Estar, caminar, conectar

gavilán de Cooper entre ramas Torreón Coahuila
Gavilán de Cooper

Por Francisco Valdés Perezgasga

Nuestra experiencia con la naturaleza es deprimentemente limitada. La vida de pavimento, coche y aire acondicionado nos aísla de los fenómenos más básicos del entorno como la temperatura o el viento.

Por otra parte, anhelamos desterrar el sudor —un mecanismo fisiológico elemental— de nuestras vidas.

Por eso vemos tantas personas en el verano lagunero dentro de su coche, estacionados, motor andando para disfrutar del fresco artificial que sopla dentro de sus capullos de hule y acero.

Por cierto, una conducta que me refrenda la idea que los combustibles fósiles son aún demasiado baratos en nuestro país.

Cuando mucho, nuestra tenue liga con el universo es una brevísima mirada a uno de los atardeceres gloriosos que nos regala el desierto o el espectáculo de una luna llena elevándose en el horizonte al inicio de una noche de octubre. O darle de comer a las palomas que se van convirtiendo en una plaga incómoda de nuestras ciudades. Demasiado poco para tanto mundo.

Ya no caminamos. El triste estado de nuestras banquetas y el comportamiento brutal e insolidario de quienes se mueven en un vehículo de motor nos inhiben de practicar la manera más natural y antigua de desplazarnos.

Claro, la pereza y el calor son también potentes desalentadores del caminar.

Cuando uno camina por la ciudad se revelan miles de detalles hasta entonces invisibles.

Reducir nuestra velocidad de la antinatural rapidez del coche o el autobús al pausado ritmo de nuestros pasos nos revela detalles, texturas, sonidos, olores y caras que nunca antes habíamos visto, incluso en nuestro propio vecindario. Haga la prueba, salga a caminar.

Pero si caminamos en un espacio natural, la experiencia es muchísimo más rica. Una experiencia visual, auditiva, táctil y olfativa.

Una experiencia sensorial que deviene aventura intelectual. ¿Qué ave estoy oyendo? ¿Es orégano lo que huelo? ¿Cómo se llama esta planta que nos regala estas flores tan extrañas? ¿Y este cacto? Este fruto tan pequeño y tan vistoso ¿Será seguro para comer? ¿Me nutrirá o me enfermará?

Una breve caminata por, digamos, el Cañón de Fernández es algo trascendente. Nos pone en contacto con nuestro cuerpo en marcha y, a través de los sentidos, nos conecta con el mundo mayor.

Hace unas semanas encontré, en el paraje conocido como la Bajada del Sargento, que una enredadera, la yerba del buey, tenía frutos. Negros y relucientes invitaban a ser probados.

La piel era extremadamente dura. Al aplicarle presión, salió volando la semilla. La carne era verde pálida.

Lo puse en mi boca sólo para probar. Más que sabor era una sustancia muy astringente, “agarrosa”, vamos. No me pareció palatable y la escupí.

Quizá un ave o un mamífero sí la encuentre apetitosa y la fruta le dé alimento y vitaminas, como tantas frutas.

A través de la experiencia directa aprendí algo más de esa planta.

Oí también tres aguilillas pecho rojo que se llamaban entre ellas. Vi patos mexicanos y martines pescadores (tanto norteños, que son migratorios, como verdes, que son residentes).

Estuve en contacto con el Nazas, dador de vida que hoy despreciamos y abusamos. Instantes intensos de una mañana de domingo que me recompensaron más que cualquier otra actividad que hubiera podido hacer en ese lapso.

Recomiendo ampliamente dejar de lado la vida de agobiantes prisas y que nos dediquemos a estar, con atención y gusto, así sea en una breve caminata por nuestro barrio o nuestra colonia.

Foto de portada: Francisco Valdés Perezgasga
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