Ruth Castro: el noreste a través del sotol

La fascinación por las plantas y la historia del desierto llevaron a la escritora, editora y gestora cultural Ruth Castro a abordar un tema poco documentado en México: el sotol, bebida elaborada mediante la destilación de la planta homónima que une al país con Estados Unidos, específicamente a los estados comprendidos por el Desierto Chihuahuense.

Todo comenzó con el sí que le dio en 2008 a estudiar la planta, el sotol y el norte, mediante la beca del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC). Así se abrió ante ella un camino investigativo que conjuga antropología, lingüística e historia para arrojar luz sobre una cosmovisión desértica casi desconocida.

El reporte de investigación que se entregó como resultado de aquella beca constituye la base de las más de 100 páginas y 12 capítulos que conforman su libro El Sotol. Una historia de árido mestizaje, realizado gracias al estímulo del Programa de Acciones Culturales Multilingües y Comunitarias (PACMyC) Coahuila 2023.

Libro El Sotol. Una historia de árido mestizaje.

¿Cómo nace El Sotol. Una historia de árido mestizaje?

Este libro trata en primer lugar de una investigación sobre la planta del sotol, una de nuestras plantas del Desierto Chihuahuense. Lo primero que podemos pensar al leer el título es en la bebida que conocemos como sotol, sin embargo, también a la planta de la que se obtiene se le conoce con ese nombre, aunque su denominación científica es Dasylirion.

Mi interés fue investigar sobre la planta, no sólo botánicamente, sino también cuál ha sido su uso y aprovechamiento a lo largo de la historia. Fue un reto porque hay poca bibliografía y hubo que rastrear entre libros que no tenían mucho que ver con la planta y entre líneas extraer información para ir completando los capítulos que yo quería hacer en este libro.

Por ejemplo, para hablar de cuál fue el uso de esta planta y otras del desierto antes de la Colonia, épocas de las no hay registros ni archivos, tuve que investigar a partir de lo que investigadores avanzaron y desarrollaron sobre los grupos nómadas desde diversas disciplinas. 

Leí sobre el trabajo arqueológico, antropológico e histórico para detectar, como si fuera pepita de oro, cualquier mención sobre el uso de los nómadas hacían de las plantas, sobre qué comían, cómo las usaban para la cestería y en la cestería, qué tipo de tejidos hacían, dónde fueron encontrados, en qué tiempo, etcétera. De los datos que aparecen, saqué únicamente lo relacionado con el sotol, y de todo lo que no encontré hice ciertas hipótesis para rellenar o imaginar cómo fue ese camino histórico.

¿Qué te motivó a estudiar la planta del sotol?

No fue sólo esa planta. Tengo mucha admiración por las plantas del desierto, porque yo vivo en el desierto y me gustan. 

Quienes habitamos el desierto sabemos lo que significa vivir en un clima tan extremo, yo estaba interesada en ese tema, y en imaginar las plantas que estaban aquí muchísimo antes que nosotros y cómo es que formaron y forman parte de una biodiversidad vegetal que ha sobrevivido durante muchísimos años. 

También me interesó el cómo los primeros habitantes de aquí las fueron conociendo y empleando para alimento, bebida y otros usos comunes. En el caso del Dasyrilion, por ejemplo, hicieron tejidos de cestería, petates, huaraches, mochilas y muchos tipos de artefactos. 

Me llamaba la atención cómo los nómadas fueron adecuando sus recursos naturales a sus usos comunes para la vida diaria. Esa era mi idea. 

Hay un apartado donde mencionas que fue complicado documentarse sobre los grupos étnicos del norte porque hay muy poca información, ¿cómo fue ese proceso y cómo influyó en la investigación?

Fue muy interesante porque, por un lado, primero me enteré que sobre los grupos mesoamericanos hay bastante información. La investigación, desde la Colonia hacia acá, se ha centrado en grupos mesoamericanos y en grupos asentados, es decir, en grupos sedentarios que practicaban la agricultura.

Desde un punto de vista histórico y antropológico, que poco a poco ha ido cambiando, se suele afirmar que un grupo sedentario y asentado que practicó la agricultura fue más desarrollado culturalmente y económicamente en comparación con un grupo nómada o seminómada. 

