Un lugar para hablar de los sueños

Soy de esas personas que te escriben o te llaman cuando apareces en sus sueños. Tal vez lo aprendí de mi mamá.

Hace unas semanas soñé con mi amiga Diana y me levanté pensando en escribirle, pero los pendientes matutinos me entretuvieron y por poco me impiden hacerlo. Por ahí del mediodía abrí WhatsApp y en cuanto vi su nombre entre la lista de contactos supe que tenía que enviarle un mensaje.

En mi sueño habíamos acordado encontrarnos en un café. Tal como sucede la mayoría de las veces en la realidad, ella llegaba antes. Cuando yo entraba al lugar la veía sentada en una mesa al fondo leyendo un libro.

Algo en esa escena me conmovía, me urgía a abrazarla, tal vez sus rizos inusualmente libres o su mirada taciturna. Me apresuraba entonces entre las mesas y cuando me paraba frente a ella nos abrazábamos con mucho cariño. La sentía muy cerquita.

Sin saber exactamente por qué, yo comenzaba a decirle unas palabras cariñosas y de consuelo. Hasta que terminaba con mi rollo, ella me contaba que estaba pasando por momentos difíciles en su relación y se sentía apesadumbrada.

Cuando por fin le escribí por WhatsApp fui directo al grano: “Oye, ¿cómo estás?”. Ella tampoco le dio vueltas al asunto: “Estoy bien, pero ando tristecilla”. Mi sueño era acertado.

Dijo «tristecilla» como restándole importancia a la emoción, pero todos sabemos lo que una palabra así significa en boca de alguien que suele traer la pila al máximo y no se deja amilanar fácilmente.

Desde muy pequeña siento fascinación por los sueños y sus significados. Me gusta escuchar los de otras personas e intentar interpretarlos, aunque a veces sea sólo para mis adentros.

Mi hermana y algunas amigas -Diana entre ellas- me escriben a veces para contarme algún sueño que las dejó pensativas, y juntas intentamos interpretarlo.

Lo hacemos medio en serio y medio en broma. Nunca trato de predecir grandes acontecimientos, sino de entender por lo que están pasando en un momento determinado de su vida y conversar con ellas sobre eso.

Pienso que no todo lo que soñamos es relevante, pero cuando no podemos sacarnos algo que vimos o experimentamos mientras visitábamos los territorios de Morfeo, en realidad traemos un lío personal o una preocupación que está exigiendo nuestra atención.

En el caso de las mujeres la urgencia del subconsciente para que desentrañemos aquello que nos preocupa podría estar relacionado con nuestro ciclo hormonal. Así lo plantea la estadounidense Christiane Northrup en su libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer:

La fase lútea, desde la ovulación hasta el comienzo de la menstruación, es la fase en que las mujeres están más sintonizadas con su saber interior y con lo que no funciona en su vida. Se ha demostrado que los sueños son más frecuentes y más gráficos durante las fases premenstrual y menstrual del ciclo. Antes de la menstruación es más delgado el «velo» que separa los mundos visible e invisible, lo consciente de lo inconsciente, tenemos acceso a partes con frecuencia inconscientes del yo que nos son menos accesibles en otros momentos del mes.

Northrup, 1994

Creo que los sueños ofrecen la posibilidad de observarnos desde ángulos en los que no podemos situarnos en la vida cotidiana y consciente, de conectar detalles que parecen no tener ninguna relación, y eso nos permite vislumbrar nuestro estado actual y algunas veces nos da indicios de lo que puede pasar.

Con esto quiero decir que lo que muchos llaman una predicción, para mí no es más que una anticipación de la psique basada en nuestra propia observación consciente e inconsciente.

Lo cierto es que yo no tengo ninguna preparación profesional para interpretar sueños. Cuando me presto a estos juegos/ejercicios no tengo más recursos que mi intuición y algunas interpretaciones que he leído o escuchado aquí y allá.

En los últimos dos años dos libros en especial han acrecentado mi entusiasmo con respecto a los sueños: Las diosas de cada mujer (Jean Shinoda Bolen, 1984) y Mujeres que corren con los lobos (Clarissa Pinkola Estés, 1989). Ambas autoras son psicoanalistas junguianas, de modo que gran parte de lo que escriben está relacionado con el análisis de arquetipos presentes en la tradición oral que llegan a nuestros días a través de una gran cantidad de manifestaciones y representaciones artísticas y culturales.

Sus letras han significado para mí una rica fuente de recursos para acercarme de otras formas a la interpretación de mis propios sueños y de esas amigas que me buscan para lo mismo.

He tenido la oportunidad de conocer y leer ambos libros gracias a otra querida amiga, Ruth, quien coordina el círculo de lectura feminista en su librería El Astillero. A ella me unen muchas afinidades y una es la fascinación por descifrar los mensajes de nuestros sueños (y de todo lo que nos pasa).

Tal vez no siempre acierte en mis interpretaciones, y no importa, porque al final el simple hecho de escucharnos mutuamente es enriquecedor. Pienso que hacen falta espacios y oportunidades para hablar del mundo onírico que nos configura y determina en algún grado nuestro actuar en el plano consciente. Por eso me da mucho gusto ser ese lugar donde mi hermana y mis amigas pueden hablar de sus sueños. Desearía que todos tuvieran uno. Sospecho que es más importante de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Foto de portada por Hofmann Natalia vía Unsplash
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