas por el espacio público y una cierta noción de que la bici es absurda y ridícula. Un juguete en el mejor de los casos o, en el peor, el transporte de los descastados.

Aborrecida por automovilistas y autoridades, la bici es aún el vehículo de innumerables trabajadores y empleados. Sácala de la ecuación y la economía se frena. Siendo un vehículo barato, que no contamina, que reporta beneficios en términos de condición física y de bienestar, la bici debería ser idolatrada.

Una bici más, un coche menos, reza la consigna ciclista. Un coche menos significa menos embotellamientos, menos necesidad de costosas obras viales o estacionamientos. Cada ciclista es un activo social, un héroe cívico que merece mucho mejor trato que el de paria que ha recibido siempre.

Como aparato la bici es una maravilla, en ella uno se mueve cuatro veces más rápido que a pie empleando cinco veces menos energía. No en balde, a principios de los ochenta, Steve Jobs llamó a la emergente computadora personal “una bicicleta para la mente”.

Es hora de aquilatar a la bici y a los ciclistas en su justa dimensión. Hacer el espacio público más seguro y cómodo. Dejar de ser el planeta coche para atender las necesidades de todas y de todos. Los de a pie, los de silla de ruedas, los de bici, los de patineta, los de patines y no solo los de coche.

La seguridad de quienes se mueven a pie o en bici o en cualquier vehículo diferente a los de motor vale más, infinitamente más que la comodidad de quienes se mueven en coche, ocupando demasiado espacio público, emponzoñando el aire y haciendo ruido.

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