De ahí deriva una concepción que permea todavía, de creer que los grupos nómadas que habitaron el desierto eran salvajes o bárbaros y que no tenían mucha cultura, tradiciones o rituales entre ellos.

En los últimos 20 años, por lo menos, algunos historiadores e investigadores, sobre todo del noreste de México, han tenido el interés no sólo de rastrear información sobre los nómadas, sino de decir quiénes fueron, qué lenguas hablaban, qué comían, cómo estaban organizados, etcétera. También han ido desmintiendo mucho la idea de que eran salvajes o muy violentos y, si bien algunas cosas que se han asegurado sobre ellos van a ser ciertas, con estas investigaciones van a ser vistas a través de otra mirada. 

Algo que me gustó mucho encontrar, y que de ahí jalé un hilo para seguir buscando, fue que estos grupos eran nómadas y, por ende, implicaba una conciencia de que la vida en el desierto era distinta; si te asentabas en un lugar, sabías que te ibas a acabar los recursos.

Había un respeto, admiración y un conocimiento profundo de los propios recursos naturales, por eso designaban ciertas partes para pesca, caza y en temporada de sequía consumían plantas del desierto para aguantar hasta la siguiente primavera. Respetaban su entorno y dejaban que esos recursos se renovaran y volvieran a alimentar a todos los que vivían ahí. 

Eso para mí fue un dato muy increíble y que me gusta mucho de la zona donde habito, porque sí te hace ver a esos grupos de manera diferente. No se desarrollaron económicamente, sino que más bien vivían en concordancia con su entorno. 

Esas investigaciones tienen pocos años porque no había tanto interés sobre el tema y no se conoce. 

Entonces no sólo fue investigar sobre una planta del desierto, sino acerca de todo lo que conlleva, como cómo estudiar el norte y ayudar a que muchas de las cosas que se piensan sobre el norte bárbaro se vean con otra mirada. 

Ruth Castro en la presentación de su libro.

Tu libro ofrece un cambio de perspectiva no sólo sobre la cultura del norte de México, sino también sobre el sotol y su parentesco con el agave…

Fue un trabajo comparativo nacido del reto de tener mucha más información de los agaves y no del sotol, y al mismo tiempo me apoyé en que la gente en general cree que el sotol es un tipo de agave, por eso quise enfatizar, por un lado, que el sotol no es un agave y, por el otro, sus similitudes y diferencias.

Siempre se ha asociado el Dasylirion, la planta de sotol, con los agaves, porque de alguna forma se parece. Si alguien que no es botánico ve cierto tipo de agave y el sotol, puede decir que son plantas parecidas. 

No hay tanta información sobre el sotol en particular, libros que hablen directamente del tema, en cambio de los agaves, estas otras plantas que siempre han convivido con el sotol, conocemos bastante, hay muchísima bibliografía y estudios sobre sus destilados, y siguen saliendo investigaciones. Por eso decidí contextualizar a partir de ellos y luego ir comparándolos con el sotol: ¿Son parientes botánicamente o no? ¿Qué similitudes y diferencias tienen sus bebidas derivadas? ¿Cuáles son sus usos y aprovechamientos? Esa decisión me ayudó a anclarme e hizo que la investigación fuera más estructurada. 

¿Cuál sería el problema de no hacer distinciones al referirnos al agave y al sotol?

Cómo nombramos las cosas, importa. Cuando no lo hacemos correctamente o no respetamos una etimología que habla de la historia no sólo de esa palabra, sino, en este caso, también de la planta y sus usos, algo se pierde. Por eso no hay capítulo en donde no ponga atención y me detenga en cierto tipo de términos y en explicar de dónde vienen.

Si sabemos de la historia de ambos, comprenderemos por qué en algún momento en las botellas de destilado de sotol le ponían “cien por ciento agavaceae”; no porque no supieran que no es una agavaceae, sino porque para el consumidor decir que este producto era como un tipo de mezcal o tequila daba más confianza a la hora de comprarlo.

