Familia de medianoche: la vida en medio de la tragedia

“Fueron las mejores fracturas expuestas que he visto”, dice al teléfono un joven ataviado como paramédico. Podemos apresurarnos a pensar que algo anda mal en él, pero el resto de su charla y del documental Familia de medianoche nos abrirán el panorama.

“Cuatro pacientes y no pudo llegar ninguna ambulancia”, explica el joven a su novia cada vez más apesadumbrado. Y concluye con su voz a punto de quebrarse: “los traje aquí al General, pero bien feo: la señora estaba bien y de repente pum, se murió, Jessica”.

Con estas simples líneas, el director Luke Lorentzen nos anticipa la complejidad de los integrantes de la familia Ochoa y de la realidad que viven a bordo de su ambulancia, envueltos en una problemática de la que nos da un abrumador dato duro:

En la Ciudad de México, el gobierno opera menos de 45 ambulancias para una población de 9 millones de personas. Un sistema desarticulado de ambulancias privadas cubre gran parte de los servicios de emergencia de la ciudad.

La familia Ochoa está inmersa en ese sistema informal. La vida de los lesionados, pero también su sustento diario, dependen de qué tan rápido lleguen al lugar del incidente a prestar primeros auxilios y traslado hacia algún hospital.

Con ayuda de un radio Juan y su padre Fernando Ochoa ubican los puntos donde se requieren servicios de urgencia y compiten a toda velocidad con otras ambulancias que, como ellos, intentarán llegar antes que nadie.

El premio es ganar la oportunidad de cobrar el servicio, a sabiendas de que es posible que los beneficiados no cuenten con los recursos necesarios para pagar o se nieguen a hacerlo, pues nada los obliga.

En casa no hay gas, ni camas y 20 pesos pueden desatar una discusión. En las noches de servicio la cena es incierta y aún hay que contemplar los gastos de combustible, insumos y hasta las mordidas para poder trabajar.

Pero a veces hay que conformarse únicamente con la satisfacción de ayudar y salvar una vida. Que no es poco. Pero no paga las cuentas.

La falta de regulación de este tipo de actividad da pie a la corrupción. Nadie está exento. Todos la alimentan y se sirven de ella. Lorentzen evita el juicio fácil y el maniqueísmo a través de una narración ágil que nos lleva del humor -a veces negro- a la tensión y la tragedia.

“El filme es de muchas maneras acerca de una familia de buenas personas en este despiadado mundo, golpeadas una y otra vez, y ves el tipo de cosas que pasan cuando la corrupción o la disfunción gubernamental alejan a la gente del lujo de hacer siempre lo correcto”.

Así explicó Familia de medianoche su realizador en una entrevista, y no puedo estar más de acuerdo. Recomiendo este documental especialmente por la manera tan efectiva de transmitirnos una compleja problemática (que yo ignoraba) y por el grado de realidad que logra al hacerlo.

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