¿Cómo ves en el futuro los estudios del sotol en México, sobre todo en el noreste y en La Laguna? 

Por un lado, hay que puntualizar que sí hay muchos estudios sobre la planta, pero son tesis especializadas. Desde la agronomía y la botánica hay suficiente investigación, como de cualquier otra planta, pero se queda en ese ambiente académico, es decir, como estudios especializados y técnicos con términos que el resto de la comunidad no conocemos.

Uno de mis objetivos era investigar todos esos trabajos (que se pueden comprobar en la bibliografía y todas las fuentes que pongo en la investigación) y luego bajar todo a un lenguaje para un público más amplio, que no fuera del todo coloquial pero sí muy descriptivo, es decir, escribir el libro que me hubiera gustado conocer sobre el sotol, cómo es la planta y qué ha sido de ella. 

Por otro lado, ha habido por lo menos otro libro que se escribió el año pasado, pero sobre el destilado. Es como los que conocemos sobre mezcal, tequila o vinos, que tiene muchísimas fotos muy bonitas, tanto de la planta como de todo el proceso de destilación, el 80 por ciento del contenido son fotografías; de pasta dura, cosido, como para regalar, y tiene un precio alto, pero yo quería hacer un libro mucho más accesible de precio y con mucha más información.

A futuro, me encantaría que El Sotol. Una historia de árido mestizaje fuera motivo para que se escribieran otros libros sobre ésta u otras plantas del desierto, que nos demos cuenta de la riqueza y la biodiversidad que hay donde vivimos, que nos quitemos la idea de que en el desierto no hay vida y que se pueda escribir sobre él y sobre nuestra historia en esta parte del país.

¿Qué le recomendarías a las personas que se quieren acercar a este tipo de estudios?

Los invitaría a leer mi libro a profundidad, o pueden centrarse en el capítulo que más les guste, el de historia, el de botánica, sus usos medicinales en relación con otras plantas o donde menciono algo de literatura, de canto cardenche, yo creo que es un libro que tiene partes que puedan gustar a un amplio público.

Lo que se busca es destacar este tipo de elementos de la naturaleza o de nuestras tradiciones porque también abonan a la identidad no sólo de los laguneros, sino del norestense y que muchas veces no conocemos o creemos que no hay elementos identitarios. 

Parte del libro El Sotol. Una historia de árido mestizaje.

A continuación, un fragmento del libro El Sotol. Una historia de árido mestizaje:

V. Aproximaciones a la historia social del sotol

Nómadas norestenses

De manera similar a la relación que los pueblos mesoamericanos establecieron con los agaves en su aprovechamiento, los grupos nativos de Aridoamérica crearon estrechos vínculos con las plantas del desierto, incluidos el sotol y distintos magueyes. No obstante, los estudios acerca de los habitantes nómadas, seminómadas e incluso de los que llegaron a asentarse en lo que ahora conocemos como Noreste (entonces parte del norte de México y de Texas) han sido más escasos que las investigaciones del resto de los pueblos sedentarios en territorios mexicanos.

La escasez de estudios se debe en buena medida a la poca comprensión de las dinámicas de vida de los pueblos nómadas, y a la consideración que durante largo tiempo se mantuvo –aun desde la academia ya en el siglo xx–, de que nómada es sinónimos de primitivo, en contraposición a sedentario, como civilizado o desarrollado. El historiador coahuilense Carlos Manuel Valdés, dedicado desde hace décadas a la investigación de los norestenses, describe esto como un problema epistemológico, cuyo origen no fue netamente europeo sino retomado de los mismos grupos mesoamericanos que desdeñaban a esos “otros”, diferentes a ellos, a quienes sabemos, llamaron chichimecas (perros, bebedores de sangre), grupos cuyas costumbres, lengua y pensamiento consideraron bárbaros (17), y que los españoles replicaron al no poder obtener de éstos ninguna ganancia, dado que no se dejaron dominar y terminaron por extinguirse.

Pensar que un grupo nómada no tiene importancia historiográfica es no entender que la propia lógica del desierto obliga a que éste se habite de un modo distinto. Precisamente, son las características climatológicas las que condicionaron que la vida fuera errante, que su alimentación respondiera a las cosechas naturales y a los recursos de cada estación, y que sus tradiciones en general dependieran de sus formas de supervivencia.

La zona desértica del norte, lo que se ha dado en llamar Aridoamérica, albergó una gran cantidad de recursos bióticos que formaron enormes cadenas de plantas y animales que se sostenían mutuamente, creando, con su propia existencia, las posibilidades de vida para otros seres. El hombre, en una experiencia sistematizada durante muchos siglos, llegó a adaptarse al medio en forma simbiótica lo que aprovechó para vivir y reproducirse biológica y culturalmente. […]

Es probable que los nómadas de los que aquí se habla, dada su tecnología, hayan sido más “respetuosos” de su entorno porque encontraron mecanismos de control que impedían la sobreexplotación de los recursos. (18)

En este amplio estudio sobre los pueblos de recolectores-cazadores del noreste, Valdés documenta la oferta de alimentos de la naturaleza en lo que él llama “modelo de movilidad”, es decir, el circuito anual que cientos de grupos, también llamadas “naciones”, recorrían en cada estación, lo que implicaba que conocían perfectamente su entorno y eran conscientes de que debían cuidarlo entre todos para que, al volver al año siguiente, continuara siendo su sostén alimenticio.

Entre los recursos vegetales aparecen el consumo del quiote y la raíz de maguey, en verano; el aguamiel y mezcal, en otoño; y el bagazo seco de mezcal que se molía para comerlo en polvo, en invierno. En este caso, cuando se habla de mezcal, se refiere al uso antiguo que ya hemos comentado como metlizcalli, esto es, los corazones de la planta, cocidos y/o fermentados, y no su acepción post-colonial de destilado. También se le llama mezcal, en la lista de vegetales, tanto a la planta de sotol, que se reconoce como Dasylirion palmeri (19), como al fermento que de éste y de la lechuguilla (A. lechuguilla) (20) se obtenían.

En 1649, ya aparecían en crónicas del militar y explorador novohispano Alonso de León:

Las comidas generales suyas son, en invierno, una que llaman mezcale, que hacen cortando las pencas a la lechuguilla; y aquel corazón, con el principio de ellas, hacen en barbacoa. Dura dos días con sus noches en cocer; y aquel jugo y carnaza comen, mascándolo y chupándolo. Tiran las hebras; por encima de lo cual andan y duermen; y esto dura mientras el tiempo no calienta, porque entonces se les daña. Faltándoles la comida, las vuelven a coger, pisadas, y resecas al sol; las muelen en unos morteros de palo, de que usan en general, y aquel polvo comen. Esta comida es caliente, no de mucha sustancia, pues en este tiempo andan flacos y agalgados. Es purgativa, coménla caliente y fría, como más les agrada. (21)

Las plantas de maguey (A. atrovirens, A. americana), la lechuguilla (Agave lechuguilla) y el sotol (Dasylirion palmeri) estuvieron intrínsecamente relacionadas porque algunas de sus preparaciones eran idénticas. Si bien del maguey pulquero era el único del que extraían la bebida aguamiel, también se empleaba las pencas y piñas de éste, las de la lechuguilla y las del sotol para cocerlas como “barbacoa” y comerlas. (22)

La bebida fermentada que extraían de estas plantas tuvo uso ceremonial en los mitotes, esto es, en las fiestas en las que se reunían diferentes grupos para intercambiar parejas, para crear alianzas que los fortalecían a ojos de otros grupos enemigos, para escuchar discursos de futuros dirigentes, y para tener experiencias personales y colectivas con el ser trascendente. La bebida fermentada de sotol y lechuguilla en estas reuniones también se acompañaba de consumo de peyote.

En la elaboración de cestería y tejidos se usaban la fibra de palma (Yucca carnerosana) y de lechuguilla. Algunos rastros de ello se encontraron en excavaciones en la Cueva de la Candelaria que distintos arqueólogos estadounidenses y luego mexicanos realizaron desde el siglo xIx. La lechuguilla también se menciona en la elaboración de huaraches, cordeles, reatas y redes para pescar; y las nasas, esas pequeñas trampas para peces empleadas en las lagunas se confeccionaban con palos de ocotillo e ixtle de lechuguilla.

En la documentación que aparece en la Denominación de Origen (23) se ha descrito que en los alrededores de Río Grande y Río Pecos los habitantes nativos usaban las hojas de sotol para tejer sandalias y canastas. Y hasta la fecha los rarámuri en Chihuahua siguen aprovechando las hojas de sotol en la elaboración de su cestería; en su lengua tarahumara llaman sereque tanto a la planta como a la bebida.

En otra investigación, López Barbosa (24) menciona que grupos como los pápago, kikapoo y zuni empleaban las piñas de sotol como alimento. Primero eran cocidas y luego se pasaban a pozos con piedras calientes, a manera de tatema, para preparar panes y tortillas.

En la antigua Paquimé

En la antigua Paquimé se encontró un vestigio asombroso que corrobora la importancia que tuvo la preparación de bebidas fermentadas para las culturas autóctonas. Esta ciudad prehispánica estaba asentada a unos kilómetros de lo que hoy es el municipio de Casas Grandes, en el estado de Chihuahua.

La Ciudad de las Guacamayas, como también se le conoce, comenzó a construirse aproximadamente en el año 700 y sufrió continuas transformaciones a lo largo de su desarrollo. Destaca porque son pequeñas viviendas de adobe, un poco enterradas. Es posible que obedeciera a un avance cultural propio de los pueblos de la región que mantenían contacto y comercio con pueblos mesoamericanos o también se cree que estos grupos, con los que primero comerciaban, intervinieron y cohabitaron con ellos, y por ende les enseñaron bastante de su propia cultura.

Cualquiera de las dos hipótesis tiene implicaciones para el conocimiento histórico y arqueológico de la cultura del sotol; al menos parcialmente, ambas reflejan las condiciones y las contingencias que dieron lugar a esta arquitectura y su contenido social tan representativos del mundo prehispánico que se desarrolló más allá de la frontera mesoamericana.

El nacimiento de esta ciudad coincide con el crecimiento del comercio regional de conchas y turquesa; se trataba de no más de diez casas-habitación alrededor de una estructura mayor que funcionaba como casa ceremonial, las cuales albergaban entre veinte y cuarenta personas cada una. La unidad en poco era diferente de lo que se podría encontrar en zonas aledañas: arquitectura de tierra, casas circulares y semienterradas, estilo que proliferó en amplias extensiones de Sonora, en México, y en la parte sureña de lo que hoy es Estados Unidos, principalmente en Arizona, Nuevo México, Utah y Colorado.

Su diferenciación y esplendor vendrían después de sucesivas etapas de lenta evolución e intercambios culturales. En periodos posteriores a la construcción original, y después de haber registrado algunas ampliaciones, demoliciones y reconstrucciones, es cuando se cree que grupos migrantes del lejano sur mesoamericano, se introdujeron a esta ciudad y se fueron apropiando del espacio.

Las intervenciones de pueblos mesoamericanos se reflejan en cambios en la dirección organizativa y en el patrón de asentamiento. De centro comercial pasó a ser no sólo ceremonial, sino también de poder político; simultáneo a ello, se construían nuevos edificios destinados a ampliar su capacidad habitacional.

El grupo de emigrantes [que intervinieron en Paquimé] son comerciantes -sacerdotes en busca de turquesa, peyote y otros elementos de valor que hacían costeable el esfuerzo de un viaje tan largo, al principio asumieron el papel de colaboradores o maestros para después transformarse en los dirigentes de una sociedad floreciente, pues en pocos años lograron cambiar radicalmente la antigua estructura social y económica de los agricultores autosuficientes, en un gran centro comercial, político y religioso (25).

El mayor desarrollo de Paquimé sucedió entre 1060 y 1340, cuando se construyeron casas de adobe de varios pisos, que contaban con drenaje y calefacción, y distintas edificaciones que servían como centros religiosos y con acueductos para el abastecimiento de agua. Para ello aprovecharon tanto la cercanía de varios ríos como el escurrimiento del agua de lluvia de los cerros. El desarrollo de la cultura de Paquimé dejó como legado miles de vasijas en forma de rostros, cuerpos, animales de su entorno y otras figuras.

Después de este periodo hubo una etapa de debilitamiento y fue abandonada por sus habitantes, aunque otra posibilidad indica que los paquimenses se extinguieron en manos de pueblos enemigos, por la cantidad de restos humanos encontrados y por las posturas de sus cuerpos.

En 1562, el explorador español Francisco de Ibarra describió asombrado los rasgos de esta ciudad y sus habitantes en crónicas. En 1566 regresó, y para su sorpresa, se encontró con el pueblo nómada Sumas, quienes habían ocupado el sitio, aunque no le dieron el mismo sentido a los distintos espacios ni practicaban la agricultura.

Fueron las investigaciones del arqueólogo Charles Di Peso, a partir de 1958, las que sirvieron para clasificar y analizar por fases los componentes constructivos y el proceso cultural de los pobladores de Paquimé. En la etapa más floreciente, se describe que para cada actividad social o ritual estaba destinada una construcción particular, así tenemos que, entre las distintas unidades, hubo la Casa del Pozo, la Casa de la Noria, la Casa de los Muertos, la Casa de las Guacamayas, que eran agrupamientos familiares. (26)

La unidad que en lo particular nos interesa es la Casa de los Hornos, ubicada en el extremo norte de la ciudad, rodeada precisamente de cuatro hornos subterráneos, de dos metros de profundidad por tres metros de diámetro, dispuestos para cocer masivamente cabezas de sotol y agaves para la fermentación de bebidas, en el contexto de las fiestas agrícolas de la población. Di Peso realizó ahí excavaciones en las que encontraron restos de piñas de sotol y de agaves.

El diseño y la lógica del funcionamiento de estos hornos, no sólo tienen un parentesco innegable con los procesos aplicados por todas las culturas nativas antes de la llegada de los conquistadores y colonos españoles, el proceso básico para producir bebidas fermentadas a partir de sotol en Paquimé, no sería muy distinto del aplicado al maguey oaxaqueño, o del aplicado a los agaves del Bajío. Aparentemente la técnica de cocimiento tuvo su propio movimiento de propagación en el contexto de las conquistas y dominios entre las culturas mesoamericanas, y de éstas hacia su periferia norteña.

17. Valdés, Carlos Manuel, La gente del mezquite: los nómadas del noreste en la Colonia, Saltillo, Coahuila: Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, 2017.

18. Ibidem, p. 36

19. Ibidem, 65, 238 pp.

20. Ibidem, 97-99 pp.

21. León, Alonso de, “Relación y discursos del descubrimiento, población y pacificación de este Nuevo Reino de León; temperamento y calidad de la tierra” [1649], en Cavazos Garza, Israel (ed.), Historia de Nuevo León con noticias sobre Coahuila Tamaulipas, Texas y Nuevo México, Monterrey: Ayuntamiento de Monterrey, 1985, pp. 1-119, en Valdés, Carlos Manuel, La gente del mezquite: los nómadas del noreste en la Colonia, Saltillo, Coahuila: Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, 2017.

22. Otros vegetales que eran parte de su dieta básica y que se cocían de forma similar eran las tunas, nopales y el peyote.

23. Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. “Declaración de Protección a la Denominación de Origen Sotol. Diario Oficial de la Federación”, 2 de Agosto del 2002.

24. López Barbosa, Lorenzo A., “El sotol en Coahuila, potencialidades y limitaciones” en Contreras Delgado, Camilo y Ortega Ridaura, Isabel (comp.), Bebidas y Regiones: Historia de la cultura etílica en México, México: CONARTE N.L./ Plaza y Váldes Editores, 2005, 63-84 pp.

25. Velasco, Margarita, Casas Grandes, la antigua Paquimé, http://www.chi.itesm.mx/chihuahua/historia/paquime. html

26. Di Peso, Charles C. (et. al.), Casas Grandes: A fallen trading center of the Gran Chichimeca,

Vols. I, II, y III. The Amerind Foundation, Inc., 9. Flagstaff, Arizona: Northland Press.,

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